La situación de inseguridad que se vive desde hace mucho tiempo en la Argentina es multicausal. No hay una razón, son varias. Y quien diga que tiene la receta para combatir este flagelo miente.
En los últimos años, a nivel nacional y de la mayoría de las provincias, manejaron el área de Seguridad funcionarios y funcionarias de distinto perfil metodológico e ideológico y ninguno o ninguna dio en la tecla.
Separar de la problemática social a la inseguridad es imposible, como tampoco se la puede disociar de la falta de formación y recursos de las fuerzas de seguridad, del penoso y corrompido sistema penitenciario, de legislaciones que habrá que revisar y de una justicia que muchas veces mira para otro lado.
En ese desaguisado entran también las internas partidarias, los egos y situaciones que se desmadran.
La agresión al ministro de Seguridad bonaerense, Sergio Berni, en medio de una protesta de colectiveros en La Matanza por el crimen del chofer de la línea 620, es inadmisible. Pero el propio Berni lleva consigo la irresponsabilidad de haber confrontado públicamente las políticas nacionales del gobierno de su mismo signo partidario. Primero con la ex ministra Sabina Frederic y, ahora, con el titular del área, Aníbal Fernández, con quien no tiene diálogo y lo ha desautorizado en más de una oportunidad.
Bajo el argumento de no coincidir con las medidas de Nación de, entre otras cosas, no disponer de efectivos de Gendarmería para el control de la inseguridad en el conurbano bonaerense, Berni toma actitudes que rozan lo payasesco amparado en el “me hago cargo y pongo la cara”. Pero no soluciona nada. Como tampoco lo hace Nación ni lo hicieron quienes en su momento fueron gobierno y hoy son oposición.
En este juego donde la politiquería se mira el ombligo, la inseguridad se sigue cobrando víctimas.