Un pibe que arrebata el celular a una chica a la salida del colegio; una bandita que abre un auto y saca la rueda de auxilio o se roba una camioneta; otra bicicleta que desaparece a mano de “oportunistas” y el rumor de que hay zonas tomadas por el negocio narco y todos miran para cualquier lado ante la inseguridad.
Esta vez, es en serio. No hay sensación de inseguridad, como cuando se hacía política con la panza llena hace una década. Ya no importan las estadísticas, ni la propaganda de la Policía del Neuquén que muestra a los delincuentes de espaldas y desenfocados, como si con eso bastara para revertir el hartazgo que llevó a una sociedad a la decadencia y a cuidarse de la guerra de todos contra todos.
“Si este gobierno es peronista, no te pueden robar cuando vas a trabajar”, resume un analista militante, politizado en las conversaciones de café.
Pero el tema es más denso y no parece tener solución, ni con los que promueven el discurso de la mano dura al filo de las elecciones presidenciales.
Hace poco, el gobernador Omar Gutiérrez reflotó una iniciativa para acortar los plazos administrativos con los delitos flagrantes, de manera que haya juicios directos para los delincuentes que los agarren con las manos en la maza. Pese a que se está debatiendo, aún tiene que tener el aval político de sectores que piensan muy distinto ideológicamente.
Se trata de una reforma en el Código Procesal Penal, esas que se diseñan con consultorías y con argumentos copiados de dinámicas de otras ciudades. Neuquén parece una ciudad de avanzada y plural, con la incorporación de jurados populares (¿tribunales de linchamiento?) e interculturalidad, pero te roban en todos lados.
Y así van pasando los días, entre la angustia de las víctimas y el resentimiento social, que se mezcla con una campaña política donde lo importante es ganar, y un “vamos viendo…” para las soluciones de fondo.