Silvana Aiello y Jorge Stelrrig se conocieron en un colegio y volvieron a la chacra, entre Centenario y Vista Alegre. Un amor en los 104 años de la ciudad.
La casa de chacra de Silvana Aiello y Jorge Stelrrig empezó a construirse mucho antes del primer ladrillo. Arrancó hace 19 años, en la puerta del colegio al que llevaban a sus hijos, con una charla que parecía casual y no lo era. Los dos venían de familias chacareras, los dos habían crecido entre acequias, animales y mesas largas, y se reconocieron enseguida. Fue un flechazo de esos que se entienden mejor desde la tierra que con palabras.
Desde entonces compartieron un sueño que tenía algo de regreso. Era volver a vivir como antes. Como en aquel Centenario de los '80, cuando todavía era parte del mismo pueblo en que Vista Alegre, todos se conocían, los chicos se juntaban en los canales de riego y la vida pasaba lenta. No eran dos ciudades, sino una sola, unida por las chacras y por las familias que las trabajaban.
Cada peso que sobraba se convertía en bolsas de cemento, hierros o ladrillos que guardaban esperando el momento. Compraban cuando todavía se podía, antes de que los precios se dispararan. Hace tres años, por fin, se mudaron.
Silvana es secretaria y trabaja hace casi 20 años en la EPET N°2 y Jorge también es empleado del Distrito de Educación N°6. Ambos comparten un pasado común, de identidad e historia, y decidieron reeditar en este tiempo moderno la vida de antes, y saben que, pese a las dificultades, se puede.
La casa está en la calle 9, justo donde Vista Alegre termina y empieza Centenario, o viceversa. Las tres hectáreas que Silvana heredó de su papá. Alrededor hay alfalfa, gallinas, conejos y una incubadora que armó con sus manos su hijo Lucas, de 17 años. A unos metros espera un tractor que a veces no arranca. Y más allá, donde alguna vez hubo manzanos y perales, crece un monte de olivillo y humedal que la tierra fue armando sola cuando nadie podía trabajarla.
No es una chacra próspera ni una empresa frutícola. Es otra cosa, una familia que empezó prácticamente de cero sobre la tierra de sus abuelos y que, en tiempos en que muchas chacras del Alto Valle se lotean o se abandonan, eligió quedarse.
La historia de los Aiello empieza con otro comienzo desde cero. El bisabuelo de Silvana llegó desde Italia en barco con apenas 12 años, solo y escapando, alrededor de 1920. Pocos recuerdan cómo fueron esos primeros días, porque cada vez es más difícil reconstruir la historia. Los más grandes se están yendo en este Centenario que ya pasó los 100 años. Lo que sí quedó en la memoria es que se instaló en el lago Pellegrini, donde formó su familia, y que los Aiello fueron de los primeros pescadores de la zona.
Después vino la tierra porque Miguel Aiello, el abuelo de Silvana, empezó la chacra en Vista Alegre. Murió a los 58 años y ella no llegó a conocerlo. Tuvo cuatro hijos, y el más chico, Ricardo, nacido en Vista Alegre, es el papá de Silvana.
"Siempre había un hermano que se quedaba en la chacra y otros que se iban. En las familias era así", cuenta. En la de los Aiello, los que se quedaron fueron Ricardo y su hermano Raúl, este último que todavía vive en Vista Alegre. Los otros pudieron estudiar, en parte, gracias a lo que daba la chacra.
Hubo una época en que tener chacra era tener un patrimonio y, más que el trabajo, era una herencia cultural de generación en generación. La familia trabajaba manzana y pera, tenía peones y estaba ligada al galpón Los Arrayanes, sobre la calle 8, de la familia Herrera, parientes de Ricardo. Ahí entraba parte de la fruta de los productores de la zona.
Pero la fruta no alcanzó y las historias no siempre son exitosas; trabajar la tierra es difícil, tan atrapante que en un momento se deja la vida. Llegaron el granizo, las malas temporadas y la falta de respaldo. "Nunca tuvieron ayuda, se manejaron siempre como pudieron. Después de tener peones, de tener gente en el galpón, se terminaron fundiendo porque no nos fue bien con la fruta, como a todo el mundo", resume Silvana.
Ella era chica cuando empezaron a arrancar las plantas en Vista Alegre y quizá no debe haber peor imagen que ver cómo arrancan un manzano. La chacra quedó pelada, y desde entonces nadie tuvo el capital para volver a plantarla.
