Tiene 23 años, estudia Ciencia Política, empezó a militar en la secundaria y acaba de ser elegida presidenta de la FUC. Su recorrido combina política y compromiso social.
A los 14 años, cuando muchos adolescentes recién empiezan a descubrir qué les gusta, Zoe Estigarribia ya tenía algo claro: quería involucrarse. En su Viedma natal, mientras transitaba la escuela secundaria, comenzó a participar en el centro de estudiantes con una convicción que con el tiempo se volvería una marca personal: si hay problemas, hay que organizarse. Hoy, casi una década después, esa misma joven acaba de convertirse en presidenta de la Federación Universitaria del Comahue (FUC), el espacio que nuclea y representa a estudiantes de toda la Universidad Nacional del Comahue (UNCo), una de las casas de estudio más extensas territorialmente del país.
Tiene 23 años, estudia Ciencia Política, está entrando en la etapa final de su carrera y asume este nuevo rol en uno de los momentos más complejos para las universidades públicas argentinas, atravesadas por conflictos presupuestarios, debates por el financiamiento y una realidad económica que golpea de lleno a quienes intentan sostener una carrera universitaria.
Pero detrás del cargo institucional, Zoe conserva un perfil cercano, de esos que rápidamente conectan con la vida cotidiana de cualquier estudiante del Alto Valle, de Viedma, Bariloche, el norte neuquino o la Línea Sur: sabe lo que significa discutir alquiler, apuntes, transporte, comida y hasta el desgaste emocional que implica estudiar cuando llegar a fin de mes también es una preocupación.
Para entender quién es Zoe, hay que volver bastante antes de la universidad. Ella misma cuenta que en su casa la política siempre fue un tema presente. Viene de una familia militante, con padres trabajadores sociales y una historia familiar atravesada por la memoria, los derechos humanos y las consecuencias de la última dictadura militar. “Era natural hablar de política”, resume.
No se trataba solo de debates ideológicos, sino de conversaciones vinculadas a derechos, justicia social y al impacto concreto que tienen las decisiones políticas en la vida cotidiana. En ese contexto, su acercamiento a la militancia no fue una excepción, sino casi una continuidad lógica.
Durante su adolescencia, esa inquietud encontró un primer espacio en la escuela. Ahí empezó a participar en la organización estudiantil, impulsada también por reclamos concretos, como problemáticas edilicias o discusiones por derechos estudiantiles.
En Viedma, recuerda, también había una fuerte lucha por el boleto estudiantil, y esa experiencia terminó de consolidar una idea que luego trasladaría a cada espacio que ocupó: la representación no puede ser simbólica, tiene que servir para resolver problemas reales.
Como a miles de jóvenes de su generación, la pandemia modificó profundamente su ingreso a la universidad. Comenzó a cursar en 2021, en plena virtualidad. Una experiencia completamente distinta a la imagen tradicional de la vida universitaria, sin pasillos, sin asambleas, sin centros de estudiantes activos como espacios cotidianos de encuentro.
Cuando regresó la presencialidad, en 2022, se encontró con una representación estudiantil debilitada, golpeada por el aislamiento y por las dificultades que implicó sostener la organización en ese contexto.
Lejos de quedarse en la crítica, decidió involucrarse. Junto a compañeros y compañeras de distintas carreras, impulsó la reconstrucción de espacios de participación, formó parte de la agrupación Güemes y empezó a tejer vínculos con otros sectores estudiantiles de Neuquén y Río Negro.
Ese proceso fue creciendo de a poco, con una lógica que ella misma describe como colectiva: encuentros, organización y construcción de un frente que no solo logró conducir centros de estudiantes, sino también consolidarse dentro de la propia Federación Universitaria del Comahue.
Su recorrido dentro de ese proceso fue intenso: dos veces presidenta del centro de estudiantes de su sede, vicepresidenta y parte activa en distintos espacios de representación universitaria.
Hoy, esa construcción desemboca en la presidencia de la FUC.
Asumir la conducción de la Federación no ocurre en cualquier contexto. Zoe llega a este lugar en medio de una crisis universitaria que lleva más de dos años, con movilizaciones masivas, reclamos por financiamiento y una discusión nacional sobre el futuro de la educación pública.
Para ella, la pelea por el presupuesto universitario sigue siendo central. Considera que el reclamo por el cumplimiento de la ley de financiamiento universitario debe seguir articulando a estudiantes, docentes, gremios y comunidad en general.
Pero también insiste en que la defensa de la universidad no puede agotarse en una consigna general. Porque mientras se debate presupuesto, hay miles de estudiantes haciendo cuentas para ver si pueden seguir cursando.
