Si existe una provincia que es sinónimo de energía y crecimiento en el país, es Neuquén, o al menos eso le quieren hacer creer. Los que vivimos y trabajamos en la región sabemos que está todo totalmente desproporcionado, pero maquillado de tal manera que para el mundo somos la salvación de la Argentina.
Acá, en estos pagos ventosos y fríos, la realidad es otra. Mientras leemos los millones que van a invertir las petroleras y los grandilocuentes anuncios de obras públicas que se realizarán, algunas de ellas se inauguran por etapas y tantas veces que llega un punto en que nadie sabe si existe o no.
La realidad es que cuando llueve se inunda parte de la provincia, rebalsan los ríos, quedan ciudades anegadas y nos disparan alertas con más colores que un arbolito de Navidad. El centro neuquino, históricamente, cada vez que cae lluvia, las calles devienen en arroyos y los peatones en bailarines de clásico a puro salto de charco.
Los ciudadanos menos ágiles y audaces se apoyan contra una pared, se sacan el calzado y las medias y, a pie pelado, avanzan sobre las aguas. Por cierto, las respuestas a estas cotidianas de la lluvia son lo que se denominan “obras invisibles”, porque son bajo tierra y, por lo tanto, poco vistosas.
En tanto, en la zona ribereña, en ese crecer desproporcionado y desorganizado que ha tenido la provincia, hay barrios y tomas en zonas por donde sí o sí pasarán las aguas desbocadas. Ante esto no se puede hacer mucho más que obras de contención, porque levantar a cientos de familias es una imposibilidad.
Como ven, en tierras tan prósperas, todavía seguimos haciendo agua.