Durante más de una década recorrió el mundo como tripulante de cabina, pero una búsqueda personal la llevó a renunciar y cambiar de rumbo.
Sin haberlo planeado del todo —y casi sin tener tiempo a soñarlo— Laura terminó viviendo durante 13 años en Dubái, trabajando como azafata de una reconocida aerolínea y recorriendo infinidad de países. Hasta que, después de volar por el mundo, decidió volver a instalarse en la tierra que la vio crecer.
Laura Carballo (43) nació en San Antonio Oeste, pero al año de vida se mudó con su familia a Cipolletti. Movida por su interés por el idioma y por conocer otras realidades desde adentro, antes de comenzar la universidad decidió viajar a Estados Unidos como au pair, donde vivió con una familia y cuidó a sus hijos en el marco de un intercambio que marcaría su camino.
La experiencia la marcó profundamente. “Me encantó, era muy joven y fue muy lindo”, recuerda. Desde el inicio, su idea era sumergirse en el idioma y en las costumbres del lugar y, aunque al principio no entendía los chistes ni los dichos, de a poco empezó a desenvolverse con mayor fluidez. “Fue muy enriquecedor, crecí mucho sin darme cuenta”.
Al regresar al país, Laura ya tenía claro que quería estudiar Traductorado de Inglés. La experiencia como au pair no había sido un paréntesis, sino una confirmación. “No quería ir como turista, quería entender de verdad la cultura y lo que hay detrás de cada idioma”, explica.
Se instaló en Córdoba, donde vivió siete años mientras estudiaba y trabajaba. En los últimos tiempos se desempeñaba como intérprete telefónica y también como traductora, tareas que exigían concentración y muchas horas frente a una computadora. Pero, en paralelo, empezaban a aparecer otras inquietudes.
“Me acuerdo de ver los aviones y pensar: qué ganas de ser azafata y viajar por el mundo”, cuenta. También recuerda haber visto un documental sobre Dubái y sorprenderse. “Pensé: Por ahí, de acá a diez años puedo llegar”. Lo que parecía una idea lejana empezaba, sin que ella lo supiera, a tomar forma.
A medida que se acercaba al final de la carrera, Laura empezó a sentir que algo no terminaba de encajar. Para alguien inquieta por naturaleza, la rutina comenzaba a resultarle demasiado pesada.
“Soy una persona con mucha energía, necesito movimiento en mi vida”, explica. Por eso empezó a buscar otras oportunidades que le permitieran cambiar de ritmo. Miró opciones para trabajar en cruceros y exploró distintas alternativas, hasta que un día apareció una convocatoria que cambiaría todo.
Era un proceso de selección que realizaba una consultora para reclutar tripulantes de cabina para una aerolínea con base en Dubái. Sin pensarlo demasiado, decidió postularse. “Lo tomé como abrir una puerta y ver qué pasaba”, recuerda.
La primera instancia fue en Rosario, donde cerca de 80 postulantes participaron de una jornada de evaluaciones grupales y entrevistas. Durante dos días atravesaron distintas pruebas y, poco a poco, algunos candidatos fueron quedando en el camino. Laura avanzó en cada etapa hasta llegar a la instancia final.
Después de eso volvió a Córdoba y se concentró en terminar la carrera. Pasaron varias semanas sin noticias hasta que, a fines de diciembre, recibió la confirmación: había llegado la “golden call” —la llamada dorada— que anunciaba que el puesto en Emirates era suyo.
Poco tiempo después le informaron que el 28 de febrero de 2011 debía viajar a Dubái para comenzar una nueva vida.
Antes de comenzar a volar, Laura tuvo que atravesar un intenso proceso de capacitación. Durante aproximadamente un mes y medio recibió formación sobre los distintos tipos de aviones, protocolos de seguridad y procedimientos de la aerolínea.
