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Se cumplen 112 años de la inauguración del histórico centro de faena que habilitó el municipio. Las costumbres en las chacras y la sanidad en peligro.
El 26 de mayo de 1913 abrió sus puertas una institución que le cambiaría la vida a los habitantes de Neuquén y que mejoraría en gran medida la calidad de la sanidad y la salud pública: el matadero municipal, un espacio más que importante en la historia del pueblo.
Siete años antes, el gobernador Carlos Bouquet Roldán había fundado la ciudad de Neuquén como capital del territorio, por lo que los avances de la civilización todavía eran muy lentos. Faltaba mucho por hacer y la vida en este rincón olvidado de la Patagonia era difícil y sacrificada.
La producción y el consumo de los alimentos no tenía regulación alguna. Muchas familias tenían chacras o pequeñas huertas donde cultivaban frutas y verduras o criaban animales, pero esas prácticas estaban lejos de los estándares de sanidad, especialmente la producción de carne.
Vacas, cerdos, corderos y aves de corral se faenaban en cada domicilio, lo que generaba graves inconvenientes cada vez que se buscaba el lugar para el destino final de los desechos de la producción. Los focos de infección y las enfermedades que se producían cada vez que los enterraban o los tiraban al río o a otros espejos de agua como lagunas y arroyos.
Relatan los historiadores que a medida que el pueblo iba creciendo la situación sanitaria era vez más descontrolada, hasta que finalmente se decidió construir un lugar específico para que se pudiera realizar todo tipo de faena sin riesgos sanitarios.
La empresa Ferrocarriles del Sud donó 600 durmientes que fueron destinados a la construcción de los corrales para el nuevo espacio que funcionaría en la quinta N°35, hoy Bahía Blanca y Ricchieri. La elección del lugar no fue casual. Tenía que ser un predio que estuviera lejos del pueblo, por los malos olores propios de la actividad.
Con ese primer envión comenzaron las obras en 1910, aunque los trabajos fueron varias veces interrumpidos por falta de recursos por parte del Estado.
Sin embargo, la sociedad Nueva España adelantó lo que sería el pago del impuesto inmobiliario de 15.000 pesos por las tierras que tenían y de esta manera permitió reactivar el proyecto que finalmente se terminó en 1913 bajo el gobierno de Abel Chaneton.
Los tres matarifes que había en el pueblo centralizaron su actividad en la flamante institución. Lo mismo hicieron los pequeños productores que llevaban hasta allí sus animales para la faena.
De esta manera, el pueblo de Neuquén comenzaba una nueva etapa. El progreso avanzaba de a poco, pero lo suficiente para seguir alimentando esperanzas.
(Fuente de la efeméride: “Acontecimientos y Protagonistas de la Historia del Neuquén”, de Ricardo Koon)