Agustín y Alexis son pareja y crearon un espacio que invita a la comunidad LGBT a disfrutar, expresarse libremente y bailar sin prejuicios.
Antes de crear una fiesta donde cientos de personas pueden bailar y divertirse, Agustín y Alexis ya construían mundos por separado. De chico, Agustín jugaba a armar escenarios. Alexis, en cambio, encontraba en la ropa y el arte una forma de transformación. Años después, esas dos infancias se cruzaron para crear un lugar donde la comunidad LGBT pudiera encontrarse, celebrar y ocupar un espacio propio.
Agustín Montangie (32) nació y se crió en General Roca, pero desde chico pasaba horas imaginando diferentes mundos. Mientras otros juegos terminaban cuando caía la tarde, su cabeza seguía creando escenarios que todavía no sabía que algún día iba a construir. A los 17 años se fue a Buenos Aires para estudiar y en ese recorrido pasó por el diseño, el arte y finalmente el cine.
Esa misma inquietud que aparecía en sus juegos de infancia, cuando armaba estructuras con cajas y maderas, lo llevó años después a la Escuela Nacional de Experimentación y Realización Cinematográfica (ENERC), donde formó parte de la primera camada de la sede patagónica en San Martín de los Andes.
Por su parte, Alexis Núñez (33) nació en Neuquén, donde encontró en la transformación una forma de ser quien quisiera. “Desde chiquitito ya me ponía los vestidos de comunión de mi tía e imitaba a Madonna”, recuerda. A los 17 años vio por primera vez un show de transformismo en un boliche y descubrió un mundo que le causó admiración. “Vi que las drag queens se iban desmontadas, sin el maquillaje, sin la peluca, y dije: son igual que yo. Yo podría ser tranquilamente una de ellas”.
Vendiendo alfajores de maicena consiguió comprar sus primeras pelucas y vestidos. Su primer escenario fue la marcha del orgullo de Neuquén, donde comenzó un camino ligado al arte, el teatro y la militancia. Con el tiempo entendió que la transformación era mucho más que estética: era una forma de habitar el cuerpo y jugar con las posibilidades de la identidad. “No es necesario ser hombre o mujer, porque puedo mutar todas las veces que quiera. El género es algo que vos lo decidís si querés”, reflexiona.
Antes de conocerse personalmente, Alexis y Agustín ya se habían cruzado a través de las redes. Alexis seguía de cerca el trabajo fotográfico de Agustín, especialmente aquellas producciones donde el cuerpo y la imagen eran el centro de la escena. El primer acercamiento llegó desde ahí: una propuesta artística que los llevó a compartir una sesión de fotos.
En 2018 finalmente se concretó el primer encuentro, durante una gira cordillerana que Alexis realizaba con sus shows de transformismo. La nieve, la montaña y el paisaje de San Martín de los Andes fueron el escenario de ese primer cruce que empezó como una experiencia creativa y terminó abriendo una historia de amor entre los dos.
Después de ese momento siguieron en contacto, aunque los kilómetros los mantuvieron separados durante un tiempo. En 2020, cuando las restricciones de la pandemia comenzaron a flexibilizarse, Alexis decidió apostar por ese vínculo y viajó a San Martín de los Andes. Por un tiempo mantuvieron una relación a distancia hasta que finalmente tomó la decisión de mudarse y empezar una vida juntos.
Durante su convivencia en la cordillera, construyeron una vida juntos que ambos recuerdan con mucho cariño. Para ellos, esa etapa tuvo un significado especial: no solo por la pareja que estaban formando, sino también por la posibilidad de vivir una experiencia que históricamente muchas personas de la comunidad LGBT no tuvieron.
“Como parte del colectivo socialmente se nos ha negado un poco la posibilidad de pensarnos en parejas largas, duraderas, estables, con esa estructura que uno crece viendo que las relaciones son de tal o cual manera. Y después en los vínculos LGBT sentís que no tenés ese derecho”.
