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En la tierra del alto Neuquén, donde alguna vez los hermanos Pincheira le dieron origen al vuelo de las cuatro banderas, y al pie de la Cordillera del Viento hace seis años se viene realizando una fiesta que reivindica las costumbres más arraigadas del norte neuquino y es el puente para el encuentro de generaciones que se retroalimentan mutuamente. El Festival del Mate y el Pan Casero llegó para quedarse y perpetuarse en el tiempo.
El último fin de semana, hombres, mujeres y niños por igual exhibieron y compartieron con el jurado y el numeroso público sus mejores panes y mates. Fue una maravillosa jornada donde el pasado se “hermanó” con el presente y para alegría de los organizadores se pudo comprobar que hay un importante semillero que ya se está apropiándose de la cultura y las costumbres de sus padres y abuelos.
Se escucharon increíbles testimonios de gente que nació y se crió en el campo y que con gran sabiduría dijeron que el mayor secreto de la elaboración del pan “solo está en las manos”. Lo rico y exquisito del producto final depende de la fuerza y el amor que se le dedique en su amasado. Otras palabras que emocionaron fueron las de una participante que, con lágrimas en los ojos, dijo que “en su inocencia de niña creía que los pancitos con betún eran pancitos con nieve”. Fue imposible no conmoverse. El festival en definitiva dejó muchas historias de amor y devoción por las tradiciones ancestrales del norte neuquino y la difusión de todo su invaluable acervo cultural.
La presente edición del festival ovejense despertó muchos elogios en los visitantes debido a que entre los concursantes, a diferencia de años anteriores, se notó mucho la presencia de hombres, jóvenes y niños, tanto en la muestra de pan como en la de los mates.
También se evidenció en las “licencias” que se tomaron algunos participantes a la hora de presentar sus panes. Fue el caso de doña Alba Rosa Guerrero, quien hace 44 años vive en Las Ovejas. Es oriunda del paraje La Matancilla y aprendió a hacer pan desde niña mirando a sus patronas. Solo estudió hasta cuarto grado ya que se empleó como empleada doméstica a corta edad. Fue mamá a los 16 años y se casó con Segundo Aurelio Méndez. Juntos le entregaron cinco hijos a este rincón de la tierra neuquina.
Doña Rosa sorprendió a todos presentando dos panes con la forma de ovnis, materia que desde hace un par de años viene promocionando la localidad a partir de su mágico mirador La Puntilla. “Los panes los elaboré inspirada en lo que hay ahora en el pueblo. Personalmente nunca tuve ninguna experiencia sobre el tema pero si he escuchado muchos testimonios. Mi mamá Celestina Aravena siempre nos contaba sobre luces extrañas en el cielo”. Añadió que “la idea le gustó mucho a la gente. A uno de mis panes con la misma masa le hice las letras con el nombre de Las Ovejas y se las coloqué alrededor. Eso le dio un toque más de pertenencia”.
En otra parte del salón, estaba la pequeña Wendy Parada. La niña de apenas 11 años vive en el pueblo y se animó a participar por primera vez del concurso de panes dulces. Es estudiante de sexto grado en la escuela del pueblo y se presentó con sus pancitos dulces de colores con grageas. “Mi abuela me enseñó a hacer estos pancitos y los quise presentar en el festival. Estuve bastante nerviosa pero feliz de participar entre tanta gente. Tengo un hermanito que a veces cocina conmigo. Cuando sea más grande quiero estudiar y tal vez dedicarme a la repostería porque me gusta mucho”, contó.
Olga Ester Candia es la abuela de Wendy y manifestó el orgullo que siente por su nieta. “Yo le enseñé porque a ella siempre le gustó la cocina y quería aprender a hacer los pancitos dulces. Me sorprendió mucho porque a ella sola se le ocurrió ponerle su propio toque de innovación de teñirlo de colores”.
