En los próximos días, el investigador del CONICET presentará su proyecto de fertilizante inteligente en un certamen mundial.
Era el 30 de enero y Jeremías estaba por irse del trabajo cuando recibió un mail. Llevaba meses esperando una respuesta que, a esa altura, ya daba por perdida. Del otro lado, desde Francia le avisaban que su proyecto de fertilizante inteligente era finalista de un premio internacional de innovación.
Jeremías Benjamín tiene 29 años. Nació y creció en Neuquén, en el barrio Mudón. Se recibió de Licenciado en Biotecnología y actualmente hace su doctorado en biología en el Instituto de Investigaciones Biológicas de la Universidad Nacional de Mar del Plata, becado por el CONICET.
El 2 de abril va a pararse ante 300 personas en Saint-Malo, al norte de Francia, para presentar NanoQlay: un fertilizante de liberación lenta de nitrógeno fabricado a partir de residuos de langostino patagónico. Es el único argentino en competencia y probablemente el más joven de los finalistas.
Jeremías dio sus primeros pasos en el Jardín Escondido de Alta Barda, la primaria en la Escuela 201 y se recibió de técnico químico en la EPET 14. Los tiempos libres pertenecían al Club Pacífico, donde jugó al básquet desde las categorías infantiles hasta primera. A los 19 años, sin tener claro qué estudiar, se fue a Córdoba.
La Universidad Nacional de Córdoba ofrecía los primeros dos años comunes a varias carreras, lo que le daba tiempo para decidir. Le gustaban la química y la bioquímica, pero algo no terminaba de convencerlo. La respuesta llegó de manera inesperada: en la residencia donde vivía ese primer año, conoció a unos chicos de Barcelona que estudiaban biotecnología en España.
"Ahí fue la primera vez que escuché la carrera", recuerda. Empezó a investigar, se fue desencantando de la bioquímica más clásica y cuando terminó el segundo año la carrera de Biotecnología acababa de abrir en la UNC. Se anotó. Egresó en 2021 junto a una camada de apenas 18 o 19 graduados: los primeros biotecnólogos de esa universidad.
Después de recibirse volvió a Neuquén unos meses. Consiguió una beca del CONICET en un grupo de investigación de Mar del Plata y en marzo de 2022 se instaló en esa ciudad para comenzar su doctorado. Hoy trabaja en el Instituto de Investigaciones Biológicas y en colaboración con el INTEMA (Instituto de Investigaciones en Ciencia y Tecnología de Materiales), también de doble dependencia.
Su tesis se centra en el estudio de nanoarcillas aplicadas al agro. Para entenderlo sin título universitario: las arcillas tienen una estructura natural de capas apiladas y en el espacio entre esas capas se pueden insertar distintas moléculas. "Uno puede hacer como un juego de intercambiar las moléculas que están ahí adentro", explica Jeremías.
A pesar de que Jeremías es la cabeza del proyecto, cuenta con la ayuda de sus dos directoras: Yamila Mancilla, del área de biología, y Romina Olivier, del área de materiales. También sumaron al equipo de Noelia Foresi, especialistas en nitrógeno, que ayudaron a destrabar una parte de los experimentos que durante un tiempo se había estancado.
El proyecto que Jeremías va a presentar en Francia se llama NanoQlay: un compuesto de quitosano y nanoarcilla diseñado como fertilizante inteligente de alta eficiencia. El quitosano es un polímero que se puede obtener de las cáscaras de langostino, un residuo que en la costa de Chubut se descarta a cielo abierto y genera problemas ambientales serios, incluso para las ballenas francas.
El problema que intenta resolver es concreto: con los fertilizantes tradicionales a base de urea, la planta no absorbe todo lo que se aplica. Una parte importante se filtra hacia las napas subterráneas o se volatiliza al aire, generando contaminación en el suelo, el agua y los ecosistemas marinos. Al usar nanoarcillas, el nitrógeno se libera de forma controlada y gradual, reduciendo tanto el desperdicio como el impacto ambiental.
La lógica circular del proyecto es uno de sus puntos más fuertes. Los residuos de langostino que hoy son un problema en el litoral patagónico podrían convertirse en materia prima del fertilizante. El nitrógeno que lo carga podría obtenerse de aguas residuales. "La posibilidad de incorporar economía circular en varias etapas del proceso está", dice Jeremías. "Termina siendo como una especie de fertilizante más ecológico que lo que se aplica hoy en día”, explica.
En octubre del año pasado Jeremías mandó el proyecto a la convocatoria del Grupo Roullier, una empresa francesa con presencia en varios países, entre ellos Argentina. La temática de la edición 2025-2026 era "del océano al campo", y NanoQlay encajaba justo: langostino del mar, aplicación en la agricultura. Mandó el formulario y esperó.
Enero llegó y pasó casi sin noticias. Tenían puesto en el calendario que los finalistas se anunciaban ese mes, y cuando ya estaba terminando, Jeremías lo daba por perdido. El 30 de enero, justo cuando se estaba por ir del trabajo, llegó el mail con las felicitaciones: era finalista en la categoría joven talento, dedicada a estudiantes e investigadores en etapas tempranas.
El evento final se realiza el 2 de abril en Saint-Malo. Viaja solo ya que la empresa dispuso que solo participara el líder de cada proyecto. El día anterior los finalistas recorrerán el centro de innovación del Grupo Roullier, donde hay invernaderos de última generación y equipos industriales para producción de fertilizantes. En caso de ganar, el premio incluye financiamiento para continuar el proyecto y asesoramiento directo de la empresa.
Para Jeremías, el resultado no es lo único que importa. "Incluso si no gano, uno nunca sabe a quién le puede interesar la idea y con quién puede hacer contacto en ese tipo de lugares", dice. "Es una gran oportunidad”.
A pesar de los estudios y las responsabilidades, Jeremías todavía encuentra tiempo para el deporte y practica MMA de forma amateur. Toda su vida tuvo esa experiencia de prepararse para una instancia competitiva y dice que ahora, por primera vez, la vive desde un lugar completamente distinto. "Lo tomo con la misma emoción y las mismas ganas de ir y ganar", dice. "Me siento con esa responsabilidad de representar."
"Represento al país, a Neuquén, a mi instituto, al CONICET", dice. Eso es lo que le da espalda cuando tiene que pararse solo ante gente con mucha trayectoria industrial. No va a Saint-Malo como un extraño: va respaldado por todo lo que construyó a lo largo de sus 29 años.
Su ciudad siempre está presente. Tiene a su familia, amigos, y sigue de cerca lo que pasa en el Club Pacífico. Aún no tiene claro si regresará a vivir a Neuquén, pero ve potencial en el Alto Valle y le encantaría que hubiera más desarrollo relacionado a su temática: las manzanas, las peras, los cultivos nuevos. "Estaría bueno que hubiera más iniciativas que apunten a más al agro, no solo al petróleo", dice. "Creo que en Neuquén están las capacidades para generar buenas ideas y buenos proyectos."
Con todo eso detrás, el viaje a Francia adquiere otro peso. El 2 de abril, a miles de kilómetros del barrio Mudón, del Club Pacífico y de la costa patagónica donde se descarta el langostino, Jeremías va a intentar convencer al mundo de que esos residuos pueden cambiar la forma en que se fertiliza el campo: solo, pero con el apoyo de todo un país.