Esa experiencia de “jugar a la casita”, como ellos mismos la describen, también abrió la puerta a imaginar algo juntos. Después de todo lo que habían construido como pareja, apareció una nueva inquietud: la necesidad de dar vida a algo propio. “Nosotros nos conocimos porque yo admiro tu arte y lo que hacés, y vos también admirás lo mío. Entonces hagamos, creemos algo”, planteó Alexis.
La primera edición de La Carinio fue en noviembre de 2022, en San Martín de los Andes. Sin experiencia previa en la organización de fiestas y con más entusiasmo que certezas, Agustín y Alexis se animaron a darle forma a una idea que hasta entonces existía solo como una necesidad: crear un espacio propio para la comunidad LGBT.
El comienzo estuvo atravesado por el aprendizaje. Desde pensar la producción y la puesta en escena hasta convocar artistas y organizar cada detalle, fueron construyendo la fiesta mientras aprendían sobre la marcha.
Cuando en 2023 decidieron mudarse a Neuquén, La Carinio se trasladó con ellos. Con cada edición, aquella idea que había nacido casi como una necesidad empezó a tomar una dimensión propia: la fiesta creció hasta exceder a sus creadores. El público se adueñó del espacio, lo transformó y le dio una identidad que ya no dependía solamente de Alexis y Agustín.
Pero esa apropiación no está solamente en la cantidad de personas que asisten, sino en la forma en que cada edición empieza mucho antes de que se abran las puertas. Detrás de cada persona hay una historia, una búsqueda y una expectativa: quienes llegan preparan sus looks, piensan cada detalle y se permiten una versión de sí que quizás durante mucho tiempo no pudieron mostrar.
Así la fiesta se convirtió en un lugar donde volver a sentirse libres, encontrarse y vivir una experiencia que durante años parecía imposible. Hay quienes llegan con la misma ilusión de la adolescencia con los nervios y la emoción de descubrir algo por primera vez: dentro de la pista aparece una forma de recuperar esas juventudes que quizás no pudieron vivirse plenamente.
Desde el comienzo, La Carinio fue pensada con una premisa clara: que el espacio no estuviera construido sobre la comunidad LGBT, sino desde la propia comunidad. Para ello, todas las decisiones que le dan forma a la fiesta están atravesadas por personas que forman parte del colectivo y que conocen de cerca la necesidad de contar con lugares donde poder expresarse con libertad.
Esa mirada aparece en cada detalle: desde la selección de artistas y la propuesta musical hasta la forma de recibir a quienes llegan a la fiesta. Para Agustín y Alexis, no se trata solamente de convocar a un público diverso, sino de que quienes históricamente quedaron afuera también sean protagonistas en la construcción del espacio.
Uno de los pilares es la inclusión de personas trans dentro del equipo y el cupo de asistencia a la fiesta. El objetivo, explican, es que la presencia no sea simbólica sino real: que puedan ocupar espacios de trabajo, de expresión artística y de producción.
“Las travestis son las madres de nuestra comunidad, son nuestras sacerdotisas. ¿Cómo no van a estar habitando nuestros espacios?”, reflexiona Alexis.
Junio late con una fuerza distinta para la comunidad LGBT. Es el mes donde el Orgullo se vuelve bandera, pero también es el momento de mirar hacia adentro y reconocer las redes invisibles que sostienen a todo un colectivo. Históricamente, para muchas personas de la comunidad, el camino hacia la identidad estuvo marcado por el desamparo de aquellos entornos que debieron haber sido refugio.
Es ahí donde aparece esa imagen de la "familia elegida". Esa que no comparte la sangre, pero comparte el abrazo y la supervivencia. Es la historia de esa persona que, sin pedir nada a cambio, te abrió la puerta, te dio un hogar y te miró con los ojos con los que el mundo te daba la espalda.
Fiestas como La Carinio son, en el fondo, la celebración de esa red de contención. Agustín y Alexis no solo construyeron una pista de baile: levantaron un techo simbólico para quienes necesitaban encontrarse. En cada edición, entre brillos, colores y música, la comunidad habita una casa grande y colectiva donde ya nadie tiene que esconderse ni volver a sentirse solo.