A orillas del río Neuquén desapareció Celmira Yáñez en los años 60. En La Cañada Los Duraznos murió Ramón Hernández esta semana. Dos casos, dos cuerpos, una misma pregunta sin respuesta que alimenta la leyenda del norte neuquino.
"Las décimas y la sangre": dos muertes que se vuelven leyenda. Con el corazón desgarrado y el alma sola. Así se fueron.
Con 60 años de diferencia y 5 kilómetros de distancia, Celmira Yáñez y Ramón Darío Hernández tienen algo en común: se fueron del norte neuquino dejando más preguntas que certezas.
Ella con 20 años y un cuaderno de versos a la vera del río Neuquén. Él con 54 años y un corte profundo en el pie, arrodillado en su sillón. Dos historias que se cruzan en el mito, en la soledad del campo y en ese silencio que solo guarda la Cordillera del Viento.
Nació en Huinganco el 6 de agosto de 1946. La abandonaron a los 10 meses. La criaron puesteros. A los 8 años vio morir a su madre adoptiva en una nevazón y quedó a cargo de su hermanito recién nacido.
Escribía para no volverse loca. En décimas contó el abandono, el desamor y la tristeza: “Adiós mi tierra querida donde me crié tantos años! Con mis piernas temblorosas yo seguiré caminando...”, relató entre líneas.
Tenía 20 años cuando desapareció. Solo encontraron su ropa y el cuaderno a orillas del río Neuquén. El cuerpo nunca apareció.
Los lugareños dicen que se arrojó a la correntada por amor. Otros que se fue a Chile. Hoy, las cantoras del Alto Neuquén siguen entonando sus versos como un llamado. Celmira se volvió leyenda.
Criancero del paraje El Boleadero, en Los Miches. Tenía su casa en Andacollo, pero su vida era el campo. Estuvo 48 horas sin que nadie lo viera en La Cañada Los Duraznos.
Lo encontraron arrodillado en el sillón. Sin vida. La autopsia fue clara: murió por abundante pérdida de sangre tras un corte profundo en el dedo gordo del pie derecho. Había otras heridas, pero serían anteriores.
La fiscalía secuestró una garrafa. Busca saber si fue un accidente, si fue intencional. Por ahora no hay indicios de criminalidad.
¿Si estaba herido por qué no pidió ayuda? ¿Pudo? ¿Quiso? ¿A quién? Ramón se fue como vivió: solo. Y se fue sin dejar nota, sin audio, sin mensaje. Solo el silencio.
La medicina legal explica el "cómo" pero no el "por qué".
Para un criancero acostumbrado a curarse solo en el puesto, pedir ayuda no siempre es el primer reflejo. El orgullo, la distancia, la falta de señal. En el norte la soledad mata tanto como el frío.
Lo encontraron arrodillado. En los parajes esta región la fe es parte de la vida y de la muerte. Se reza para pedir, para agradecer, para despedirse. Muchos vecinos ya hablan de "el último rezo".
No hay evidencia de ritual. Sin embargo, el imaginario popular lo toma así: un hombre pidiéndole a Dios que lo sostenga. Es el mito que nace cuando la ciencia no alcanza. Como con Celmira.
La justicia no tuvo cuerpo para Celmira. Con Ramón tiene cuerpo, pero no tiene motivo. En ambos casos falta la última página.
En el caso de Celmira Yáñez, esto es lo que encontraron en sus cuadernos, escrito de puño y letra, cargado seguramente de dolor y lágrimas:
“Adiós mi tierra querida donde me crié tantos años!
Con mis piernas temblorosas yo seguiré caminando...”
Con el corazón desgarrado y el alma sola
me voy de mi pago querido,
sin saber a dónde voy,
solo porque me han herido”.
Décimas de despedida. De adiós. De una joven de 20 años que sabía que se iba. El río se llevó el cuerpo, pero dejó los versos. Por eso hoy las cantoras la siguen nombrando.
En el caso de Ramón Hernández, no hubo cuaderno. No hubo carta. No hubo décimas.
No hay confirmación oficial de la policía ni de la justicia de que se haya secuestrado un celular. Si lo tenía, en él podría estar la clave de qué pasó. ¿Un WhatsApp? ¿Una llamada pidiendo ayuda?, quizás.
El misterio envuelve todo. Se fue como vivió: sin pedir ayuda, sin explicar, solo con el silencio de La Cañada Los Duraznos como testigo.
Dos formas de irse. Ella escribió su adiós. Él se lo guardó.
Y al norte neuquino le quedaron 60 años de preguntas entre una y otra.
En Los Miches, en Andacollo, en Huinganco, las historias se cuentan en voz baja. De mujeres que se van al río, de hombres que se van al cerro y no vuelven.
Celmira se transformó en décimas que se cantan hace 60 años. Ramón recién empieza a ser pregunta.
¿Será Ramón el nuevo mito del norte neuquino? ¿Dentro de 60 años también se hablará de él con la misma incertidumbre con la que hoy se habla de Celmira?
Por ahora el norte lo despidió en el cementerio de Los Miches, entre sus animales y su tierra. Y se queda con un enigma que, como el de Celmira, por ahora solo guardan sus cuatro paredes.