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La enóloga que hace historia en Mabellini Wines

Valeria López, una voz femenina en la vitivinicultura neuquina, lidera la primera exportación de Mabellini Wines a París y proyecta los vinos patagónicos al mundo.

En un mundo donde la enología ha sido tradicionalmente masculina, Valeria López se destaca como una de las pocas mujeres enólogas de la Patagonia. Su trabajo en Mabellini Wines no solo marca un hito para la industria regional, sino que también pone en valor la creciente participación femenina en el sector.

Formada en la Universidad Nacional del Comahue, Valeria pertenece a una generación de profesionales que eligió desarrollarse en su territorio. “Por lo menos yo conozco en toda la Patagonia a cuatro enólogas, sumándome a mí”, dijo entre sonrisas, con la esperanza de que en los próximos años sean muchas más las mujeres que se sumen a la actividad en la región.

Su trayectoria está íntegramente ligada al sur argentino. “Mis experiencias laborales y todo lo que conlleva también fue acá en la Patagonia. A veces no me he dado cuenta de lo que representaba eso hasta que otros te lo empiezan a decir”, reflexionó. En un contexto donde crecen las pequeñas bodegas y el sector no se estanca, sino que se expande, Valeria destaca que hay espacio para nuevos enólogos y enólogas formados en la zona.

Esta es la cuarta temporada de Valeria en la bodega y, para ella, la vendimia simboliza mucho más que la cosecha. “Es la culminación de un año entero de cuidado de la planta, del trabajo humano y del clima. Y al mismo tiempo es el inicio de la etapa más importante: hacer el vino”, expresó.

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De Neuquén a París

En apenas tres años de comercialización, Mabellini Wines pasó de producir 6.000 botellas a alcanzar las 50.000 mensuales. El mercado inicial fue fuerte en la ciudad de Neuquén y la zona cordillerana, y luego se expandió hacia Buenos Aires y el sur del país, incluyendo El Calafate.

El gran hito llegó en enero con la primera exportación a Francia. “Mandamos un pallet de prueba y se dio exactamente a París. El mes pasado también participamos en una feria para empezar a promocionar nuestros productos”, indicó. La demanda apuntó específicamente a vinos patagónicos, señal del posicionamiento que la región comienza a consolidar en el exterior.

Durante el año, el equipo estable de la bodega está compuesto por cuatro personas, pero en época de vendimia el número se multiplica hasta 15 o 20 trabajadores. Cada botella -subraya- representa un proceso integral que comienza en la planta y se define desde decisiones clave como la poda, fundamental para determinar la calidad y el perfil del vino. “La poda es lo que te va a identificar qué tipo de vino querés hacer”, afirmó.

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La bodega cuenta con cinco hectáreas en Neuquén capital y otras 14 en Mainqué (Río Negro). La zona presenta similitudes con el Alto Valle rionegrino, aunque con temperaturas ligeramente más frías. “Se da impecable. Es muy sano, no tenemos ningún tipo de enfermedad y el viento seco nos ayuda muchísimo a mantener esa sanidad”, explicó, destacando una de las principales fortalezas del terroir patagónico.

El escenario global plantea desafíos para la vitivinicultura, especialmente frente al descenso del consumo y la competencia con bebidas de consumo más rápido como la cerveza o los aperitivos. Incluso aparecen alternativas como el vino sin alcohol. Para bodegas jóvenes como Mabellini, el reto es doble: ganar espacio en el mercado sin perder identidad.

“Competimos no solo con bodegas grandes, sino con otros hábitos de consumo. Siempre estamos tratando de innovar o mantenernos, pero sin perder nuestro norte. Nuestro vino es este: un vino de calidad, de alta gama. Y queremos mantenernos firmes sin cambiar según lo que marque el mercado”, concluyó.

Historias como la de Valeria ponen en valor no solo el trabajo detrás de cada vendimia, sino también el avance de la presencia femenina en la vitivinicultura patagónica y el crecimiento de una industria que apuesta por la identidad neuquina, la calidad y la proyección internacional.

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Visita a la bodega

La firma está ubicada en el Barrio Confluencia de la ciudad de Neuquén, a pocos metros del encuentro entre los ríos Neuquén y Limay. Se pueden realizar visitas guiadas, degustar y adquirir sus vinos en las variedades Malbec, Pinot Noir, Cabernet Franc y Merlot, entre las cepas tintas, y Chardonnay entre las blancas.

