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Miles, miles y miles llegaron caminando, en bici o en auto. Incluso en camionetas cargadas. El centro neuquino, poco a poco, se fue poblando de grandes y chicos que cantaron hasta quedarse afónicos las canciones de la Selección. Era el desahogo propio de un sufrir que se extendió por más de 120 minutos y los tiros penales.
Una fiesta, como en Qatar, prometía extenderse hasta horas de la noche de un domingo inolvidable en cada rincón del país.