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El peronismo del Senado en debacle y el ascenso de legisladores aliados

El trabajo de libertarios y aliados para doblegar al peronismo en el Senado. El peso de los gobernadores aliados lleva a una Senadora, propia a ocupar un puesto clave en la sucesión presidencial.

La batalla cultural proclamada y ejercitada desde hace dos años y medios por el presidente, Javier Milei, el martes último cosechó sus primeros frutos en la Cámara Alta del Congreso Nacional. La prédica “demonizadora” hacia el kirchnerismo y La Cámpora, sirvió como cantos de sirena para los oídos de tres legisladores del Bloque Convicción Federal.

Sandra Mariela Mendoza, quien responde al gobernador de Tucumán, Osvaldo Jaldo; Guillermo Andrada, senador por Catamarca y que reporta al gobernador Raúl Jalil; y Carolina Moisés, quien será presidenta del nuevo bloque y reporta al mandatario salteño, Gustavo Säenz; a fines de la semana pasada le comunicaron a Mayans la decisión de apartarse del Bloque Interfederal, encestando un duro golpe al “arreo” que hasta el momento el kirchnerismo hacía con los legisladores que reportaban directamente a los mandatarios provinciales. Los tres legisladores reportan a los mandatarios provinciales que se han mostrado cercanos a Balcarce 50 y con diálogo directo con el presidente Javier Milei.

Durante la sesión preparatoria del martes, el Senado de la Nación ratificó y renovó el staff de autoridades, justo antes del inicio de las sesiones ordinarias. La principal novedad es que La Libertad Avanza cedió espacios a peronistas aliados, desplazando al bloque Unión por la Patria de los cargos de conducción. Por primera vez en la historia parlamentaria una bancada oficialista hace valer todo el rigor de su peso político-institucional privilegiando los acuerdos de gobernabilidad con legisladores aliados, en este caso surgidos del peronismo; pero en el que también se encuentran los legisladores nacionales que representan los intereses de mandatarios provinciales aliados.

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De acuerdo a los votos alcanzados, desde este año la composición de las autoridades en la Cámara Alta quedó integrada de la siguiente manera:

Presidencia: Victoria Villarruel (Vicepresidenta de la Nación).

Presidencia Provisional: Bartolomé Abdala (La Libertad Avanza), quien fue ratificado en su cargo.

Vicepresidencia: María Carolina Moisés (Bloque Justicialista/Unidad Federal). Su designación marcó el desplazamiento del kirchnerismo de este puesto.

Vicepresidencia Primera: Carolina Losada (UCR).

Vicepresidencia Segunda: Alejandra Vigo (Unidad Federal).

Otros cargos administrativos y parlamentarios ratificados:

Secretaría Parlamentaria: Agustín Giustinian.

Secretaría Administrativa: Alejandro Fitzgerald.

Además, durante la misma sesión se aprobaron las designaciones para la Auditoría General de la Nación (AGN), donde asumieron Mariano Piazza (LLA), Javier Fernández (Justicialismo) y Luis Naidenoff (UCR).

En el Senado, antes de que arranque el periodo ordinario de sesiones, ya se vive un clima de posicionamientos políticos de cara al 2027.

Se consolida Bullrich como la domadora libertaria en la cámara alta del Congreso Nacional. Ni bien asumió lo hizo con la actual vicepresidente, Victoria Villarruel; y lo confirmó estos últimos con Mayans. Limitó el accionar, dividió al bloque opositor y jugó los votos libertarios en favor de una senadora norteña, aliada.

El Senado dejó de ser un ámbito de simple trámite legislativo. Se transformó en un escenario donde se ensayan liderazgos, se miden fuerzas internas y se proyectan candidaturas. Lo que ocurrió en los últimos movimientos dentro de la Cámara Alta no fue una simple reorganización de cargos: fue una señal política de fondo.