Cuando baja la discusión a tierra, Zoe habla de números que cualquier familia de la región reconoce rápidamente.
Un alquiler económico puede rondar los 500 mil pesos, cuando se cursa en ciudades fuera del Alto Valle, cuyo costo es casi el doble. A eso hay que sumarle fotocopias, apuntes, transporte, comida y gastos básicos.
Dependiendo de la carrera, solo el material de estudio puede representar una inversión enorme. No es lo mismo estudiar una carrera social que una ingeniería, aclara, pero en todos los casos el costo de sostener una trayectoria académica aumentó.
Y ahí aparece uno de los puntos que más la movilizan: en la Universidad Nacional del Comahue hay una enorme cantidad de estudiantes que son primera generación universitaria. Es decir, jóvenes que llegan a la educación superior gracias a esfuerzos familiares inéditos. Padres y madres que quizás nunca pudieron estudiar, pero que hacen sacrificios gigantes para que sus hijos sí puedan hacerlo.
Por eso, para Zoe, el desafío no pasa solo por abrir las puertas de la universidad, sino por garantizar que quienes entran puedan quedarse.
La Universidad Nacional del Comahue tiene una particularidad que la distingue: su extensión territorial. No se trata de una universidad concentrada en una sola gran ciudad, sino de una institución con presencia en múltiples localidades, muchas veces atravesadas por realidades profundamente distintas.
Neuquén capital no vive lo mismo que Viedma. Bariloche no enfrenta los mismos desafíos que el norte neuquino. La Línea Sur tiene necesidades muy distintas a las del Alto Valle.
Para Zoe, pensar políticas estudiantiles implica necesariamente entender esa diversidad. Su mirada apunta a romper con cierta centralidad histórica y construir una federación que pueda llegar a cada rincón donde la universidad está presente.
No como una estructura lejana, sino como una herramienta real para estudiantes que muchas veces viven situaciones muy diferentes, pero comparten una misma necesidad: sostener el derecho a estudiar.
Hay otro rasgo que marca esta nueva etapa y que Zoe destaca especialmente: la conducción está integrada completamente por mujeres. No lo plantea solo como un dato simbólico, sino como el resultado de años de militancia concreta.
Según remarca, todas las integrantes de esta conducción fueron o son presidentas de centros de estudiantes, con experiencia en organización, gestión y resolución de conflictos.
Para ella, eso puede darle a la Federación una impronta particular: más experiencia territorial, más capacidad de respuesta y una perspectiva distinta sobre problemáticas muchas veces relegadas, como salud mental, espacios de cuidado o acceso a actividades recreativas.
En su mirada, la universidad no se reduce a cursar materias. También habla de algo que suele quedar fuera del debate económico: el derecho a transitar la universidad en condiciones dignas.
Por eso insiste en que salud mental, deporte, recreación y construcción de comunidad no son extras. Son parte fundamental de sostener una trayectoria.
Porque muchas veces, explica, permanecer en la universidad no depende solo de pagar alquiler o fotocopias, sino también de contar con redes, espacios de pertenencia y acompañamiento emocional.
Zoe representa, en muchos sentidos, a una nueva generación de dirigentes estudiantiles. Jóvenes que crecieron viendo a sus familias atravesar crisis, que comenzaron su vida universitaria en pandemia, que entienden las dificultades materiales de estudiar y que, aun así, siguen apostando a la organización.
Su historia no está construida desde un lugar lejano o excepcional, sino desde experiencias bastante comunes para miles de estudiantes del sur argentino: venir del interior, apostar a la universidad pública, militar desde abajo y asumir responsabilidades en momentos complejos.
Quizás por eso su figura resulta cercana. Porque detrás de la presidenta de la FUC hay también una estudiante que está terminando su tesis, que conoce el precio del colectivo, que sabe cuánto cuestan las fotocopias y que entiende que, para muchos, seguir cursando puede ser una batalla cotidiana.
Mientras se prepara para cerrar su carrera universitaria, Zoe asume ahora una responsabilidad mucho más amplia: conducir una federación clave para miles de estudiantes de Neuquén y Río Negro. Lo hace en un contexto difícil, pero con una convicción que parece acompañarla desde la adolescencia.
La misma que empezó a formarse en la secundaria, que se consolidó en pandemia y que hoy llega a una escala regional. Organizarse, representar y defender derechos.
Para algunos será una presidencia estudiantil. Para otros, simplemente la historia de una joven del sur que convirtió la militancia en una herramienta para intentar que estudiar en una universidad pública siga siendo posible.