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De Cutral Co al encuentro: la búsqueda de 48 años de Adriana Metz Romero

Su mamá y su papá fueron secuestrados en Neuquén y trasladados a Bahía Blanca. Su hermano nació en cautiverio y hace 9 meses que reconstruyen su historia.

Ella supo de él desde que su mamá le dejó de dar la teta porque estaba embarazada. Las fuerzas militares le arrebataron a sus padres cuando apenas tenía un año y con ellos también la posibilidad de tener un hermano. Pero 48 años después, Adriana, la primera hija de Raúl Metz y Graciela Romero, secuestrados el 16 de diciembre de 1976 en Cutral Co, logró encontrarlo.

Su búsqueda duró 48 años, y no fue lineal. Fue un proceso largo, íntimo y profundamente transformador. Era muy chiquita cuando escuchaba hablar a sus abuelos sobre su hermano, y poco entendía. Tuvieron que pasar muchos años y vida para poder comprender realmente todo lo que le habían arrebatado.

Hace apenas unos meses, esa búsqueda tuvo un punto de inflexión con la aparición del nieto 140. Adriana encontró a su hermano. O, como ella misma lo dijo, todavía está “asimilando” que lo recuperó.

nieto 140

Recuperar a mi hermano fue fruto de una búsqueda de muchos años. Fue muy importante, no solo para mí sino para toda la familia. Y también es un logro más de las Abuelas de Plaza de Mayo: encontrar un nieto más”, contó Adriana Metz Romero a LM Neuquén.

De Bahía Blanca a Neuquén: el intento de escapar

Graciela y Raúl se habían ido de Bahía Blanca intentando escapar del terror que ya comenzaba a desplegarse en distintas regiones del país. Se instalaron en Cutral Co buscando resguardo. Pero no lo encontraron. El 16 de diciembre de 1976 fueron secuestrados. Graciela estaba embarazada de cinco meses. Adriana tenía apenas un año y un mes.

“Cuando secuestran a mis papás, yo era muy chiquita. Crecí con mis abuelos. Ellos fueron quienes iniciaron la búsqueda, casi de inmediato”, recordó.

La rapidez con la que actuaron no era común para la época. En apenas cuatro días, sus abuelos ya habían presentado un habeas corpus. Desde Bahía Blanca viajaron a Neuquén tras recibir el aviso de un vecino que logró contactarlos.

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“Para los años que corrían fue rapidísimo. Ellos hicieron todo lo que estaba a su alcance para buscar a mis viejos, a mi hermano y por criarme a mí”, dijo Adriana.

Adriana creció con sus abuelos hasta 1982, cuando falleció su abuelo. Años después, en 1989, se mudó a Mar del Plata con una hermana de su madre.

Durante mucho tiempo, la búsqueda de su hermano fue algo que la rodeaba, pero en lo que no se involucraba de manera activa. “Yo tenía una participación pasiva. Acompañaba, pero no era algo en lo que yo decidiera involucrarme directamente”, reconoció.

El bebé que su madre esperaba tenía fecha estimada de nacimiento en abril de 1977. Durante años, esa fue la única certeza: un niño, seguramente nacido en cautiverio, en algún lugar del circuito represivo.

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Con el tiempo, la información se volvió más precisa. El testimonio de una sobreviviente del centro clandestino conocido como “La Escuelita” de Bahía Blanca permitió confirmar ese nacimiento. Esa sobreviviente era Alicia Partnoy, quien había compartido cautiverio con su madre.

“Ella entendió que, si sobrevivía, una de sus misiones iba a ser contar lo que había pasado. Guardó esa información durante años hasta poder declararlo. Gracias a testimonios como el de ella se pudo reconstruir lo que pasó”, explicó Adriana.

El momento en que todo cambia

Durante años, Adriana acompañó la búsqueda desde un lugar periférico. Sabía, estaba, pero no era protagonista. Hasta que algo cambió. “En 2001 nació mi primer hijo. Ahí entendí lo que había sido crecer sin mis papás. Y en 2003, cuando nació el segundo, vi la relación entre hermanos. Y pude dimensionar lo que me habían robado”, contó.

"Con Enzo y Luca, interactuando entre hermanos pude dimensionar lo que fue que me hayan robaran a mi hermano", compartió.

Ese fue el punto de quiebre emocional. El otro fue político y colectivo: su declaración en un juicio por delitos de lesa humanidad en Bahía Blanca en 2011. “Ahí entendí que no podía quedarme en mi casa esperando que las Abuelas me llamaran”, recordó sobre el momento en que se sumó a las Abuelas de Plaza de Mayo de cuerpo y alma.

Un año después, en 2012, comenzó a trabajar activamente en la filial Mar del Plata de Abuelas. Desde entonces, su búsqueda dejó de ser solo personal.

“Desde ese momento estoy activa en la búsqueda, no solo de mi hermano, sino de la de los hombres y mujeres que nos faltan a todos”, afirmó.

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El caso de su hermano tenía algunas particularidades que alimentaban la esperanza. Sabían que había nacido, sabían que era varón y tenían indicios del lugar.

“Eso hacía que pensáramos que estábamos cerca. Hay otros casos donde ni siquiera se sabe dónde nacieron. Nosotros teníamos datos”, recordó.