La historia de amor y tradición detrás de un vino de alta gama que se produce en Neuquén

Identidad, amor y raíz; las formas de tratar la uva; celebrar la propia historia: eso también habita en el vino. Hace menos de una década, Lorena y Carlos decidieron convertir la chacra familiar del Barrio Confluencia en una bodega, para poner en marcha el sueño que acompañó a Carlos desde la infancia y para honrar lo que fueron aprendiendo en un largo camino que vienen transitando juntos.

Buscan hacer un vino de excelencia, en el corazón de la ciudad, que pueda evocar el espíritu de una región que, desde principios y hasta mediados del siglo pasado, supo tener más de 400 pequeñas y medianas producciones vinícolas activas.

Son escribanos, se conocieron en 2002 trabajando en la escribanía Mabellini, cuando Lorena empezaba a hacer sus primeras prácticas profesionales. Pero se enamoraron y la vida tomó otro rumbo. Lorena dice que desde el principio Carlos se propuso presentarle el mundo del vino y que fue match inmediato. Un destino ineludible para una neuquina que desde muy pequeña se colaba en las mesas de los adultos para escuchar las charlas que acompañaba el vino; una niña “viejita”, como le decían sus abuelos, que disfrutaba de irse con ellos largas semanas al campo que tenían cerca del paso Pichachén, donde aprendió a querer todo lo que la tierra neuquina brinda.

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“Yo era la más chiquita de las nietas en ese momento. Mi abuelo venía y me decía: ¿viejita, vamos a Chochoy? Él manejaba, yo iba en el medio y mi abuela con su canasta y todos los víveres. Hacíamos viajes eternos al campo, porque mis abuelos eran radioaficionados, entonces íbamos parando en todos los parajes de la cordillera para llevar las cosas que nos iban pidiendo, o en los ranchitos adonde invitaban a Don Creide a compartir el mate”, recuerda.

Hoy Carlos y Lorena tienen dos hijas y también Mabelline Wines, un proyecto que comenzó como una aventura y se convirtió en un producto con puntuaciones internacionales brillantes, para el que trabaja un equipo de profesionales patagónicos, que genera trabajo local y que crece con discreción y belleza, rodeado de viento y barda, muy cerca de la confluencia de los ríos.

Carlos siempre quiso hacer su propio vino, pero era un sueño que necesitaba madurar. En cambio, se hizo coleccionista, quizá uno de los más importantes del país. Los primeros vinos que guardó hace 25 años fueron un Lagarde y un Luigi Bosca. Hoy su cava privada es una fiesta de historia y belleza, que resguarda los secretos y trayectos de cientos de productores patagónicos y de cada rincón de Argentina.

“Este espacio también es una forma de mostrar respeto a los hacedores, a todos los que trabajan en la industria, que es muy diversa y muy hermosa. Porque hacer vino es tener contacto y trabajar con la tierra, es respetar y hacer valer tu terroir y llevarlo a 750 mililitros. Es algo increíble, pero se logra”, explica Lorena.

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Carlos solía decirle a su papá: “Viejo, tenemos que hacer vino”. Y él siempre le respondía: “Pero a vos no te gusta hacer vino, Carlos, a vos te gusta tomar vino”. Pedro falleció en 2017 y ese mismo año, quizá como homenaje, quizá porque sintieron la necesidad de hacer brotar la memoria, decidieron comenzaron el sueño.

“Fue una decisión. Quisimos hacerlo acá, por todo lo significaba para la familia, pero implicó reconvertir una chacra que tenía peras, ciruelas y manzanas en viñedos. Trabajamos con el ingeniero agrónomo, Marcelo Casazza, de Mendoza, que todavía nos asesoran hasta el día de hoy. Después conocimos a Valeria López, que es nuestra enóloga; ella también es patagónica, es de Villa Regina, al igual que Caverzán, otro ingeniero agrónomo. Eso nos hace armar un equipo realmente muy patagónico y nos encanta: los dueños, el enólogo, el agrónomo. Entonces hay como mucha gente del Alto Valle trabajando en el equipo, también en las chacras y eso bueno, también nos gusta”, dice Lorena.

Además de la producción local, incorporaron una chacra de Mainqué, Río Negro, que posee una bodega con viñedos históricos que construyó la familia Verdecchia en 1912, donde también están haciendo un trabajo de mejoramiento, renovación, podado sobre plantas de más de 60 años.

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