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La historia de un malón y la justicia Pehuenche en el viejo Neuquén

Carlota había quedado sola en el rancho cuando fue sorprendida por los Huiliches. La dejaron sin nada, pero... apareció el cacique Curillán.

Carlota se despertó de madrugada con el sonido de un bramido grave que venía de lejos. Era una mezcla de ruidos difusos y golpeteos casi imperceptibles que de a poco se iban amplificando y quebraban aquella mañana de otoño de 1875 en el paraje Ranquilón, en pleno corazón del norte del territorio de Neuquén.

Carlota se incorporó de un salto, se puso un poncho y salió del rancho. En el horizonte apenas se veía una nube densa de polvo que se elevaba y parecía eclipsar la claridad que recién asomaba en medio de un griterío apagado que con el correr de los segundos comenzaba a ser más estridente.

- Un malón, murmuró aterrada.

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Carlota estaba sola al cuidado de los animales como tantas veces. Su marido, Elías Bernal, había salido de viaje para hacer compras, un trámite que en aquellos tiempos demandaba días y hasta meses por los extensos recorridos que tenía que hacer a caballo y por la agreste geografía patagónica.

Elías tenía su invernada en ese lugar por un acuerdo que había logrado con los Pehuenches que eran los dueños de la tierra. Todos los años viajaba hasta Fortín Mercedes, provincia de Buenos Aires, compraba ganado, lo traía para engordarlo en los fértiles campos cordilleranos y luego lo vendía en Chile.

El criancero tenía una excelente relación con la comunidad originaria. Con aquellos tratos comerciales de tantos años había tejido fuertes lazos de amistad, especialmente con el cacique Curillán (Collar Negro), quien solía visitar a Elías y a Carlota para disfrutar de charlas y mateadas.

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Dentro de la inevitable angustia al ver que un centenar de jinetes se aproximaban al rancho a los gritos, Carlota salió a su paso con los brazos en alto en señal de rendición, sin insinuar la más mínima resistencia. Pensó en su marido y respiró profundo. Elías no se hubiese quedado pasivo mirando cómo le robaban el fruto de tanto esfuerzo y trabajo, pero ella actuó con inteligencia y resignación.

La arremetida de los Huiliches no duró mucho. Los hombres abrieron los corrales y comenzaron a llevarse todos los animales que había. El cacique en persona se apeó del caballo y junto a dos lugartenientes ingresó al rancho para sacar todo lo que había hasta dejarlo vacío.

No quedó nada. Ni siquiera la ropa de cama y abrigo, lo que enfureció a Carlota.

- ¿Qué lleva ahí, hermano?

- Frazadas, Carlota, le respondió el líder, apartándola del paso y confirmando que los asaltantes sabían su nombre. Seguramente estaban al tanto del viaje de Elías y aprovecharon su ausencia para cometer el robo. ¿Cómo y cuándo se enteraron? ¿En qué momento comenzaron a planificarlo?

Lo único que quedó en el rancho fue una enorme bolsa que el cacique pateó y al ver el contenido no se dio cuenta que era azúcar.

- ¡Chadi! (sal), gritó despectivamente. Y finalmente se fue.

Con la caridad de los vecinos de otros campos y el azúcar que milagrosamente se salvó del saqueo y le sirvió para canjear algunos víveres, Carlota sobrevivió días largos, difíciles y con mucha angustia al pensar que todo el capital logrado con Elías había sido robado con total impunidad. Le abrumaba imaginar cómo le daría la noticia a su marido y el disgusto que le generaría saber que todos sus bienes se habían esfumado en cuestión de minutos.

Una semana después de ocurrido el malón, llegó al rancho de los Bernal el cacique Curillán, que ya se había enterado del pillaje y venía a traerle un mensaje a la familia.

- Mari, mari, cüme le caimi, hermana. (Buenos días, ¿cómo le va, hermana?).

El cacique había llegado solo como habitualmente lo hacía en sus visitas a los Bernal. Muchas veces venía para tratar algún tema comercial con Elías; otras simplemente para intercambiar algunas palabras con la pareja o traer algún presente, pero en esta oportunidad su llegada tenía otro motivo.

- Mari, mari, hermano. ¿No se apea?

- No apear hermana; primero hacer custicia. Huilliches hacer malón contra usté. Yo dejar descansar quente y cahuello (gente y caballo) y depués hacer yo también malón.

La voz de Curillán no tenía demasiados puntos de inflexión, pero el tono reflejaba la gravedad del caso. Los Huiliches no solo habían atacado y robado a sus amigos, sino que también habían invadido su territorio con total desparpajo, ignorando su autoridad. Y eso era imperdonable para un viejo guerrero como él.

Aquella visita duró apenas un par de minutos y fue solamente para comunicarle que el robo que había sufrido no quedaría impune. Inmediatamente emprendió el regreso a su comunidad a toda carrera para organizar a su gente.