Además, con la creación del Banco Nacional de Datos Genéticos y el trabajo de organismos como la CONADI, la posibilidad de encontrarlo parecía una cuestión de tiempo.

“Todos los días hay personas que se acercan con dudas sobre su identidad. Yo sentía que en algún momento iba a aparecer”, aseguró. Y apareció.

El encuentro

La pista llegó a través de información que indicaba que un joven podía ser hijo de desaparecidos. Hubo una primera entrevista. Él dudó. Le propusieron un análisis de ADN. Dudó otra vez. Finalmente accedió. La muestra ingresó al banco en abril de 2025 y en julio llegó el resultado: era parte del grupo familiar Metz Romero.

“Nos lo comunicaron a él y a nosotros. Y tuvimos que esperar para hacerlo público”, contó Adriana, quien precisó que el 5 de julio hablaron por primera vez, a través de una videollamada.

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Después de la conferencia de prensa donde anunciaron que encontraron al nieto 140 quedaron en verse. "Nos encontramos en un café. Estuvimos horas charlando de todo y de nada. Porque 48 años de búsqueda no se resumen en una charla”, dijo.

Desde entonces, el vínculo se construye paso a paso. “Para él es todo nuevo. Para mí también, pero de otra manera. Yo sé que tengo un hermano y sé dónde está. Eso ya es un montón”, afirmó.

"Cuando viajo en Buenos Aires le aviso, si coincidimos nos vemos, aún no hace nueve meses desde que nos enteramos. Vamos muy bien, hasta julio yo no sabia dónde estaba, y él no sabia que tenía una hermana", compartió. Por ahora él no quiere contar más sobre su vida y ella, en el rol de hermana mayor lo cuida y respeta.

A medida que se fueron viendo, algo empezó a hacerse evidente. “Al principio sentía la familiaridad desde lo biológico. Pero después empecé a ver gestos, formas de hablar, cosas de la familia en él. Es increíble”, contó.

No fueron criados juntos. No compartieron infancia ni recuerdos. Y sin embargo, hay algo que aparece. “Él dice que pegamos onda. Yo digo que es hermandad”, resumió Adriana.

La búsqueda no termina

Aunque durante un tiempo pensó que con el hallazgo de su hermano su búsqueda personal terminaría, hoy tiene otra mirada. “La búsqueda personal continúa. Porque si yo pasé por la alegría de encontrar a mi hermano, quiero que otros compañeros también la vivan, dijo emocionada.

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Por eso sigue trabajando con Abuelas, más allá de los gobiernos de turno. “Esto es independiente de quién esté en el Estado. Es una tarea que vamos a seguir haciendo”, afirmó.

También hay una cuestión generacional. Muchas de las Abuelas de Plaza de Mayo ya no están. Pero su legado sigue. “Si las Abuelas no están es por una cuestión biológica, no porque su enseñanza no esté viva”, aseguró.

Hoy, la posta la toman los hijos y nietos de desaparecidos. “Nos toca a nosotros. Personas de 50 años que entendimos que esta búsqueda tiene que continuar”, remarcó.

A 50 años del golpe, Adriana tiene claro cuál es el mensaje. “Como sociedad, nos debemos memoria, verdad y justicia para todos. Y eso lo tenemos que seguir pidiendo siempre”, afirmó. También insistió en la necesidad de reconstruir la historia.

Faltan los cuerpos. Eso es algo que merecemos las familias y la historia de nuestro país. Nunca dijeron dónde están. Independientemente de quién gobierne, esto es algo que tenemos que seguir exigiendo”, sostuvo.

Neuquén, el lugar donde todo empezó

Aunque gran parte de la reconstrucción de la historia de sus padres se dio en el marco de los juicios en Bahía Blanca, Neuquén ocupa un lugar central. Fue donde fueron secuestrados. Fue en Neuquén donde comenzó la ausencia.

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Las Abuelas de Plaza de Mayo comunicaron el hallazgo de un nuevo nieto recuperado.

“Voy reconstruyendo día a día la historia de mis viejos”, dijo Adriana. Hace poco, leyó una declaración que relata cómo una sobreviviente logró hacer llegar a sus abuelos la noticia del nacimiento de su hermano.

Son fragmentos de memoria que se van armando con el tiempo, como un rompecabezas incompleto. Pero que, pieza a pieza, permite entender.

Cuando se le pregunta qué le diría a los jóvenes en estos 50 años, Adriana no duda. Habla de compromiso, de memoria activa, de no dar por sentado lo conquistado. Habla de entender que la historia no es algo lejano, sino algo que sigue teniendo consecuencias en el presente.

Nieto 140 familia metz

“Esto no tiene un tiempo cronológico. Para las familias sigue pasando”, explicó. Y, sobre todo, habla de la importancia de la identidad. Porque en su historia -como en la de tantos otros- la identidad no es un dato, sino una conquista.

"Son 50 años del golpe y creo que lo principal que nos debemos como sociedad es la memoria, verdad y justicia para todos, y eso es algo que vamos a continuar haciendo. Afortunadamente las abuelas empezaron a incorporar a los nietos, a los hijos de desparecidos para que continúen esa búsqueda", concluyó.

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