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La Argentina se convirtió en el país del ataque. Atacan los partidos políticos en campaña. Atacan el segundo y el tercero al que salió primero. Ataca para defenderse el primero de los segundos y terceros. Atacan los ciudadanos crispados en las redes sociales. Atacan los pobres y los marginales a los comercios. Ataca la Policía a esa muchedumbre anárquica para que deje de atacar.
El ataque se convirtió en la práctica más popular en un país que zigzaguea tirando trompadas al borde del precipicio, que comenzó a naturalizar lo más penoso y lo más dramático que puede sufrir una sociedad que ya ni siquiera se atreve a soñar por más promesas empalagosas que le hagan.
Lo peor es que el contexto en el que se repiten todos estos ataques, justificados o no, es nada menos que en vísperas de las elecciones presidenciales que se muestran como lo mejor –acaso lo último- que puede tener un sistema que deja mucho que desear, no por sus eventuales fallas propias, sino por sus principales protagonistas.
Es tan contagioso el clima que se vive -y que en los últimos años avanzó como si fuera una peste- que el propio sistema se convirtió en un atacante. Ataca de manera impiadosa a los que menos tienen. Ataca de forma angurrienta a los que intentan producir. Ataca a lo poco que queda de inteligencia colectiva con eufemismos disparatados para maquillar realidades que duelen. Ataca a los que se aferran desesperados para no seguir cayendo.
El país del ataque sigue atacando sin contemplaciones, sin un rapto de lucidez, sin darse cuenta que cada ataque que realiza es una herida que deja abierta.
Sigue atacando una y otra vez, sin entender que cada golpe da es un ataque contra sí mismo.