Además del servicio a bordo, el rol de los tripulantes de cabina implica una gran responsabilidad en materia de seguridad. “Nos preparan para todo”, explica. Durante el entrenamiento reciben formación en primeros auxilios y en cómo actuar ante distintas emergencias médicas que pueden ocurrir durante un vuelo.
Desde asistir a un pasajero descompuesto hasta enfrentar situaciones más complejas, el equipo está entrenado para reaccionar con rapidez mientras el avión permanece en el aire. Todo responde a protocolos muy estrictos que cada aerolínea establece para sus tripulantes.
En su caso, no tenía experiencia previa en aviación. Sin embargo, eso no fue un obstáculo. “No necesitás saber nada antes. Ellos te enseñan todo porque cada aerolínea tiene sus propios estándares”, cuenta. Esa formación fue el primer paso de una etapa que la llevaría a pasar más de una década trabajando entre nubes y aeropuertos.
Llegar a Dubái fue, para Laura, una experiencia difícil de comparar con cualquier otra. Después de haber viajado antes al exterior, aterrizar en Medio Oriente y comenzar una vida completamente nueva fue tan desafiante como fascinante.
“Al principio todo era increíble”, recuerda. La magnitud del aeropuerto, la modernidad de la ciudad y la posibilidad de conocer una realidad tan distinta a la que estaba acostumbrada despertaron en ella una enorme curiosidad. “Era como abrir los ojos por primera vez a algo totalmente diferente”.
Con el paso de los días comenzaron a aparecer también los contrastes cotidianos: comidas distintas, normas sociales nuevas y códigos culturales que requerían adaptación. “Para mí siempre fue importante respetar las reglas del lugar donde estás. Son parte de la cultura del país”, explica.
Sin embargo, lejos de sentirse ajena, su experiencia fue muy positiva. Laura destaca la seguridad que percibió desde el primer momento y la convivencia con personas de todo el mundo. “Dubái es un lugar donde conviven muchísimas nacionalidades. Hay gente de todas partes y eso lo hace muy interesante”.
También recuerda que muchas de las ideas que tenía antes de llegar estaban influidas por lo que veía en los medios. La realidad, dice, fue distinta. “Me encontré con gente muy solidaria, siempre dispuesta a ayudar. Nunca me sentí extraña ni fuera de lugar”.
Esa combinación entre diversidad cultural, seguridad y la posibilidad de interactuar con personas de distintos países terminó convirtiendo a Dubái en un verdadero hogar durante los años que vivió allí.
El trabajo como tripulante de cabina estaba lejos de ser rutinario. Dependiendo del destino, algunos vuelos implicaban regresar el mismo día y otros permitían quedarse varias horas o incluso un par de jornadas en la ciudad de destino.
“Volábamos más o menos ocho veces por mes. Algunos vuelos eran cortos, por ejemplo a la región, y otros mucho más largos, como Estados Unidos o Australia, donde podíamos quedarnos unos días”, recuerda.
Para Laura, cada escala era una oportunidad, sin importar el cansancio. Apenas llegaba al hotel salía a recorrer, probar comidas típicas o descubrir algún rincón nuevo, sola o con compañeros de la tripulación. “Viajar es una apertura al mundo. Cada lugar te enseña algo distinto”, asegura.
Aunque desde afuera la profesión suele asociarse con el glamour, para Laura el verdadero corazón del trabajo estaba en el contacto con las personas. Cada vuelo significaba interactuar con pasajeros de distintas culturas, historias y realidades.
“Creo que una de las cosas más lindas y más difíciles es tratar con las personas”, reflexiona. “Uno no se da cuenta del mundo que cada persona guarda consigo: las historias que trae, lo que ha vivido, lo que está pasando en ese momento”.
Ese contacto permanente la llevó a desarrollar una mirada más empática sobre los demás. En cabina, explica, gran parte del trabajo consiste en escuchar, acompañar y responder a situaciones muy diversas: desde pasajeros con necesidades médicas hasta personas que simplemente necesitan ser atendidas o escuchadas.
