Desde arriba del caballo, con el piño nevado y los perros al lado. Está en Aguada La Escondida, a pocos kilómetros de la Laguna Blanca de Zapala.
Desde el lomo del caballo se ve todo blanco. El animal avanza lento, abriendo camino. Delante, un piño de chivas y ovejas con la lana escarchada. A los costados, los perros corriendo entre la nieve. El jinete tiene la cabeza y los hombros cubiertos. No se escucha otra cosa que el crujir de la nieve, el resoplar del caballo y algunos gritos y silbidos.
Es el 10 de julio. Es Neuquén. Es territorio de crianceros.
En Aguada La Escondida, a pocos kilómetros de Laguna Blanca (Zapala), Ovaldo Ceballo de 64 años hace lo que hizo toda su vida: salir igual. Porque cuando la nieve tapa los caminos y los vehículos no pueden entrar, la única salida es a caballo.
Pasan los años. Llegan los inviernos más crudos. Sin embargo, en el interior de la provincia se sigue haciendo patria. Se sigue sosteniendo, con frío, con viento y con amor a la tierra, la tradición del criancero.
Ovaldo nació en Calchihue, departamento Las Coloradas. Desde chico mamó el oficio. Ayudó a sus padres, Aurora Palavecino y Zacarías Ceballo a criar chivas en el campo.
De 13 hermanos, es el único que se quedó todo el año. El único que eligió seguir cuidando los animales que fueron de sus viejos.
El año 2021 le pegó muy duro. En abril perdió a su papá Zacarías. Pocos meses después se fue también su compañera de vida, Alicia Morales.
"Se quedó solo con el campo, con los animales y con el recuerdo", contó su hija Macarena Ceballo desde Zapala. Pero no bajó los brazos.
Hoy lo respaldan sus hijas Gisella y Macarena, sus 2 nietos, sus 13 hermanos y su yerno. Todos ayudan. Todos están. Sobre todo, con Aurora, la madre de 89 años que sigue en la casa, con su huerta, esperando a su hijo.
La vida de Ovaldo es un ciclo que se repite y que el campo le exige. En verano junta leña. Mucha. Porque sabe lo que se viene. "Se prepara para poder sobrevivir al crudo invierno que azota en esa parte del campo", relató Macarena.
Después emprende viaje a la veranada. Tres meses cerca del Cerro Chachil, con sus compañeros caninos, para el engorde de los animales.
Cuando vuelve la helada empieza otra etapa: la parición. Cuidar que nazcan, abrigarlos, ganarle al frío. Después la venta. Con eso junta para comprar forraje. Para sobrevivir al invierno del año siguiente. Y así. Año tras año.
"Lo que lo hace más llevadero es poder contar con luz, agua natural y gas en garrafa. Y la leña, por supuesto", dijo “Maca”. Sin eso, el invierno en Aguada La Escondida sería imposible.
Ser criancero también es perder. "Como todo criancero, sufre de pérdidas de animales", explicó su hija. Los zorros y los pumas son parte del territorio. Y la nieve también cobra su parte. "El temporal de nieve muchas veces se lleva un par de vidas", lamentó con angustia.
Aun así, Ovaldo sigue. A los 64. Con el mismo mate, el mismo caballo y los mismos perros. ¿Por qué eligió esta vida? Más allá del frío, más allá de los vientos, más allá de las temperaturas extremas. La eligió y la defiende todos los días.
Macarena vive en Zapala, pero su corazón está en Aguada La Escondida. Y lo dice siempre sin vueltas. Sobre el trabajo de su papá contó: "Puedo decir que su vida no es fácil y que el clima y el campo exigen todo de él". Asimismo, y al ser consultada, por LM Neuquén, sobre lo que más admira de su padre, señaló que “valoro profundamente su paciencia para cuidar la vida, su sabiduría para entender la naturaleza y su fuerza para salir a caballo bajo el frío o el sol."
Y sobre lo que le enseñó destacó: “Agradezco profundamente que me haya inculcado la cultura del trabajo y el amor por nuestra historia. Sus acciones diarias me mostraron que la honestidad y la identidad son nuestros mayores tesoros”.
El final de su testimonio es pura emoción y se lo dedicó de corazón: "Aunque la distancia del arreo nos separe por días, tu ejemplo y tu amor me acompañan en cada paso que doy. Te amo y te admiro muchísimo, papá".
En el territorio neuquino, los inviernos son largos. Aun así, la cultura del criancero es más larga todavía.
Ovaldo lo sabe. Por eso sueña con que esto no se pierda. Con que los nietos, con que los jóvenes, entiendan que detrás de cada kilo de carne, de cada chiva, hay días de nieve, noches sin dormir y un caballo abriendo camino.
En Aguada La Escondida, mientras afuera sigue nevando, él sigue. A caballo. Con sus perros. Cuidando la vida. Porque, como dice Macarena: pasan los años, pero el amor por esta tierra sigue intacto.