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De Duki a Milo J: el amor en los tiempos del trap

En esta época donde el odio parece imponerse y crece la tendencia de poner todo lo que hace la juventud bajo la lupa, los pibes conquistan la escena musical, se animan a hablar a corazón abierto y hacen historia. De los dos River de Duki, al primer disco del muy joven Milo J: la importancia de mirar con atención lo que una generación está creando.

Duki acaba de llenar dos River a sus 27 años, lo que implica que en un par de días convocó a 150 mil personas, en un lugar emblemático para la industria musical, al que de alguna forma todos buscan llegar y sólo lo hacen las bandas legendarias o artistas que vienen de afuera. Duki, en cambio, es nuestro: un pibe brillante que se plantó en la escena a través del 5to Escalón, el certamen de rimas que se convirtió en el inicio de uno de los movimientos culturales más fascinantes del siglo.

La primera noche, con el estadio encendido, dijo: “Ustedes se dieron cuenta de que yo era uno de ustedes, no me voy a hacer el rockstar. Yo no soy Slash, no soy John Lennon; soy Mauro Ezequiel Lombardo, nací en Almagro, soy igual que todos ustedes y ese es el chiste de todo esto: la gracia de todo esto es que yo esté parado acá, y que ustedes me eligieron porque los represento y porque todos somos lo mismo, y todos tenemos igualdad de condiciones, más allá de lo económico”.

No sólo eso, también se animó a hablar de lo que parece un imposible para el que triunfa: la tristeza. “No tengan miedo de estar tristes, no está mal sentirse triste", dijo. Días antes, se había quebrado en una conferencia de prensa. No es la primera vez que lo hace, en sus letras, en sus entrevistas, “Duko” habla de lo finito del éxito y de lo muy difícil que es transitar el mundo del hate (odio), la exposición constante y la liviandad con la que se opina del otro.

Apenas unos días antes, el pequeño Milo J sacaba a la luz “111”, su primer álbum. Lo cual podría ser intrascendente, si no se tratara de Camilo Joaquín Villarroel, un pibe de 17 años recién cumplidos, nacido en una casa sencilla de Morón, que escribe y produce sus canciones; que es uno de los 500 artistas más escuchados del mundo; que tiene más de 12 millones de oyentes mensuales en Spotify; que fue a quien eligió Bizarrap para la sesión #57 en el momento más pegado de su carrera; que en una hora vendió 30 mil entradas para sus shows en el Movistar Arena; que el día de un festival masivo se posiciona y canta “Los Dinosaurios” de Charly Garcia y que, como si fuera poco, parado desde lo urbano, con una voz grave, casi melancólica, se anima a evocar aires de zamba, guitarras criollas y otros varios recursos para hablar de amor, sí, sólo de amor.

Nueve canciones desde la ternura, lo universal, la intimidad de un ¿aún niño?, donde colaboran artistas apenas unos años más grandes que él, con más o menos masividad, pero con un talento endemoniado, como son Peso Pluma, Nicki Nicole, Yahritza y Su Esencia y Yami Safdie.

Una comunidad

Es preciso detenerse en ese concepto: colaborar. Si hay algo que nos aleja de esta generación, es que su manera de producir y de crear es desde lo comunitario. No se destrozan entre ellos, todo lo contrario, se acompañan, se contiene, se aplauden. Es más, parte del éxito de Milo J fue empujado por el mismo Duki, Lit Killah y Nicki Nicole. Entendieron perfectamente que para sobrevivir en un presente de fauces abiertas, es necesario permanecer juntos, ayudarse.

A estos datos, al menos atendibles, se suman otros. Este año, el Ministerio de Cultura difundió datos oficiales que aseguran que, en 2021, las industrias culturales representaron en casi dos puntos del valor agregado bruto total del país (1,8%). “Un nivel de actividad que supera, por caso, al de producción de energía y la de hoteles y restaurantes y emplea casi 300.000 personas”, según explicó una funcionaria del organismo. Y si bien, esos números no son sólo de la música (en un casi 80% provienen de la creación de video juegos) es la primera vez que Argentina logra posicionarse masivamente a nivel mundial.

Dicho esto: ¿Se puede no estar orgullosos? Al menos, ¿es posible permanecer indiferentes a lo que están creando los jóvenes? ¿Es muy difícil al menos asombrarnos con el fenómeno, darle crédito? Los discursos circulantes de están llenos de menosprecio y hostilidad: “¿y estos quiénes son?”. Nos horrorizamos del odio y somos propulsores de eso. Hay una generación de pibes muy jóvenes que está brillando - también pidiendo atención- y estamos negados a verlo.

“Sé que el mundo es bruto y ya sufriste mucho. Puedo ser la luz, que te cure las alas”, canta Milo en “Tu manta”. Por supuesto que el mundo es bruto, es atroz. El mundo va tan rápido que sin querer vamos poniéndonos mayores, mañosos, snob. Tan rápido que dejamos de ser los rebeldes juzgados para juzgar. Y lo peor, es que olvidamos la gran soledad que significa ser pibes.

Esta generación que vive a través de una pantalla (qué cómodo que resulta); que fue adolescente en plena pandemia; que tiene a su alcance los medios para comunicar (un celu, Twitch, Youtube, Tik Tok) y para exponerse con absoluta fragilidad ante cientos de miles; estos hijos/as, sobrinos/as, nietos/as nuestros a los que también acechan las drogas, la violencia y el hambre; estos pibes para los que nosotros mismos creamos este presente: están solos.

Cultura inmensa

Lo maravilloso es que por más que vivamos diciendo: “están en cualquiera”, “no le pueden decir música a eso”, “nos merecemos la extinción”, “qué vergüenza el nivel” y demás sarta de lugares fáciles, comunes e injustos: los pibes se salvan entre ellos y están creando una cultura inmensa a nuestras espaldas. Milo J, Duki, Homer, los que riman acá en la esquina: se cantan sus verdades, se sostienen. Por supuesto, también se equivocan, cometen errores terribles: cómo no hacerlo si igualmente están un poco rotos.

Nos molesta como votan, que no escuchen “buena música”, como “deforman el lenguaje”, como no saben de tal o cual tema, pero no hacemos nada para dialogar sobre ello. De manera permanente invalidamos su universo.

Quizá sea tiempo de girar el eje para ver lo que está sucediendo y explotando a pesar de nuestros caprichos. Bajarnos del pedestal para acompañarnos, reconocernos, celebrarnos en las pequeñas conquistas.

Quizá sea momento de dejar de contarla todo el tiempo y empezar a compartir la historia.

Mientras tanto, donde hay carencias, los pibes meten dignidad. Donde está el odio Milo J habla desde la dulzura. Donde hay soledad, se dan una mano para levantarse. El amor en los tiempos del trap es una oportunidad que nos está esperando.

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