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El loco más loco y entrañable de Neuquén falleció el 26 de octubre de 2010. Su soledad, sus anécdotas desopilantes, su increíble forma de mirar el mundo.
Era el loco más loco de Neuquén, el loco lindo, el personaje que hacía reír a todo el mundo con sus ocurrencias. Juan Carlos Caveda, conocido como El Trépano, murió el 26 de octubre de 2010. La noticia de su partida tuvo una gran repercusión en las redes sociales.
Lo encontraron tirado en su casa de la calle San Juan 726 con un golpe en la cabeza. Creen que se cayó desde un lugar alto por una descompensación cardíaca, que pegó con su frente, que se levantó como pudo y luego se acostó a dormir. Nunca despertó. Ese fue el final de este loco misterioso que conocieron los neuquinos y que fue amigo de media ciudad.
Un gran número de vecinos se juntó en el lugar y permaneció hasta altas horas de la noche a la espera de que sacaran su cuerpo. ¿En serio se murió el Trépano? ¿Cuándo? ¿Cómo?
Mezcla rara de penúltimo linyera y de primer polizonte en el viaje a Venus, escapado de la balada del poeta Ferrer. Así caminaba por la vida El Trépano o aquel desconocido Juan Carlos, viviendo su demencia infinita y cosechando ternura por las callecitas de Neuquén. Lo hacía desafiando límites, corriendo por las cornisas, regalando flores imaginarias e inventando amores que nunca existieron.
El Trépano tuvo el don de cautivar a varias generaciones porque su locura linda y simpática no discriminaba edades ni sabía de maldades y odios. En su mundo de formas extrañas y colores raros no había más espacio que para la compañía, las ocurrencias graciosas y la aventura de descubrir amigos espontáneos para subirlos a su ilusión súper sport, igual que en la letra de la canción.
Tuvo varias etapas en su vida en las que quienes lo conocimos desde siempre, comprobamos que ese desquicio encantador de un principio comenzaba a hacerse más pronunciado, alentado además por un alcoholismo que avanzaba. En esa evolución (o involución) el Trépano fue vendedor ambulante, cantante callejero, maratonista, predicador a la gorra, maestro de karate y también ocupó otros oficios nunca comprobables que él se jactaba de ejercer.
A pedido del público y en improvisadas reuniones callejeras, contaba que muchas veces era contratado por mujeres solitarias que clamaban saciar sus pasiones escondidas aprovechando su perfil de guapo irresistible, de hombre seductor. Así, el autopercibido gigoló neuquino se explayaba entre las risotadas que despertaban sus ocurrencias, aunque detrás de aquellos relatos seguramente había oculta una soledad en carne viva, la necesidad de una novia real, una que lo acompañara en su locura, que lo contuviera en sus desasosiegos, que lo rescatara de sus abismos cada vez más profundos, que lo besara antes de dormir. El amor con el que sueñan los locos; el amor que nunca tuvo.
El Trépano también fue asesor de gobernantes de todo el mundo que lo llamaban a menudo para preguntarle sobre el cambio climático, las guerras o las mejores estrategias geopolíticas para administrar el poder.
“Me llamó Bush (George) para ver qué podemos hacer por la paz”, decía muy serio. Y con esa convicción que lo caracterizaba comenzaba a hacer análisis complejos de la actualidad y el futuro del planeta, nombrando países y capitales con una increíble memoria, ubicándose en los mapas con la precisión de los cartógrafos, lanzando reflexiones como los viejos sabios orientales.
En aquella charla con Bush dijo que le pidió que “pare con las guerras” y que propicie acciones para que “se den la mano en todo el mundo”, además de solicitar una mejor distribución de la riqueza “para que los pobres no sufran tanto”.
Indudablemente la paz le preocupaba. A tal punto que una vez comenzó a construir un refugio nuclear en el patio de su casa para defenderse de una inevitable catástrofe global.
Para los neuquinos que lo conocían aquella iniciativa no era otra cosa que un disparate más, pero para otros, la idea no pasó desapercibida.
Nadie sabe cómo ocurrió, pero poco antes de que se iniciara el nuevo milenio, la televisión de Chile lo entrevistó en un extenso reportaje, mientras el Trépano mostraba los avances de su refugio y contaba los pareceres sobre lo que él entendía como un inevitable apocalipsis.
“Yo creo que el mundo, al paso que va, terminará como Chrenobyl, pero como un Chernobyl en los cinco continentes”, opinó apesadumbrado. “Imagino un mundo sin plantas, sin vegetación”, fueron sus reflexiones.
El Trépano murió hace 13 años, de manera absurda, con un final inesperado. Una descompensación, una caída, un golpe en la cabeza, un sueño en soledad del que no despertó nunca.
Tendría que haber sido de otra manera, de otra forma más acorde a su vida loca y linda. Acaso en una fiesta bailando y cantando a los gritos, tal vez en medio de una ovación coronada de aplausos luego de un discurso encendido, o en una de sus acostumbradas carreras desenfrenadas resistiendo el viento, disfrutando la libertad de las bardas neuquinas, persiguiendo el vuelo de los pájaros.
El Trépano se murió y la ciudad quedó triste, huérfana de su loco preferido, con ganas de más historias extravagantes, de esas anécdotas que valen la pena contar.
Por eso en cada aniversario de su muerte vuelven los recuerdos que son inevitables.
Por eso en cada octubre se rinden breves homenajes como este.