Añadió que “fue una idea de ella porque yo los hago de forma más tradicional como mi mamá me enseñó a mí. Pero eso de teñirlo y ponerle las grageas de colores fue su idea. Los pancitos son ideales para cumpleaños infantiles”. Olga relató que este amor por la cocina de Wendy la está ayudando mucho a superar el dolor por el fallecimiento de su padre hace dos años. “Voy a estar siempre apoyándola para que ella haga lo que le gusta y salga adelante a pesar de todo lo que está pasando y que pueda ser feliz”, finalizó.
El pan con chicharrones es uno de los alimentos que ha acompañado desde siempre la vida de los crianceros trashumantes, en sus cruzadas por los caminos durante días y en las altas cumbres de las veranadas. El festival de Las Ovejas también premió esta ancestral y deliciosa especialidad. La ganadora fue doña Olivia Valenzuela. Nació en 1947 en el paraje Las Tapaderas, muy cerca del arroyo Curamileo.
Esta bella zona queda ubicada a unos 20 kilómetros del pueblo de Manzano Amargo. Sus padres fueron Magdalena del Carmen Barrera y Andrés Valenzuela. Fue la única mujer de los cinco hijos que esta pareja de valientes campesinos trajo al mundo. Su madre falleció cuando ella tenía 7 años y a partir de ese momento le tocó la dura tarea de hacerse cargo de las tareas del hogar familiar. Cocinar, lavar, traer leña y hacer el pan se transformaron en algo habitual en su vida. “Siendo muy niña intentó por primera vez hacer el pan. La poca experiencia y sus escasas fuerzas le impidieron revolver la harina y amasar bien, así que lo dejó así nomás a medio hacer y lo cocino igual porque tenía a sus hermanos más chicos para alimentar”, contó con inocultable admiración y orgullo su hijo Carlos. Contó también que así fueron pasando los años y su madre fue aprendiendo a cocinar mejor. “Con el tiempo le empezó a agregar chicharrones y charque de chivo. A cada paso los panes le fueron quedando mejores”. Doña Olivia a sus 33 años contrajo matrimonio con Enrique Candia de Invernada Vieja y tuvieron dos hijos, Carlos y Magdalena.
Esta mujer guerrera tiene una historia de vida ligada por completo a la actividad criancera, a hacer huertas, a criar pavos y en ayudar a dar la parición de las chivas y las vacas. En los extremos veranos cortaba pasto mientras su marido se iba a la veranada. “Hoy mi mamá tiene 77 años y anda de lujo todavía gracias a Dios”, dijo Carlos. El hijo de doña Olivia también compartió la receta del pan que cautivó al jurado. “Preparó la masa con agua tibia, sal gruesa, grasa de chivo y levadura. Unió todos los ingredientes y los revolvió. Luego comenzó a sobar la masa y en ese momento le agregó los chicharrones de chivo, cortó la masa e hizo los panes. Más tarde los puso a cocinar en un horno de lata con fuego”. A su vez detalló los componentes del horno. “Consiste en un tambor de lata cortado al medio y se le ponen unos fierritos para separarlo de la ceniza caliente. En esa especie de parrilla se coloca el pan en una fuente y se procede a tapar el horno con otra lata donde se le coloca fuego encima y se deja unos 20 minutos y el pan ya está listo”.
El mate muchas veces es la única compañía en los largos días campo adentro. También es símbolo de bienvenida y amistad. Siempre fueron clásicas las “rondas de mates”, que de alguna manera se vieron alteradas en tiempos de pandemia. Aun así el mate siempre fue, es y será el “amuleto de la amistad”. La fiesta costumbrista de Las Ovejas también otorgó premios a los “mates cebados” dulces y amargos.
Carlos Candia, hijo de doña Olivia Valenzuela, se llevó el segundo puesto en la categoría de mate dulce. “El mate lo empecé a tomar después que salí de la escuela primaria en el año 1997 en un arreo a la veranada”, contó el joven criancero. Asimismo manifestó que “el primer cariño que se le hace a cualquier persona que llega de visita es invitarle un mate. Es una sana costumbre nuestra”. En su presentación Carlos estuvo acompañado por su equipo de mate que lo lleva siempre a su puesto del campo. “Son unas latitas que las colecciono. Son del año 1982 cuando yo nací. Me acompañaron también una viciera y una pava que siempre las llevo conmigo donde voy”. El tiene su veranada en Las Loicas, cerca de Manzano Amargo. “Yo me dedico a criancero. Tengo chivas, ovejas, vacas y 3 caballos. Soy albañil, carpintero, soldador, plomero, jinete y motoquero”, contó entre risas Carlos a modo de presentación. “Tengo mil oficios, no le mezquino el hombro a nada”, recalcó. Está casado y tiene un hijo de casi 4 años.
