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Dulce e insoportable vigilia

El domingo vamos a salir campeones del mundo, otra vez. Y si no es así nadie nos va a quitar las vivencias hermosas de estos días

La gente en la calle parece más buena, todo es diferente gracias al fútbol. Le cambié sutilmente la letra al inmenso Palito Ortega a la vez que apelo a la primera persona, odiosa para el redactor de diarios como un centro alto con sol en contra para el Dibu Martínez, porque hay un motivo excepcional: el domingo vamos a salir campeones del mundo, otra vez. Y si no es así nadie nos va a quitar las vivencias hermosas de estos días.

Como el amor en el mundo de Palito, el fútbol en medio de las confrontaciones interminables nos regaló un respiro extraordinario. Lionel Messi y sus soldados nos llevaron a otra final del Mundial. Dejaron sin espacio para los contra, que están agazapados, pero en silencio. Se respiran las ganas compartidas, sin fisuras. Hay que alentar a la selección, es una convicción, sin importar lo que digan los periodistas ni sus madres, como enseñó el mejor Maradona a nuestros jugadores.

El clima social enrarecido de los fines de año en Argentina fue modificado en un momento inigualablemente propicio para romper todo en nombre de los desfavorecidos por el modelo: los trabajadores. Llegamos a fin de año angustiados los que tenemos empleo, los que changean o los buscan cualquier cosa para afrontar los costos insoportables de la vida empujados por la inflación hasta donde cerca de la mitad de la gente no puede llegar.

Sergio Massa. Alberto Fernández.

Mientras tanto, la cartera económica al mando de Sergio Massa va tachando las metas cumplidas del pacto con el FMI que reconvirtió el crédito que pidió Macri en el acuerdo de gobernabilidad de Alberto Fernández. El ajuste es inocultable a la vez que sus alcances son crecientes. Es necesario para que no estalle todo, trasciende de los corrillos del poder.

Para colmo el crecimiento del Producto Bruto Interno (PBI) está amenazado por el impacto de la política cambiaria en la capacidad importadora de la economía nacional. La ralentización de la actividad sería de ayuda para la contención de la inflación, aunque a la vez tendría efectos sobre el empleo y sobre todo sobre el salario, que no deja de ceder frente a los costos para no vivir en la pobreza.

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Perdí el rumbo. Me quiero ir, diría un ex ministro de Economía de la Nación (Hernán Lorenzino). No puedo pensar en nada más: el domingo vamos a salir campeones del mundo, otra vez. ¿Y si no fuese así quién nos quita estos días en la Isla de la Fantasía?

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