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El mapa de los fantasmas de Neuquén

Las historias recrean el acervo cultural. A la vez, alimentan los mitos y la historia de la ciudad.

Aunque podamos dudar de la existencia de los fantasmas, no podemos negar que las historias de fantasmas existen desde hace mucho tiempo. Cada ciudad tiene las suyas, independientemente de que dudemos o no de ellas. Las primeras historias de fantasmas figuran en la Ilíada y en la Odisea, en la Biblia y muchos otros libros sagrados, en las tragedias de Shakespeare y los poemas del romanticismo.

En muchas ciudades europeas como Dublín o Edimburgo existe toda una rama del turismo dedicado a promocionar tours y visitas guiadas a castillos y casas encantadas en los que a lo largo de los siglos las crónicas registran la aparición de presencias fantasmagóricas y fenómenos de orden sobrenatural.

En nuestro país prosperan desde hace años proyectos de recorridos nocturnos de cementerios y lugares de apariciones espectrales en Córdoba, Rosario, Mendoza y en los barrios porteños de La Chacarita y Recoleta, una verdadera atracción que deleita a los visitantes extranjeros y nacionales. En algún momento también se realizó en la ciudad de Neuquén con una propuesta de aproximación a la arquitectura de los panteones y la puesta en valor de las historias de vida de personajes ilustres de la ciudad.

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Las historias de fantasmas, por otra parte, integran el acervo cultural popular representado en las historias de tradición oral. Relatos que, de boca en boca, van transmitiéndose de generación en generación, contándose alrededor de los fogones y para hacer más apasionantes las noches de excursión en los paisajes agrestes. Es una manera de perpetuar la presencia de los seres que ya no están a través del recuerdo permanente de la presencia más sutil, la postrera expresión del alma.

La Dama de Blanco de la Torre Talero

La más maravillosa historia de fantasmas de la ciudad de Neuquén, involucra a un poeta colombiano escapado de un pelotón de fusilamiento y a la misteriosa construcción que levantó como vivienda, en tierras cercanas al Río Limay, cuando se radicó en Neuquén. Eduardo Talero, abogado nacido en Colombia en 1869, según estiman algunos historiadores, llegó al valle en 1904, a cargo del traslado administrativo de la capital del Territorio que se fundaría el 12 de septiembre de ese año. Construyó su hogar en el solar que posteriormente bautizó con el nombre de “La Zagala”. Se llamaban Zagalas en España, a las niñas campesinas no mayores de 12 años que desarrollan sus tareas en el campo al mando de otros pastores.

En 1920, Talero falleció en Capital Federal, en donde se había establecido en sus últimos años y la casona pasó por muchos dueños, convirtiéndose además con posterioridad en sede de múltiples dependencias administrativas, funcionando incluso como escuela y dependencia policial. Está ubicada entre las actuales calles Lanín y Bejarano y es parte del Patrimonio Histórico de la ciudad.

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Además de su rica historia, ostenta la fama de albergar un fantasma conocido como La Dama de Blanco, cuyas apariciones han ocasionado el desvelo y el espanto de los conscriptos, cuando hacían sus rondas de “imaginarias” en el destacamento militar lindero al edificio. Los testimonios la describen como una figura femenina espectral, de aspecto demacrado, que parece flotar suspendida de los girones de su vestido nupcial de tules y gasas.

La identidad de la Dama de Blanco es un verdadero misterio y aunque se cuentan muchas versiones al respecto (inclusive una que afirma que fue solo un invento para rescatar la casona y poder ponerla en valor), se la vincula a una historia de amor no correspondido.

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Fantasmas en Huilliches y Villa Florencia

En pleno Barrio Huilliches, cerca del conocido “Rancho de Pedro” clásico lugar de peñas folklóricas de los años 80, por el que desfilaron desde Los Chalchaleros hasta el cubano Pablo Milanés, existe un enorme predio baldío resguardado por extensos paredones en el que secuencialmente se han construido y vuelto a derribar un sinnúmero de edificaciones.

Nadie quiere hablar específicamente sobre lo que pudo haber ocurrido allí, aunque hay quienes aseveran que por las noches se escuchan ruidos y quejidos que provienen del terreno abandonado. Unos años antes de la pandemia, una empresa de taxis debió relevar del lugar su parada, porque los móviles recibían pedradas desde el interior del baldío y cuando se asomaban tratando de sorprender a los supuestos agresores solo se encontraban con el terreno totalmente vacío y deshabitado.

