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La Americana: el faro gastronómico que le cambió la cara a la ex Ruta 40

Una pareja porteña transformó Covunco, el histórico paraje de petróleo, casas de citas y leyendas de ovnis, en el destino obligado para comer comidas típicas y zapatear folclore.

Covunco siempre tuvo de todo: petróleo en la tierra, historias de casas de citas en la noche y hasta avistajes de ovnis que cortaban la ruta. Un paraje con pasado de película, pero sin futuro gastronómico. Hasta ahora.

Sobre la ex ruta 40 (actual ruta 14), donde antes solo frenaban los camiones y la memoria, hoy brilla una luz nueva. Se llama La Americana. Un restó bar que rompió el molde y convirtió al viejo paraje en destino.

Lo montó una pareja (Alejandro y Carolina) que vino de Buenos Aires con valijas llenas de sueños y recetas. Decidieron apostar donde nadie apostaba: en la historia, en el viento, en la gente de la comarca rural. Y ganaron.

El paraje que se reinventó

Covunco no es cualquier lugar. Es petróleo, es paso obligado, es leyenda urbana. Durante años fue parada técnica para autos y pasajeros de micros con destino al norte neuquino. Casas de citas, mitos de platos voladores y noches largas armaron su identidad.

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La Americana llegó a cambiar esa postal. Sin borrar la historia, le sumó otra capa: la del encuentro.

Hoy el lugar es el faro gastronómico y cultural de la zona. De día, saboreás comidas típicas que saben a hogar: locro, empanadas, chivitos, tortas fritas. De noche, el piso tiembla. Bailes folclóricos para todas las edades. Abuelos, jóvenes, familias enteras zapateando bajo el mismo techo donde antes solo se contaban historias de ovnis.

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Una pareja que rompió el molde

Carolina Guadalupe López Igarza y Alejandro Javier Sánchez vinieron de Buenos Aires. Podían poner un bar en Palermo. Eligieron Covunco. Rompieron el molde del histórico paraje y le dieron otra vida.

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Apuesta arriesgada: invertir en un lugar que muchos solo cruzan. Sin embargo, entendieron algo: Covunco tenía alma, solo le faltaba mesa.

Hoy La Americana es parada obligada. Turistas que van a Cutral Có y Plaza Huincul desvían. Vecinos de toda la comarca petrolera caen los fines de semana. No solo a comer. A pertenecer. Al igual que los locales de Mariano Moreno y los vecinos de Zapala.

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Rescataron la identidad del paraje y le sumaron fogón, guitarra y plato hondo. Convirtieron leyenda en experiencia.

Covunco ya no es solo petróleo y ovnis. Ahora también es folclore, es comedor, es punto de encuentro. La Americana prendió la luz donde antes había solo ruta y memoria.

Él puso el sueño y ella puso el corazón

Alejandro y Carolina tienen 6 hijos y una vida de caídas y renacimientos. De Buenos Aires a Covunco, plantaron un faro gastronómico y cultural en la ex ruta 40. "No es solo un negocio, es devolverle la vida a este paraje", coincidieron en señalar.

Él nació en el campo de Mercedes, Buenos Aires. Hijo de trabajadores rurales. A los 14 dejó la tierra para estudiar. A los 17 ya tenía su primer comercio. Soñador, inquieto, con vocación de emprender. Tuvo éxitos, quiebras, casamiento, 3 hijos: Pedro, Delfina y Santino. A los 40, separación. Volver a empezar. Otra vez.

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Ella nació en Luján. A los 14 ya era de Cruz Roja Argentina. Se recibió de enfermera y se fue a terapia intensiva pediátrica y cirugía cardiovascular. Criaba 3 hijos sola: Matías, Santiago y Fiorella. Mamá de día, enfermera de noche. En pandemia recorrió Santa Cruz, Jujuy y Neuquén capacitando personal de salud para Nación. Tuvo todo para irse a Alemania. Papeles listos, pero el corazón dijo no. Eligió Argentina. Eligió empezar de nuevo.

Se conocieron por Facebook Parejas. Alejandro y Carolina. 47 años los dos. Compañía, contención, proyecto compartido. Juntos armaron una distribuidora que creció hasta que el país dijo basta. Cerraron. Cero otra vez.