Respecto a su técnica para preparar la infusión dulce, contó que “al mate se le pone un poco de agua fría, se mezcla con la yerba así cuando se agrega el agua caliente no se quema. Se agrega un poco de azúcar y se empieza a cebar. Así cada mate se va poniendo muy espumoso”. El plus de la presentación de Carlos fue “la picadita de charque de chivo”. Cada mate se acompañaba con un pedacito. Al final el público prácticamente se “devoró” esa exquisitez que albergaba en un recipiente plástico y que gustosamente compartió con todos.
“El charque lo elaboro yo mismo. Se hace cuando el tiempo está fresco entre abril y mayo. Se faena una chiva vieja, se deja orear la carne y se empieza a charquear. En otras palabras sería adelgazar la carne para que se seque más pronto”. Siguió contando que “se le agrega sal fina, se deja pasar de un día para otro y se pone al viento así se seca. Al pasar un día se le dan golpes con una maza a la carne para que se vaya abriendo más rápido y sea más fácil que se seque”. Carlos terminó contando que una vez seca toda la carne se la guarda para ser consumida en invierno. “Se la calienta y se la muele contra una piedra o madera dura. De esa forma queda el charque molido y se consume con unos buenos mates”, cerró.
Las historias de Carlos y su madre Olivia Valenzuela ejemplifican el espíritu del festival de Mate y del Pan Casero: “Preservar las tradiciones y poner en valor la transmisión de las mismas de generación en generación”.
Otro de los grandes ganadores de la noche en el mate dulce fue Julio “Julepa” Parada, quien por segundo año consecutivo se alzó con la máxima distinción en la especialidad. “Soy productor apícola de Las Ovejas y me presenté en el festival con mi mate con miel y poleo de la zona”, señaló. Agregó que “para endulzar utilicé una miel multifloral, compuesta entre otras por flor azul, abrepuño, trébol blanco y flor amarilla. Lo hice justamente para promocionar las diferentes mieles que podemos obtener de nuestra zona norte”. Al final mencionó que “con el primer premio de este año ya sumé dos primeros premios, ya que el año pasado también me presenté en el concurso con otra categoría de miel”.
En el festival la música tradicional es una marca registrada y el “condimento” perfecto para acompañar a los participantes, a los feriantes y al público en general, Uno de ellos fue el músico local Marcelo Sepúlveda, sin embargo hizo una aclaración artística al respecto. “Prefiero ser nombrado como Gallo Lago ya que Gallo es un apodo puesto por mi padre y Lago es el apellido de mi madre. Mi nombre es un homenaje a mis padres que fueron mis formadores como artista ya que sin el apoyo de ellos nada hubiera sido posible”.
El Gallo vive hace poco en la localidad, es oriundo de Chos Malal pero se formó profesionalmente en La Plata donde se fue a estudiar música. Anduvo de “gira” por algunas provincias del norte del país donde vivió un par de años hasta que decidió regresar a su amado norte neuquino. “Mi estilo de cueca es un poco renovado porque tengo formación de rock también. La cueca es parte de nuestra cultura entonces siempre la tuve incorporada y a mi manera. Cuando estudié en La Plata quería mostrar lo que era la música de la zona y entonces en las peñas siempre me gusto tocar un poco de Loncomeo, tocar nuestra cueca y los grandes temas de los Berbel para difundir todo nuestro patrimonio musical”. En alusión a su participación en el evento dijo que “estoy muy agradecido de ser incorporado a la cultura local porque si bien había tocado en el norte neuquino no había tenido la suerte de tocar en Las Ovejas, sobre todo mi música”.