“Muchas veces una sonrisa o una mirada con intención realmente puede cambiarle el día a alguien”, dice y agraga: “Esas pequeñas cosas hacen la diferencia”.
Con los años, Laura también incorporó herramientas como inteligencia emocional y programación neurolingüística para manejar mejor los conflictos y entender las reacciones de los demás. “Aprendí a no tomar las cosas de manera personal y a comprender que cada cultura tiene su forma de expresarse”, explica.
Ese aprendizaje, asegura, fue una de las mayores enseñanzas de su etapa como tripulante. “Al final del día, más allá de las nacionalidades o de todo lo que aparentemente nos diferencia, terminamos siendo todos seres humanos”.
Después de 13 años en la aerolínea, Laura sintió que había llegado el momento de cerrar esa etapa. Durante sus últimos años incluso había asumido un rol de supervisora, con mayores responsabilidades dentro de la tripulación. Sin embargo, el ritmo de trabajo, el desgaste físico y, sobre todo, una búsqueda más profunda de sentido personal la hicieron ver que era hora de cambiar de rumbo.
Con el tiempo, el trabajo empezó a resultar cada vez más exigente. Los horarios rotativos, los vuelos nocturnos y la intensidad de la actividad comenzaron a pasar factura. “Mi cuerpo me empezó a decir que hasta acá podía. Empecé a necesitar algo tan sencillo como dormir por las noches”, recuerda. A esa señal física se sumó una inquietud interna: la sensación de que ya había cumplido un ciclo.
“Soy una apasionada por la vida y para mí la vida tiene que tener sentido”, explica. Esa búsqueda la llevó a replantearse su camino y a tomar una decisión difícil: dejar una carrera consolidada, con estabilidad y un estilo de vida privilegiado, para regresar a la Argentina y comenzar una nueva etapa.
En ese proceso, entre dudas y miedos, el acompañamiento de su familia fue fundamental. “Mi familia me apoyó en la decisión. Estoy muy agradecida con mi mamá y mis hermanos. Ellos siempre confiaron en mí y me dijeron que, a lo largo de mi vida, las decisiones que tomé siempre me abrieron puertas”, cuenta.
Con esa convicción, Laura decidió volver a la Argentina para estar más cerca de sus raíces y de la naturaleza patagónica, algo que siempre sintió como una deuda pendiente.
De regreso en Cipolletti, Laura decidió volcar toda la experiencia personal que había acumulado durante años de viajes y encuentros con personas de distintas culturas. Así nació su proyecto “Alquimia Mística” (@alquimia_mistica_aho), una iniciativa centrada en el empoderamiento del ser humano y el bienestar integral.
En este espacio, trabaja en propuestas como las terapias holísticas, reiki y coaching. Su idea es acompañar a las personas a reconectar con su espiritualidad y encontrar un camino de vida que tenga sentido para cada uno.
De algún modo, ese camino también es una continuidad de lo que vivió durante años como tripulante: el contacto con historias y realidades muy diversas le dejó muchas enseñanzas que hoy intenta transmitir.
Al mismo tiempo, también decidió retomar otra de sus grandes pasiones: el idioma inglés. Después de años utilizándolo a diario en un contexto internacional, Laura comenzará a dar clases en un instituto de la ciudad, combinando la enseñanza del idioma con una mirada más amplia sobre el aprendizaje y el crecimiento personal. “Enseñar también es una forma de servicio”, explica. “Es compartir con otros lo que uno aprendió”.
Sin embargo, después de miles de horas de vuelo y de haber conocido decenas de países, su mayor aprendizaje fue escucharse a sí misma. Hoy, de regreso en Cipolletti, apuesta a una vida más simple y cercana a sus raíces y a su familia, convencida de que atender ese “llamado interno” fue la decisión correcta.
Porque, después de haber recorrido el mundo, Laura entendió algo esencial: que el verdadero viaje no siempre es hacia afuera, sino hacia aquello que realmente nos llena.