En medio de la incertidumbre, Alejandro recordó a su papá de Formosa, colimba en Zapala. Viajó a despejarse y se enamoró. Sintió paz, sintió futuro. Ahí estaba el lugar para renacer.

Carolina dejó los guardapolvos: el de enfermera y el emocional. Pasó de monitores a logística, de terapia intensiva a Villa La Angostura. Descubrió que su vocación de cuidar no dependía de un hospital.

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Zapala los recibió y Mariano Moreno (Covunco) los abrazó. Y en la ex ruta 40, sobre la "Bajada de la Americana" donde nació el petróleo neuquino en 1904, decidieron plantar su sueño.

"Compromiso con la gente"

Alejandro, sobre el sueño: "La Americana nació de una necesidad: que este paraje tenga vida propia. Yo soy soñador desde los 17 años. Cada caída me enseñó que empezar de nuevo no es fracasar. Es tener coraje. Hoy el sueño es que toda persona que venga y conozca, quiera volver. No porque vendemos comida. Sino porque se sienten parte".

Para él, arraigar el proyecto significa trabajo diario. "Acá no venimos a pasar. Venimos a quedarnos. A que el vecino de Covunco, de Zapala, de Mariano Moreno sienta que este es su lugar también. Que los pibes tengan donde bailar folclore sin irse a la ciudad. Que el turista pare y diga 'acá hay algo distinto'. Eso es esfuerzo todos los días", enfatizó.

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Su lema: "Que toda persona que venga y conozca…quiera volver". "Volver es sentido de pertenencia. Es que la gente se apropie del lugar. Que diga 'mi complejo', 'mi faro'. Eso se construye con respeto, con puertas abiertas, con música para todas las edades", describió.

Carolina sobre cuidar desde otro lugar: "Yo dejé el hospital, pero no dejé de cuidar. Antes cuidaba vidas en terapia intensiva. Hoy cuido almas desde una mesa tendida. La Americana es mi guardapolvo nuevo. Acá se cura el cansancio, la soledad, el 'no tengo donde ir'. Se cura con un plato caliente, con música, con que alguien te pregunte cómo estás", explicó.

Habló también del esfuerzo: "Arraigarlo cuesta. Es limpiar, es atender, es escuchar al vecino, es bancar las noches que no viene nadie y las noches que se llena. Pero vale la pena cuando una señora grande te dice 'gracias por hacer un lugar donde puedo bailar sin que me miren raro'. Ahí entendés que esto es más que un restó", dijo con emoción.

Para Carolina, el sentido de pertenencia se construye entre todos: "No es de Alejandro y mío. Es del vecino que trae su torta frita, del pibe que viene a tocar, del turista que deja su arepa colombiana en la cocina. Todos ponen algo. Todos son La Americana", remarcó.

De la ruta al hogar

Así nació el complejo. No es solo restaurante bar y bailable. Es esfuerzo, caídas, aprendizajes y amor. Un lugar pensado para todas las edades y todos los estilos. Donde la música, el baile y el encuentro son protagonistas.

No tienen hijos en común, solo sus 6 hijos grandes y sus mascotas, que son como bebés. Pero tienen algo más fuerte: el sueño compartido de crear un espacio donde la gente llegue y sienta hogar.

De Mercedes y Luján a Covunco. De la terapia intensiva al fogón. De los comercios que se caen a la mesa que siempre se vuelve a poner.

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La Americana es el reflejo de dos vidas que entendieron que cambiar de escenario no es perder la esencia. Es reinventarse juntos.

Él puso el sueño. Ella puso el corazón. Juntos prendieron la luz donde antes había solo ruta y memoria. Y hoy trabajan para que esa luz no se apague nunca, porque ya es de todos.

