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Pareciera que a partir de los dichos del músico cuando la vicepresidenta, Victoria Villarruel, visitó el Festival de Jesús María, se abrió una nueva grieta.
“Jamás esperen de Peteco Carabajal el silencio cuando se insulta al pueblo, porque es un obrero de lo verdadero”, fue lo primero que pensé y me apuré a escribir cuando leí la noticia. Conozco a Peteco hace años, tuve el privilegio de girar con él por todo el país y contemplar su humildad: la forma en que celebraba el más simple plato de comida; la tolerancia cuando en algún escenario, aun siendo un músico de amplísima trayectoria, lo hacían esperar; la entrega a la gente. Sin embargo, más allá de esa cercanía, nadie que conozca la coherencia con la que este artista popular viene trazando sus casi 50 años de carrera, podría pensar otra cosa.
Lo que pasó fue muy simple. Victoria Villarruel ingresó al predio del Festival Jesús María en el momento en que estaba tocando Carabajales. La organización nunca alertó a los músicos que esto sucedería. La mandataria comenzó a saludar al público de las tribunas, sin reparar en quienes estaban en el escenario, ante lo cual, Peteco, en un acto de espontaneidad, dijo al micrófono: “No se paren que no ha llegado nadie”. A partir de eso, se armó un gran revuelo.
“En ese momento no encontré otra forma para cuidar nuestra labor artística. No lo pensé, ni lo hice provocativamente. Al contrario, quería que todo siguiera tranquilo hasta terminar el tema. Después lo que quieras”, escribió Peteco en sus redes, sobre lo que en términos concretos fue un show interrumpido.
Lo que sí es muy complejo es el contexto. Hay una realidad que no podemos negar y es que el gobierno nacional que acaba de asumir lo hizo con la mayoría de los votos, ante un electorado fragmentado, hastiado y atormentado por una realidad socio económica muy dura. Lo que convirtió a Victoria Villarruel en la vicepresidenta de Argentina.
También es real que, a sus 48 años, el único empleo formal registrado de la mandataria es a sus 46 en el Congreso como Diputada Nacional; es real que en sus declaraciones negó los crímenes de lesa humanidad perpetrados por la última dictadura cívico militar y a los 30 mil desaparecidos; es real que representa a un gobierno que a un mes de asumir, devaluó bruscamente y busca a través de un DNU y un proyecto de Ley Ómnibus quebrar muchas de las formas que regularon nuestro país durante años, avanzando sobre los derechos de gran parte de la sociedad argentina, entre ellos y explícitamente los del sector cultural. Pero, sobre todo lo que es real, como ya lo anticipó el mismo gobierno, es que el hambre se hará cada vez más feroz para los cientos de miles de personas que ya sufren y los otros cientos de miles que entrarán en la pobreza.
Peteco Carabajal siempre estuvo en las antípodas de eso. Es una persona transparente. Seguramente, como el mismo explicó, sus palabras fueron un acto de defensa de un show truncado, producto de una organización ineficiente y una mandataria que no sabe que ni al pueblo, ni a su memoria, ni a sus artistas hay que faltarle el respeto.
Resulta alarmante el nivel de hostilidad que recibió el artista a partir de esa noche. Más alarmante resulta la doble vara con la que se mide la profundidad y el alcance de las declaraciones. Hablan de respeto quienes niegan la historia. Hablan de institucionalidad quienes quieren derribar más de 600 leyes de un plumazo. Hablan de libertad los que escupen la memoria.
Peteco es un digno hijo de la chacarera. Siempre supo honrar a su tierra, leerle la fibra para convertirla en música, en canto, en versos. La obra que Peteco grabó en más de 18 discos, solo o junto a Mercedes Sosa, Jacinto Piedra, Chango Farías Gómez, entre otros tantos inmensos artistas, está llena de añoranzas, de changos morenos, de leyendas populares, del clamor de los nadie. Su dimensión es tan profunda para Santiago del Estero, que logró trascender fronteras y hacernos enamorar de la siesta, del canto de los coyuyos, de las rondas en patios de tierra.
Peteco es el besado por el cielo, que cuando tenía menos de veintidós años ya había compuesto “Como pájaros en el aire”. Es el que puede mostrarnos la complejidad, lo ancestral y la síntesis de mestizaje que es la chacarera y en ella evidenciar una profunda raíz de la cual también nos gusta sentirnos parte. Su obra se volvió federal, porque es un espejo para la identidad de este país. Por eso, cuando está con su violín, la guitarra o un charango en la mano, frente a un fogón con 200 personas en Villa Pehuenia, o ante miles cruzando el Río Dulce, es chacarera, es alegría y es pueblo.
Ahí es donde la grieta resulta falaz. Las elecciones son coyunturales, los fanatismos políticos duran un suspiro. Lo que queda es el arte; el arte y la cultura; el arte, la cultura y la memoria.
“No se distraigan conmigo con lo que dije y demás. La Patria peligra con muchos derechos y compañeros que está perdiendo su trabajo”, dijo este mediodía en un canal de televisión. El peligro no está en las palabras, está en una realidad que avanza.
Siempre hay que estar del lado Peteco de la vida: de lo que perdura, del genuino, del real.
No se paren que no ha llegado nadie.