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Aniversario de Neuquén | La historia del balneario municipal y el miedo al río Limay

Fue construido a principios de la década del 60 para que los neuquinos tuvieran un lugar seguro para pasar el verano ante las peligrosas crecidas del río.

Construir un espacio seguro de recreación, capaz de reunir a miles de vecinos durante los veranos, fue uno de los grandes objetivos que se trazó el intendente Aníbal García al pensar en la creación del primer balneario municipal de Neuquén. La iniciativa, que en un comienzo parecía un simple proyecto de obra pública, terminó transformándose en un hito que cambió para siempre la manera en que la ciudad se vinculó con el río Limay.

A fines de la década del 50, el Limay era un río muy distinto al que hoy conocen los neuquinos. Sus aguas, todavía sin el control de las represas, bajaban con una fuerza incontenible que generaba temor y respeto. El caudal era casi tres veces superior al actual y, en épocas de crecida, el Bajo de la ciudad quedaba bajo amenaza constante.

El flamante intendente, elegido en 1958 como primer jefe comunal constitucional de la ciudad, debió enfrentarse de inmediato a esta realidad. Ese mismo año, una histórica inundación arrasó con buena parte de las viviendas del Bajo y obligó a evacuar a decenas de familias hacia zonas más altas. El municipio interrumpió sus actividades y hasta su propia sede se convirtió en centro de acopio de víveres y refugio para los damnificados.

La emergencia dejó en claro que la ciudad necesitaba soluciones de fondo. García compró 33 hectáreas en el noreste de Neuquén, en terrenos pertenecientes al Automóvil Club Argentino, y allí impulsó la construcción de viviendas que dieron origen al barrio Sapere. Fue la primera acción de un plan más amplio: adquirir miles de hectáreas para expandir la ciudad hacia sectores menos vulnerables y, al mismo tiempo, planificar una forestación intensiva que ayudara a mitigar los aluviones.

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El balneario municipal fue impulsado por el intendente Aníbal García (Archivo Histórico Municipal).

Una necesidad que se volvía urgente en Neuquén

El río era al mismo tiempo una amenaza y un imán para la población. En verano, la gente acudía en forma masiva a sus costas, especialmente al sector conocido como “Río Grande”, donde el caudal era tan caudaloso que bañarse se parecía a un acto temerario. Los accidentes eran frecuentes y las crónicas de la época daban cuenta de tragedias que enlutaban a la comunidad.

De allí surgió la necesidad de crear un espacio controlado, que brindara seguridad y que al mismo tiempo funcionara como un punto de encuentro social y recreativo. García tomó la decisión de destinar 200.000 pesos del presupuesto municipal a ese propósito y eligió como sitio la costa norte de la isla 132. En ese punto, un brazo del río se mostraba menos violento que el cauce principal, lo que ofrecía condiciones más favorables para el desarrollo de un balneario.

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El proyecto y la inauguración del balneario municipal

El ingeniero Héctor Mancini elaboró desinteresadamente un plan de obras que contemplaba la construcción de 180 metros de escalinatas de hormigón, estructuras de madera para dar sombra, ocho columnas de alumbrado público y un importante movimiento de suelos para rellenar un enorme pozo que se convertiría en estacionamiento.

Los trabajos avanzaron a buen ritmo y el 5 de febrero de 1961 se inauguró oficialmente el balneario municipal. Ese día, centenares de vecinos se acercaron a conocer el nuevo espacio que, por primera vez, les permitía disfrutar del río en condiciones de mayor seguridad. El entusiasmo fue inmediato: el balneario no solo resolvía un problema histórico, también abría la puerta a una nueva manera de concebir el esparcimiento en la ciudad.

La segunda etapa del proyecto incluía cercar el predio, forestarlo, proveerlo de agua potable y sumar baños y vestuarios. Con el tiempo, esas mejoras se fueron incorporando, consolidando al balneario como uno de los lugares más emblemáticos del verano neuquino.

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La obra fue una pequeña gran revolución urbana. No se trataba únicamente de ofrecer un lugar de recreación, sino de proyectar una ciudad que mirara hacia el río y lo incorporara a su vida cotidiana. Hasta ese momento, el Limay había sido visto más como un riesgo que como un recurso. La creación del balneario cambió esa percepción y marcó un antes y un después en la relación de los neuquinos con su geografía.

La gestión de García estuvo atravesada por esa dualidad: resolver problemas inmediatos, como las inundaciones, y al mismo tiempo sentar las bases de una Neuquén más planificada. La compra de tierras, la creación de barrios y la forestación fueron parte de un mismo proyecto de desarrollo que comenzó a darle forma moderna a la capital provincial.

Reel Balneario Municipal
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