La mesa criolla

Hace ocho días llegaron a La Americana. Venían de 8 meses de ruta: Ecuador, Perú, Bolivia, Orán, Salta, Catamarca, Córdoba, Buenos Aires. A dedo. "Pidiendo chance", como dicen en Colombia. Juan Armando Gil Ospino, 47 años, artista plástico de Santa Marta, y Francisco Stoop, holandés de Zevenbergen radicado 30 años en Colombia. Voluntarios por Worldpackers. Buscaron, leyeron comentarios y eligieron Covunco. "Nos pareció interesante el lugar, y los comentarios de Ale y Caro eran muy buenos", relató Juan. Querían aportar, intercambiar conocimiento por estadía y comida.

"Lo que más me impactó de Argentina es el valor de su gente", destacó Juan. "Llegar a lugares como este, que te reciben con los brazos abiertos, que no te hacen sentir extraño, es muy bonito. En 8 meses de viaje no tuvimos una experiencia así". Remarcó: "Acá la gente es muy unida. De dónde vengo eso se está perdiendo. Llegar acá y verlo te llena de esperanza. De que sí se puede ser mejor sociedad".

Juan es artista plástico, pero la cocina es su otra pasión. Y ahí pasó la magia: la fusión. "Preparé arepas colombianas. En Colombia hay 200 tipos. La tradicional es harina, sal y azúcar. Pero aquí le hice un agregado de jamón y guisado de pollo para rellenarlas", sostuvo. Arepa andina servida al lado del chivo asado neuquino. "El chivo asado no lo había probado así. Muy rico", agregó con entusiasmo.

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La mesa de La Americana es encuentro. Para el día de la Bandera, mientras Juan cocinaba arepas, Julio Cerda prendía el fuego para el chivo al asador, el clásico del criancero neuquino. Humo, paciencia y cuero crocante. Y Doña Ida del Carmen Millanao, de la zona, aportó su saber ancestral: cazuela de pavo con harina de piñón. Fusión pura. La olla criolla enriquecida con oro del pehuén mapuche.

"Es muy bonito saber que hay otra forma de hacer las cosas", señaló Juan mientras mezclaba masa. "Vengo del campo en Colombia. Ver a los gauchos con su vestimenta, ver cómo trabajan la tierra acá, me hace sentir un poco en casa. Pero con otro estilo", expresó.

Francisco asintió. Holandés de raíz, colombiano de corazón. Los dos coinciden: La Americana es más que un restó bar. "Ale y Caro son dos personas muy queridas, muy serviciales. Te hacen sentir como en casa. Y quieren que más personas del mundo vengan, conozcan la cultura, conozcan la gente", invitó.

Gastronomía internacional y criolla en un mismo plato. Esa es La Americana. Donde el turista no solo come. Aprende, comparte, vuelve a empezar. Como Alejandro y Carolina.

El origen del nombre

La Americana, cuna del petróleo neuquino: El nombre no es casualidad. Nace donde nació el petróleo de la Cuenca Neuquina. La "Bajada de la Americana" es el punto exacto sobre la ex ruta 40 donde en 1904 se perforó el primer pozo petrolífero de la Cuenca Neuquina. No fue en Plaza Huincul. Fue acá, en Covunco.

Un militar norteamericano se obsesionó con los afloramientos de asfalto que brotaban cerca del río Covunco, a 8 km al norte de Zapala. Hizo un pozo a mano, lo voló con dinamita y armó la empresa "Acme Oil Syndicate", más conocida como Compañía Lannon. Con un viejo equipo a percusión sacó petróleo pesado color ámbar desde 80 metros. Hizo 4 pozos más. Gas, escaso petróleo... pero nada comercial. Por eso quedó como anécdota. El petróleo que cambió Neuquén apareció recién el 29 de octubre de 1918 con el Pozo N°1 de Plaza Huincul.

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Pero el honor de "primeros" lo tiene Covunco. Sobre esa hondonada de la ruta provincial 14, cerca de Mariano Moreno, se esconde el primer asentamiento petrolero registrado en la provincia. Ahí mismo donde hoy "La Americana" recibe comensales con locro y folclore, hace 122 años Lannon buscaba "oro negro" con dinamita y fe.

"La Americana" no solo homenajea el pasado. Está parada literalmente sobre la cuna del petróleo neuquino. De perforar el suelo en 1904, a llenar platos en 2026. Covunco cerró el círculo.

