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Es director de escuela y en sus ratos libres construye casas a vecinos

Gerardo Amatta conduce el CFP N°35, donde desde el ejemplo y la acción promueve valores de compañerismo, solidaridad y la vida en comunidad. En sus momentos de descanso se pone el overol de albañil y construye casas para familias o personas que se encuentran en situación de vulnerabilidad

Gerardo Amatta no sueña con un mundo mejor: lo construye. En el barrio Confluencia, que lo tuvo casi tres décadas de vecino y en donde hace ocho años que es director del Centro de Formación Profesional N° 35, cada acción que emprende está impregnada de altruismo y de ternura. Sin esperar nada a cambio, este docente de 57 años es capaz de edificarle un hogar a alguien que lo necesite, de conseguir un calefactor para una familia que esté pasando frío, o de pasar casa por casa pidiendo ladrillos para levantar una biblioteca popular. Aunque no sea albañil, si hay algo que le sobra es sabiduría para generar los cimientos de la solidaridad y la vida en comunidad. También en armar estructuras sólidas de trabajo, como el grupo de docentes que lo acompaña en esta escuela de oficios.

“En el ámbito de la escuela procuramos que docentes, auxiliares y directivos seamos un grupo que podamos preocuparnos por las necesidades del otro, que puede ser levantar una casa, escucharnos ante un problema, o cambiar la cubierta de un auto”, cuenta Gerardo a LMNeuquén con la simpleza que lo caracteriza, y agrega que “la idea es que todos tengamos un tiempo para mejorar la vida de alguien”.

Para los vecinos y vecinas de Confluencia esta historia no es ninguna novedad. Acá lo conocen hasta los perros. En 1994 llegó al barrio desde Chañar Ladeado, un pueblo de la provincia de Santa Fe, y rápidamente se ganó el cariño de todos por ser siempre el primero en querer dar una mano, por participar de la red comunitaria, y por involucrarse al cien por ciento con la realidad del lugar. De hecho, antes de ser el director de la escuela atendió una ferretería, y durante muchos años también dirigió la biblioteca popular Rodolfo Walsh. “Para nosotros la escuela tiene que ver con el contexto. Cuando enseñamos electricidad tratamos de que sea haciéndole la instalación a ese vecino que no puede tenerla”, explica Gerardo, quien junto al profesor del curso de gasista acaban de colocarle un calefactor a Isabel, una vecina de 92 años en situación de vulnerabilidad.

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Gerardo Amatta, director del CFP N°35 del barrio Confluencia.

La mayoría de estas acciones que lleva adelante surgen desde las entrañas del CFP, del que es director desde sus comienzos en 2015, y que fue creado un contexto de extrema violencia. En aquellos tiempos tan oscuros, los tiroteos y los muertos abundaban en el barrio. Tan compleja era la situación que se estaba viviendo, que incluso Gerardo fue amenazado de muerte y hasta recibió un balazo en una pierna. “Arrancamos la escuela para parar un poco la bronca, con el criterio de gestionar comunidad y un grupo humano, que nos veamos las caras de manera diferente, de saber que acá no hay enemigos, que podemos compartir cosas, aprendizajes”, explica Gerardo sobre esta institución que depende del Consejo de Educación. Allí hoy asisten unos 120 estudiantes, y se dictan cursos de gasista, electricista, huerta, indumentaria, cocina, peluquería, construcción en seco, y gomería.

Aunque el escenario diste mucho de aquellos momentos de balaceras y de sangre derramada, en la actualidad emergen otras dificultades, como los consumos problemáticos o la violencia intrafamiliar, motivo que llevó a muchos docentes a especializarse en estas temáticas. El desafío de educar en este contexto es total, y el amor un aspecto fundamental. “A todos los recibimos con una sonrisa y un abrazo, pequeñas pavadas para que se sientan bien con lo que podamos darles, que no es mucho”, dice Gerardo, quien agrega que estas “son prácticas habituales que hacen que este lugar trate de ser un lugar diferente del resto del mundo, y creo que es realmente así. No sólo porque nos lo dicen, sino porque también lo vemos en la cara de la gente”.

Lo que para este pedagogo de la esperanza no es mucho, para la gente que lo recibe es un montón. Pequeños gestos que lo vuelven una persona especial. Tal es así que, con el entusiasmo que lo caracteriza, a principio de año se dirigió hasta el Refugio Cura Brochero con un solo objetivo: invitar a personas en situación de calle a los cursos que estaban brindando en el CFP. Para sorpresa de él y de todos, hoy unas diez personas se toman la línea 15 del Cole para asistir religiosamente a los talleres, algo que para Gerardo es “una satisfacción enorme porque esta gente, a pesar de semejante nivel de quilombos personales que tienen, intentan seguir buscando una instancia mejor de vida”, explica Gerardo, que entre sus referentes tiene al filósofo y ensayista surcoreano Byung-Chul Han; al educador popular brasilero Paulo Freire y a Vygotsky.

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UN CONSTRUCTOR DEL AMOR

Aunque no lleve una estadística de la solidaridad, y aunque él no quiera decirlo por pudor, en el barrio Confluencia se sabe que ya son cuatro o cinco las casas que lleva construidas. Entre ellas la de una familia a la que se le prendió fuego su casilla, y también la de una compañera de trabajo que el año pasado no pudo pagar más el alquiler y terminó viviendo en un lugar inhabitable, donde casi se muere de frío. “Esto obviamente no lo hago solo. Hay mucha gente que ayuda. La gente se copa con las ideas y vamos para adelante”, dice este militante de la fuerza colectiva, en tiempos de individualismo extremo y en tiempos donde cada uno revuela sobre sí mismo.

Este laburante, al igual que la mayoría de las personas que lo ayudan, no dejan de emocionarse con la manera en la que las obras van fluyendo, aun cuando no tienen un mango: “Los materiales van apareciendo mágicamente. Es muy loco, pero estas cosas pasan”, dice Gerardo, quien aclara que “empezamos a comentar lo que estamos haciendo y aparece uno que aporta ladrillos, otro cemento, otros las chapas, todo así”. También están los que piden que avisen cuando las obras estén terminadas, porque tienen una mesa, un colchón, o un armario para donar. “Así en seis meses hemos entregado una casa”, dice este constructor del amor.

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Estas tareas extracurriculares suele hacerlas los fines de semana, cuando la agenda se lo permite.

De lunes a viernes prácticamente se la pasa en la escuela, y son muchas veces en las que puede llegar a las diez de la mañana y retirarse a las diez de la noche. Pero él no reniega, al contrario: “en principio paso mucho tiempo acá porque me gusta”, dice Gerardo, que es padre de tres hijas mujeres que ya son grandes, y agrega “capaz que no está tan bueno que la existencia de uno dependa del trabajo, pero no me sale de otra manera”.

Para Gerardo Amatta no hay otra forma de entender la vida. Y es así desde que tiene uso de razón. A los cinco años todavía no construía casas, pero en su pueblo ya era capaz de ayudar a cualquier amigo que lo necesitase. “Para mí el criterio es que esa persona que ahora está mejor interprete que hubo alguien que hizo algo por él, y que esta persona pueda trasladar esa ayuda a otra. Así se va haciendo el círculo sinérgico de energía positiva”, concluyó este sabio.

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