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Hilda López: la súper tatarabuela neuquina

A los 86 años, la periodista y gestora cultural estrena un nuevo título y continúa honrando la vida. “Estoy agotada de los prejuicios sobre la vejez”, asegura.

“Hoy soy tatarabuela ¡El poder de la vida!¡Hoy puedo todo!”, escribió esta mañana Hilda López en su Facebook. Esta tatarabuela no sólo usa redes sociales, sino que sigue haciendo y creando con firmeza y pasión. Tiene 3 hijos, 4 nietos, 2 bisnietos y a partir de hoy una tataranieta. El nacimiento de Ona viene a poner más luz a un camino para el que siempre trabajó incansable y con convicción, no como una postura, sino como una forma natural de habitar la vida, que además la llevó a convertirse en una pieza fundamental de historia cultural neuquina.

La noticia le llegó a principios de otoño y desde entonces la fue compartiendo, generosa y visiblemente feliz, entre sus amigos, entre los conocidos, en eventos públicos, como muchos de los episodios de su historia que siempre son tan fascinantes para escuchar y para aprender. Un poco porque Hilda tiene la capacidad de recordar con detalles los cientos de milagros cotidianos y tristezas que se pueden transitar en casi un siglo. Detalles y brillos, porque es de las personas que saben mirar más allá, que pueden ver el alma de las cosas, o como ella dice, “lo que guarda el dobladillo de la vida”.

Una historia con Neuquén

Hilda, Hilda con H, como muchos la conocimos, llegó a Neuquén en 1967. Desde entonces no paró de generar espacios de encuentro y de celebración de la identidad. Fue parte de la organización de un café cultural inolvidable, que supo tener en escena a Darío Altomaro, Alicia Villaverde, Alicia Pifarré. Creó el primer jardín maternal de la ciudad “Unidad Educativa Cachaza”, junto a Susana Bacci. Trabajó ad honorem para el municipio como licenciada en asistente social, desde donde creó urbanizaciones populares.

Durante años, fue la voz más increíble de la radiofonía neuquina en LU19, Radio Horizonte, Radio Comunidad, La voz del Neuquén, Radio Calf Universidad, LU5 y RTN. Fue fundadora del Centro Cultural Bolívar que marcó a una generación entera de músicos, pero sobre todo una forma de pararse en una democracia a la que siempre le faltaba un poco más por conquistar.

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Fue directora de Cultura de la Municipalidad en la vuelta a la democracia, donde creó talleres para los barrios, generó el ciclo Música en la calle fue la posibilidad de ganar una vez más el espacio público para la cultura y la alegría. Pero también fue secretaria de Cultura de la provincia, donde revalorizó las expresiones de cada pueblo de la provincia. Gestionó a pulmón recitales, charlas, eventos, encuentros, salas de arte, teatros llenos, plazas felices.

Vejez y prejuicios

“Estoy agotada de los prejuicios sobre la vejez”, dice con un grado de verdad difícil de refutar ante la experiencia de una mujer parada sobre la colina de los 86 años. Es muy difícil no caer en el lugar común de decirle lo regia que se ve. Pero lo que impacta de Hilda, que ella quizá tenga tan naturalizado, es esa testarudez de andar dejando huella.

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“Yo quisiera vivir tanto más para seguir haciendo”, dice con una risa que todo desborda. Y es por eso que hasta hace apenas un año, fue responsable de llenar de música el hall del cine Teatro Español. Todos los días, busca qué contar en su revista cultural La Yapa, que produce junto al periodista Fernando Barraza y con la colaboración de sus hijos.

Este año, dio talleres de radio comunitaria con acompañamiento de la municipalidad, pero también lo hizo ad honore, con el sello de su revista, por darse el gusto de “hacer lo que hay que hacer y nada más”. Se animó al teatro e hizo durante dos temporadas un unipersonal a sala llena. Y también, hasta hoy, con convicción y belleza, escribe en este diario historias entrañables y para atesorar.

Honrar la vida

Hilda nació el 11 de julio de 1937 en Córdoba. Desde muy pequeña su familia se mudó a Buenos Aires y pasó su infancia ente los conventillos populares de Barracas y Quilmes. Un día como hoy de 1945, cuando tenía apenas 8 años, vio cruzar el Riachuelo a la marea de cabecitas negras que corrían desesperados a Plaza de Mayo a dar la vida por Perón, pero sobre todo a conquistar la dignidad argentina.

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Esa memoria la hizo carne para siempre. Y a través de eso construyó su propia historia, que hoy recibe con felicidad a Ona.

Algún día, cuando esta tataranieta sepa leer, quizá encuentre perdida por ahí esta nota que celebra su nacimiento, en el que nos damos el lujo de saber feliz a su tatarabuela. Pero sobre todo sabrá por qué Hilda es tan importante para Neuquén, pero sobre todo para quienes tenemos la dicha de verla honrar la vida.

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