En la casa se carneaba y se hacían chorizos y jamones. Las mesas eran largas y las reuniones familiares, permanentes. Nada sobraba, pero nada faltaba en la mesa.
Ricardo murió hace cuatro años y medio. Dejó la chacra dividida entre sus cuatro hijas. Desde hace más de diez años el campo es alfalfa. Fue su última herencia, y también una frase que Silvana repite con la voz quebrada. "Si tenés un pedazo de tierra, tenés que trabajarlo", dice.
"Se lo extraña mucho. De todas, creo que fui la única que sigue por ese camino. Pero me encanta", recuerda.
Jorge criaba cerdos y vendía lechones. Cuando se juntaron, trajo sus animales a la chacra y llegaron a tener entre 150 y 300 lechones para las fiestas de fin de año. Ricardo estaba encantado y ya palpitaba que alguien iba a recoger el legado.
Hoy la ecuación es al revés de la que vivieron sus padres. Antes la chacra sostenía a la familia y ahora es la familia la que sostiene a la chacra. Buena parte de lo que ganan en sus trabajos se va en la tierra.
Para trabajarla tienen que contratar a alguien y pagarle de su propio sueldo. Las plantas que querían comprar no entraron en el presupuesto. La casa, salió con años de ahorro y un crédito de por medio.
"Entonces vamos con los animales. Él va carneando conejos, juntamos el dinero para comprar alimento, gallinas ponedoras, pollos, y vamos buscándole la vuelta", cuenta Silvana.
Aclara que no es una queja. Es la diferencia entre la vida de su papá y la de ellos. "Antes no cumplían horario. Ahora uno tiene su trabajo, cumple, y a la tarde y los fines de semana atendemos los animales. Es otro tipo de estrés", afirma. Lo hacen, dice, a pulmón los tres.
Lucas tiene 17 años y estudia en la EPET N°2 para recibirse de Técnico Mecánico, pero su cabeza también está en la chacra porque lo lleva en la narrativa que le corre en la sangre. El año pasado arrancó con su propio emprendimiento: crió 600 pollos parrilleros, sumó gallinas criollas y ponedoras, conejos, y armó la incubadora artesanal. Cuando termine la secundaria quiere estudiar veterinaria. ¿Y quedarse en la chacra? Sí, siendo veterinario.
En la casa los chicos hacen salamines y bondiolas, como se hizo siempre. Federico, el hijo mayor de Silvana, tiene hoy 25 años y vive con su abuela desde que falleció Ricardo. Con ocho años ya andaba en el tractor junto a su abuelo. "Siempre lo ayudaron a mi papá. Él era el pilar de esta familia", dice Silvana.
Jorge tiene el proyecto en la cabeza, que es volver a plantar frutales, pero no solamente. Quiere viñas para hacer vino, variedades en la orilla de las acequias y producción para vender ahí mismo. "No todo frutal, porque las chacras están desapareciendo. Quiero mantener algo lindo. Mi cabeza está en algo lindo", explica.
Mientras tanto, la familia participa de las reuniones de agroturismo de la zona y piensa en guano de conejo, en volver a hacer quintas, en tener otra vez cerdos. Todo depende de lo mismo, de lo que se pueda ir juntando.
Silvana se jubila el año próximo y ya sabe qué hacer con el tiempo que le quede libre. "Mi sueño es seguir con esto. Ayudo en lo que más puedo, pero sé que vamos por ahí. Lo venimos mamando de toda la vida, él por su lado y nosotros por el nuestro", señala.
Para ella, no hay lugar en el mundo como una chacra. Dura, exigente, sin horarios ni fines de semana, pero propia. Un lugar donde los hijos aprenden a carnear y a criar, donde la mesa vuelve a llenarse y donde cada cosa que se ve en pie costó años de esfuerzo.
En la calle 9, justo donde Centenario y Vista Alegre vuelven a ser una misma tierra, ese amor se ve en la alfalfa recién cortada, en la casa levantada bolsa por bolsa y en la incubadora que armó Lucas. Y mientras Centenario cumple 104 años, una pareja demuestra que la historia de aquel chico que llegó solo en un barco, sin nada, todavía se sigue escribiendo de la misma manera: empezando de cero, trabajando la tierra y eligiéndose todos los días.