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El último bicicletero que a los 69 años sigue pedaleando contra el olvido

Mientras las bicis se tiran y se compran nuevas, Don Máximo Burgos sigue reparando sueños hace 34 años en Loncopué.

Hace 34 inviernos, cuando Loncopué todavía se hacía camino al andar, don Máximo Burgos y su esposa Pascuala Jara plantaron un sueño en cuatro paredes: una bicicletería. No era solo un taller. Era el banco de madera donde se ganaron la vida, el fogón donde criaron a sus hijas Kim y Noelia, y el refugio donde cada rueda rota volvía a girar con esperanza. Es nada más y nada menos que la historia de un hombre que forjó un oficio desde la nada misma y con muchos bolsones a la espalda. “Yo me inicié en el año 1992. Como primer bicicletero en el pueblo de Loncopué”, recordó don Máximo, hoy con 69 años. Los comienzos fueron a pulmón. No había repuestos. “Tenía que viajar a Zapala. Si no conseguía en Zapala, me iba a Neuquén, Roca, Cipolletti. Cargar esas cosas en la espalda y traérmelas para el pueblo”, detalló. Ejes, bolilleros, cubiertas, cámaras. Todo entraba en un bolso.

El oficio también evolucionó con él. Empezó cuando la bici era “cadena, piñón, engranaje. Sincronismo simple”. Después llegaron las 5, 6, 7, 8… hasta las 21 velocidades de hoy. Con el tiempo contactó proveedores de Buenos Aires, Mendoza y Rosario. “Esa gente me fue proveyendo mercadería. Yo me pude generar mis trabajos y darle solución a la gente”, repasó con agradecimiento.

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Una foto familiar de más joven, junto a su mujer y una de sus hijas.

Historias detrás de cada bici

Sin embargo, don Máximo no solo arregla bicis. Arregla historias. “He visto pasar infinidades de generaciones de chicos que hoy son padres de familia”. Y detrás de cada bici reparada había un objetivo más grande: la educación de sus hijas. “La alegría más grande fue lograr que mis hijas estudiaran. Todo el sacrificio del día a día para poder pagar donde ellas iban a estudiar”, resaltó,

Kim se recibió de Licenciada en Realización Audiovisual en Mendoza. Noelia, de Bioquímica en Córdoba. “Ambas estamos muy orgullosas de mi papá. Gracias a su trabajo pudimos salir de la provincia”, dijo Kim. Cada nevada que aguantó su padre en el taller tenía ese destino.

Alegrías, penas y el cheque con vencimiento

Loncopué es su raíz, pero el trabajo lo obligó a emigrar. Fue empleado público, anduvo en empresas privadas, conoció Zapala, Caviahue, Copahue, Barrancas. “Había que salir a trabajar”, admitió. Y llegó la pena más dura: hace 13 años quedó viudo. “Perdí mi esposa. Son cosas de la vida, que es como un cheque con vencimiento”, dijo con dolor al hablar de Pascuala, “el ala, la mano derecha mía”, reconoció.

El taller no empezó con vidriera. Empezó en el patio de su casa, en la calle, entre amigos. “No les decía: ‘esto es repuesto nuevo’. Les decía: tengo algo usado. Buscamos una llanta rota, le sacamos la masa y cambiamos”, recordó. Con sacrificio construyó su propio local en la calle Gobernador Rodríguez s/n: “Ciclismo Máximo”. “No es el gran local, pero lo fui surtiendo de a poco para darle respuesta a mi gente”, expresó con orgullo y satisfacción.

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Más allá del oficio, don Máximo y Pascuala fueron institución social. Al respecto señaló: “A veces preparábamos chocolate para el Día del Bicicletero. Los chicos se sentaban en el cordón de la vereda, en el piso, lo que fuera. Lo importante era hacerle un chocolate”. El ilustre bicicletero también patrocinaba equipos de fútbol. “Ganaban trofeos, me los traían. Y había que hacerle una choripaneada, empanadas. Para eso estaba dispuesta mi pareja. A los chicos hay que hacerle algo sí o sí, hay que hacerlos felices”, relató los dichos de su esposa. Hoy esos pibes son padres y recuerdan esas tardes mágicas.

Una actividad que quiere dejar a otros

El oficio lo aprendió por necesidad. En Neuquén compró unas llantas desarmadas. “El bicicletero no me las quiso armar. Me las traje para el pueblo y un fin de semana las armé. No quedaban centradas. Volví, le pedí que me explique. Me explicó eso nomás y después más ya era suficiente. Lo demás era un don que tenía yo”, enfatizó con convicción. Ese don lo empujó a dejar el sueldo seguro: “En vez de esperar un aumento pichincha, voy a laburar para mí”, sentenció antes de renunciar a su trabajo. Entonces se fabricó un triciclo con un carrito para ir a buscar las bicicletas casa por casa: “Si no la podés traer, yo te la voy a buscar”, les sabía decir a sus primeros clientes.

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Hoy, a los 69, su obsesión es que el oficio trascienda. “Lo ideal sería que continúe. Yo no soy egoísta. Algunos clientes vienen, miran cómo trabajo, cómo las armo y les enseño”, destacó. Un pibe hasta lo filmó cambiando un piñón “rapidito”. “Para ellos era imposible. Pero si no tenía la herramienta, la fabricaba. Era cuestión de solucionar”, aseguró.

Para don Máximo la bici es más que mecánica: “Es salud. ¿A cuántos les receta el médico que anden en bicicleta? Yo tengo casi 70 y me veo bien físicamente”, manifestó. Ya no sale a rodar como antes porque “me dedico más a arreglar”, pero cuando vienen chicos les enseña su tradicional oficio: “No me lo voy a llevar”, indicó.

Después de la pérdida de su amada mujer, el taller se volvió refugio. “Seguir arreglando bicis es lo que me motiva día a día”. Y está el cariño del pueblo: “Se destaca su humildad, su trato cálido. Van con miles de dudas y él se las resuelve en segundos”, destacaron Kim y Noelia.

BICICLETERO

Máximo y Pascuala en la bicicleteria. Año 2009.

El bicicletero “de banco de madera y grasa en las manos” está en peligro en todo el país. Bicis descartables, pocas escuelas, pibes que eligen la moto. Pero en Loncopué don Máximo se niega. Sigue forjando el oficio, un rayo a la vez, con la misma pasión de 1992.

Porque algunos oficios no se miden en tuercas. Se miden en chocolates compartidos, en hijas recibidas y en pibes que nunca se olvidan. Mientras don Máximo siga centrado en su banco, “Ciclismo Máximo” seguirá siendo leyenda viva de la precordillera neuquina.

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