Las noticias locales de los diarios de los primeros años de la década del 2000 al 2010, registran en el Barrio de Villa Florencia un particular siniestro, por el cual y a instancia de los informes de los Bomberos, una casa se incendiaba una y otra vez sin explicación alguna.

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El Barrio Villa Florencia, llamado así en honor a Doña Florencia Ochagavía, quien junto a su esposo Enrique Nordenstrom fue pionera y fundadora de uno de los barrios más antiguos de la ciudad, fue una próspera zona de chacras rodeadas de canales, desagües y un arroyo. Es una zona de Neuquén que fue habitada tempranamente, en la que no hace tanto se hallaron los antiguos restos del enterratorio de una mujer con su ajuar de collares y piezas funerales, cuyo valor arqueológico aún se trata de determinar. Este hallazgo se sumó a los tantos misterios y leyendas que se cuentan en el barrio, aunque ninguno en primera persona, ni mucho menos con nombre y apellido, porque a nadie le gusta caer en el descrédito, ni en los comentarios de los vecinos que los puedan llegar a relacionar con esos temas.

Fantasmas de las rutas

En el libro “La Patagonia tiene luces” de Juan Rithner y Ana María Menni, con dibujos del “Chelo” Candia, están recopiladas con prolijidad historias de fantasmas que acechaban en lo que era la Ruta 22 que atravesaba la ciudad de Neuquén. Damas de blanco que hacen dedo a la vera de la ruta y que cuando los automovilistas las pasan de largo presurosos, al tratar de divisarlas por el espejo retrovisor, constatan que están sentadas en el asiento trasero y al voltear a verlas, se esfuman como si nunca hubieran estado allí.

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Espectros femeninos que acechan en los recodos de las curvas o que se interponen en mitad de la ruta, causando accidentes y virajes indeseados. Compañeras ocasionales a las que alguien invita a tomar un café, cuyas gotas derrama en un descuido en sus blancas ropas. La dama en cuestión pide ser llevada a su hogar que queda cerca del cementerio, por cuyas puertas entreabiertas se pierde y al día siguiente descubren desordenado el mausoleo de una mujer que ha muerto joven y por las endijas del féretro entreabierto se adivina la mancha de café de la noche anterior en la mortaja.

Los fantasmas de Parque Industrial

El Barrio de Parque Industrial lleva ese nombre porque creció poblacional y habitacionalmente en torno al Polo Industrial, ubicado en la zona norte de ciudad. La transición de las fábricas muchas veces en actividad hasta muy entrados, los oscuros atardeceres de los invernales y la soledad de los terrenos descampados que las circundan son el marco de historia sobre espectros y fenómenos Poltergeist. Jorge, un metalúrgico jubilado, nos cuenta: “Mientras hacía unas horas extras cuando ya no había nadie en la fábrica porque me dejaban las llaves para que cerrara después de darle la terminación a algunas piezas en el torno, le juro que sentía cómo me tiraban del pelo y me daba vuelta y no había ninguna persona cerca de mí”.

Presencias en las inmediaciones de los cementerios

Los cementerios locales del área centro y oeste guardan en el relato de sus serenos y cuidadores retirados, historias espeluznantes de sombras que se cruzan de improviso y en forma lateral, ni bien apuntan con la linterna. Llantos y quejidos que se confunden con el rumor de las hojas de los árboles en la noche y luminiscencias que la ciencia explica como la presencia resplandeciente de fósforo que se libera de las “osamentas”.

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Los fantasmas van al colegio

Los porteros de los colegios del oeste suelen contar sus vivencias con lo sobrenatural cuando entran en confianza y con la condición de que no se divulguen sus nombres. Es frecuente y sobre todo en los últimos turnos de la noche, cuando los auxiliares ya dejan las aulas de la planta alta cerradas con llave, sentir que alguien arrastra los bancos y hace chirriar las sillas contra el piso, pero al subir constatan que todo está en orden como lo dejaron.

Bajan y se encienden las luces y suena el timbre cuando ya están en la calle y la escuela ha quedado cerrada.

Los vecinos de un conocido colegio de Villa Florencia escuchan que por las noches se activa el motor del ascensor, suena el timbre y se encienden y apagan luces, hechos que las cámaras de seguridad registran, pero en las que nunca aparece una figura humana definida.

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