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Valle del Covunco, tierra de luces y antecedentes: Covunco no solo tiene petróleo y folclore. Tiene cielo. Los vecinos de Mariano Moreno conviven hace décadas con luces que bajan sobre el Cerro Negro. Soldados de la Colimba juraban verlas surcar de noche. Hace unos años, empleados municipales sacaron fotos al cartel del pueblo y apareció una figura extraña en el cielo. "No era mancha, no salió en las otras fotos", aseguraron después. Automovilistas en ruta 14 contaban también que una luz los acompañaba y se ocultaba sobre el mismo cerro.

Los puesteros del valle tienen sus propias historias. Se habla bajito, de noche, al lado del fogón, del caso de don Castillo: una tarde-noche, buscando animales en las vertientes con su hija chica, se cruzaron con algo que no era de acá en las bardas. Relato que no está en diarios, pero que en Covunco todos conocen. Porque acá, entre la "Bajada de la Americana" donde nació el petróleo en 1904, la línea entre leyenda y realidad se hace finita. El testimonio de aquel encuentro del tercer tipo ya forma parte del patrimonio oral del valle. Una increíble historia que busca ser escrita antes que se la lleve el viento.

Una ruta separa el pasado del presente: En los años 70 y 80 del siglo pasado, frente a donde hoy brilla La Americana, funcionaban "Las Brujas" y "Mustang Ranch", antiguas casas de citas que hoy siguen vivas en la memoria colectiva.

Quiso el destino que la ruta 14, la vieja ruta 40 donde nació el petróleo neuquino en 1904, hoy separe dos realidades. De un lado, La Americana: restaurante bar, bailable, fogón y familia. Del otro, la memoria de un paraje que en décadas pasadas fue famoso por otra razón.

Lo cuenta Alberto Carbonero, ex militar del RIM 10 de Covunco. Cabo 1ro de sanidad entre 1980 y 1982. Encargado de la farmacia y testigo directo.

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"Ese cabaret 'Las Brujas' fue de los 70. Estaba debajo de la ruta, casi justo en frente de La Americana", relató. Pobladores recuerdan que ese puesto era de una familia de apellido Gret, que puso el cabaret en esos años. Ya en los 80 era propiedad de una mujer que le decían "la tía" y tres sobrinas. Salón grande de fiestas y tragos al frente, habitaciones atrás. Las chicas vivían ahí. Clientes: militares del RIM 10 y crianceros que bajaban de las veranadas.

Alberto lo vivió de cerca. "Yo iba todos los días llevando gente desde el cuartel en un Chevrolet 400, un Super Sport naranja con techo negro, y los iba a buscar de madrugada. No había transporte. Gracias a eso vivía bien".

El lugar era controlado por los militares. "Llegaban y prendían luz blanca para pedir documentación a los moradores", recordó un alma habitué. Las noches eran bravas. "Lío había todos los días. Una vez un compañero me tiró una puñalada porque la 'novia' me dio un beso de agradecimiento por llevar clientes. Estaba tomado", relató Alberto. También hubo hechos más graves: "Cortaron feo en el abdomen a un cabo del regimiento", añadió.

El nombre cambió: de "Las Brujas" pasó a "Mustang Ranch". Alberto recuerda que fue justo el año que mataron a Ringo Bonavena, el boxeador que debía pelear con Cassius Clay. El mismo, cada 15 días, como Cabo 1ro de sanidad, tenía que ir a revisar la salud de "la tía" y sus chicas.

Hoy, una ruta los separa. Del lado de La Americana, Carolina y Alejandro sirven locro, chivo asado y cazuela de pavo con piñón. Del otro lado quedó la memoria de "Las Brujas" y "Mustang Ranch". Del lado de hoy hay música, baile y turismo. Del otro lado quedaron las luces blancas pidiendo documentos, los Chevrolet 400 a las 4 de la mañana y las historias que solo cuentan los "viejos" del regimiento y del pueblo.

La Ruta 14 divide el paraje, pero une la historia. De un lado el cabaret que hizo famoso a La Americana en los 70-80. Del otro, el complejo gastronómico que quiere hacerla famosa ahora por otras razones: cultura, encuentro y turismo.

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