Carlota quedó en silencio y pensativa. Un malón para vengar otro malón. Un intento de justicia que seguramente dejaría un río de sangre. ¿Qué pasaría si Curillán perdía la batalla? ¿Y si volvían por ella para vengarse sabiendo que Elías seguía de viaje?

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Quince días después de aquel encuentro con Carlota, el cacique salió de malón con un centenar de hombres hacia el sur, la tierra de los huiliches. Los alcanzó en el arroyo Carreri y el combate fue brutal.

Entre lanzazos, golpes y cuchilladas, fueron cayendo los cuerpos de uno y otro bando como si la sangre y las vidas no valieran más que un cuero. Los jinetes de Curillán arremetían contra la toldería, se retiraban y volvían a atacar. Los huiliches se defendían con la misma fiereza.

En cuestión de minutos el apacible lugar se convirtió en un escenario de muerte colectiva, pero el factor sorpresa inicial jugó a favor de los pehuenches, que terminaron imponiéndose en la contienda justiciera.

Diezmados y previendo una tragedia peor, los huiliches escaparon como pudieron y dejaron todo en manos de los vencedores que rápidamente coparon el sitio y montaron guardias a la espera de una contraofensiva que nunca llegó.

Curillán enterró a sus muertos con los rituales de la cultura pehuenche, ayudó a curar a los heridos e improvisó un campamento para pasar la noche. Al día siguiente emprendió viaje para los pagos del norte, al rancho de los Bernal.

Así, la charla que había tenido dos semanas atrás con Carlota tuvo lugar una vez más, casi con las mismas palabras.

- Mari, mari, cüme le caimi, hermana.

El cuerpo del líder Pehuenche tenía marcadas las huellas de la pelea en su piel, pero se mantenía sereno, sin mayores expresiones, con la mirada profunda de siempre que imponía tanta admiración como respeto. Sus guerreros lo esperaban detrás, en silencio, junto a un centenar de cabezas de ganado.

- Mari, mari, hermano. Apéese.

- Primero hacer custicia. ¿Cuánto cahuello (caballos) de usté llevar huilliches? ¿Cuánto huaca (vacas)? ¿Cuánto auca (yeguas)? ¿Cuánto ovisha (ovejas)? ¿Cuánto chiva?

A cada pregunta, Carlota hacía memoria y contestaba y Curillán mandaba a su gente a apartar la hacienda para regresarla a los corrales. Una vez terminado el reparto que se extendió durante largos minutos, el cacique accedió a la invitación de su amiga.

- Ahora apear hermana, y dar el mano derecha. Custicia hecha, todo acabau.

Curillán y Carlota matearon y dialogaron pausadamente, como tantas veces lo habían hecho a lo largo de sus vidas a través de esa férrea relación de amistad que los unía tanto a ella como a su esposo. Eran charlas a media lengua; palabras sueltas, gestos, miradas, inflexiones en la voz que permitían una comprensión mutua, pero que también abrían puertas para que se reforzaran los sentimientos de hermandad.

Luego de la reunión, el cacique se despidió de la mujer y se retiró con sus hombres a través de los montes tapizados de coirones, antes de que el sol marcara el final del día. La postal del viaje se convirtió en una larga hilera de guerreros silenciosos y cansados, regresando a sus tierras con las carnes desgarradas por puntas y filos, cargando el dolor de las heridas y los muertos, pero reconfortados en sus almas por el acto de justicia que habían logrado.

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Un grupo de Pehuenches en el norte neuquino, a fines del siglo XIX.

Carlota se quedó sentada mirando la escena desde el patio del rancho, mientras el atardecer apuraba la llegada de una luna grande que pronto iluminaría el campo. Así volvió a estar otra vez sola, sin otra presencia que las de los animales recuperados y la brisa que llegaba de la cordillera. Y así quedó en silencio, sin más compañía que la de los perros chiveros acurrucados en sus pies.

Cuando Elías regresó del largo viaje, su esposa le contó emocionada las peripecias que había pasado. Le recordó el temor que había sentido en aquel malón, la angustia por el robo, su supervivencia gracias a la asistencia de los campesinos y -por supuesto- la invalorable ayuda de su amigo Curillán.

Y ante cada recuerdo hubo lágrimas. Y ante cada lágrima hubo abrazos.

La historia de aquel hecho ocurrido en Ranquilón, en 1875, fue repetida una y otra vez por los descendientes de Elías y Carlota a lo largo de las generaciones y quedó reflejada en el libro “El Tronco de Oro”, del doctor Gregorio Álvarez.

Se llama “Justicia Pehuenche” y está en el capítulo de “Contadas”. Es una recopilación de breves relatos populares que sobrevivieron al olvido y que todavía se recuerdan alrededor de los fogones para mantener viva la historia de aquellos que vivieron y murieron en ese territorio perdido, salvaje y olvidado.

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