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José Mayans, presidente del interbloque peronista, quedó expuesto en una jugada que mostró las fisuras de Unión por la Patria. Su estilo frontal, su retórica intensa y su rol histórico dentro del justicialismo ya no alcanzaron para ordenar al bloque con la disciplina de otros tiempos. El oficialismo libertario detectó esa debilidad y la aprovechó.

Lo relatado anteriormente no habla de una derrota aislada, sino de un proceso. El peronismo en el Senado atraviesa una crisis de conducción que no logra sintetizar posiciones internas. Las diferencias estratégicas, la ausencia de una referencia nacional clara y el desgaste natural de un espacio que dejó el poder nacional comienzan a traducirse en pérdida de influencia institucional.

La jugada que permitió desplazar al peronismo de la vicepresidencia que ocupaba Silvia Sapag hasta el 10 de diciembre fue más que simbólica. Representó la consolidación de un nuevo equilibrio interno. El bloque que durante años ejerció centralidad en la cámara alta hoy se ve obligado a reaccionar, no a conducir.

En ese tablero, la figura de Patricia Bullrich aparece como catalizadora del movimiento. No se trata solo de un nombre propio, sino de una estrategia. La capacidad de ordenar voluntades, de condicionar negociaciones y de proyectar autoridad dentro del oficialismo fue determinante. En política, la influencia real muchas veces pesa más que el organigrama formal.

Incluso, allegados al nuevo bloque no descartaron que legisladores de otras provincias se sumen a Convicción Federal. Antes de que los senadores peronistas comunicaran la decisión de desprenderse del interbloque, los gobernadores aliados habían mantenido una tertulia política vía zoom. Se trata de los mandatarios Raul Jalil, de Catamarca; Gustavo Sáenz, de Salta; Carlos Sadir, de Jujuy; Osvaldo Jaldo, de Tucuman; Hugo Passalacqua, de Misiones; Alberto Weretilneck, de Río Negro y Rolando Figueroa, de Neuquen.

Muchos vieron en esa reunión la génesis de lo que ocurrió en el Senado y el quiebre del bloque peronista.

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José Mayans, presidente del interbloque peronista, quedó expuesto en una jugada que mostró las fisuras de Unión por la Patria.

El Senado funciona como laboratorio del sistema político argentino. Allí se anticipan tendencias. Allí se mide la cohesión de los bloques. Allí se define quién tiene iniciativa y quién queda a la defensiva. Y hoy el peronismo aparece en esa segunda posición.

La comparación de lo que le sucedió al peronismo con la actualidad de la Unión Cívica Radical no es caprichosa. La UCR pasó de ser partido de gobierno a socio condicionado dentro de coaliciones más amplias. Conservó bancas, pero perdió centralidad. Mantuvo presencia, pero renunció a la conducción. El riesgo para el peronismo es recorrer un camino similar si no logra ordenarse.

Las señales son claras. La división interna facilita que el oficialismo juegue con precisión quirúrgica. No necesita mayoría automática si logra fragmentar a su adversario. El episodio reciente demostró que la unidad peronista ya no es monolítica. Y cuando un bloque pierde cohesión, su capacidad de negociación disminuye.

La política argentina se configura en tiempo real. El calendario electoral de 2027 ya condiciona cada movimiento. Los posicionamientos actuales no son improvisados. Son piezas de un armado mayor. En ese contexto, la Cámara Alta se convirtió en un espacio clave para consolidar liderazgos y proyectar figuras.

La pérdida de espacios institucionales no implica desaparición. Pero sí implica retroceso. Y los retrocesos acumulados suelen marcar procesos de transformación profunda. El peronismo deberá decidir si este momento es una transición hacia una nueva síntesis o el inicio de un declive prolongado.

En el Senado, el mensaje fue contundente: el poder no es estático. Se disputa, se construye y se conserva con cohesión. Cuando esa cohesión se resquebraja, el adversario avanza.

El tablero ya empezó a moverse. Y el 2027 asoma como horizonte inevitable.

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