Fue la primera publicidad monumental de Neuquén y un ícono para los viajeros durante más de una década. La familia Almaraz, creadora de la primera vidriería neuquina, revela los secretos de un cartel legendario que terminó censurado por los militares.
Lució su enorme perfil sobre la Ruta 22 durante más de quince años. Para los viajeros o las personas que circulaban habitualmente, funcionaba como un punto de referencia; para quienes venían desde la cordillera o desde otra localidad, era la certeza de que ya estaban en Neuquén capital. Y para otro gran segmento de vecinos, era una parte infaltable del paisaje que obligaba a mirar hacia el descampado.
El cartel publicitario del Toro de Osborne forma parte de la memoria histórica tanto de los nacidos y criados (NyC) como de aquellos foráneos que arribaron por trabajo durante la construcción de la emblemática represa El Chocón. De dimensiones monumentales, los ideólogos de semejante estructura fueron Alberto y su padre, Antonio, quienes dieron origen a la primera vidriería neuquina: Casa Almaraz.
Mariela Almaraz, hija de Alberto, rescató los detalles de esta historia única como colorida. Un relato cruzado por la epopeya familiar de su papá y de su abuelo, quienes dejaron España en busca de una nueva vida y de oportunidades en tierras patagónicas.
A causa de la Guerra Civil Española y la posterior dictadura de Francisco Franco, Antonio Almaraz y su hijo huyeron de su país dejando atrás la represión, la miseria y las persecuciones. Transcurría la década del ’50 y, al igual que miles de compatriotas, desembarcaron en el puerto de Buenos Aires.
Tras atravesar el océano, el destino los depositó sorpresivamente en Chos Malal. La elección resultaba insólita para la época, considerando que la inmensa mayoría de los inmigrantes prefería quedarse en Buenos Aires, Rosario, Córdoba o Mendoza.
Sin embargo, un contacto con la empresa constructora Calani determinó que los Almaraz pisaran suelo en el norte neuquino. “El contacto se lo había hecho su hermano, Ángel, que ya estaba acá. Le dieron trabajo a mi abuelo. Esa empresa estaba abocada a la construcción de las escuelas quinquenales que llevaba adelante Perón”, relata Mariela.
El clima hostil de la zona afectaba duramente las manos de Antonio, lo que motivó a la su papá a planificar el traslado hacia la capital neuquina. “Dormían en un galpón y mi viejo la pasó mal, se le ampollaban las manos. Fue más o menos entre 1951 y 1952. Luego de irse de Chos Malal mi papá (Alberto) se fue a Cipolletti a vivir en una pensión; tenía apenas 18 años”, recuerda su hija.
En la ciudad vecina, el joven Alberto comenzó a trabajar como cadete en una vidriería. Ese empleo sería el punto de partida para dar vida al emprendimiento familiar en Neuquén. “Mi abuelo, que se dedicaba a la carpintería, le dijo a mi papá que se fijara qué empresa le vendía los vidrios al negocio. Él hacía aberturas, marcos, la combinación era perfecta: él fabricaba y mi padre colocaba los vidrios”, detalla.
Después de un par de años, en la calle Independencia 660 comenzó a tomar forma Casa Almaraz. “Era un local muy chiquito que después se fue extendiendo hacia la calle. A través del Banco Hipotecario, mi abuelo pudo comprar el lote. Hoy en día en ese lugar funciona un gimnasio”, acota Mariela, quien también fue parte de la firma comercial durante su juventud.
“Fue la primera vidriería de Neuquén. Mi abuelo se puso en contacto con la distribuidora VASA y al tiempo le ofrecieron anexar el rubro de parabrisas, lunetas y ventiletes triangulares, que en esa época venían en las puertas delanteras de los autos”, explica.
La construcción de la represa El Chocón a partir de 1968 marcó un quiebre definitivo en el crecimiento provincial. La masiva llegada de profesionales y obreros desde distintos puntos del país y del exterior fortaleció la economía local. Con la puesta en marcha de la primera turbina en diciembre de 1972 (y la posterior habilitación de los demás generadores hasta 1977), la demanda se multiplicó.
“Con la obra de El Chocón hubo una explosión en el cambio de parabrisas. Mi viejo se iba a trabajar directo a la villa que se había armado para alojar a los obreros. A partir de ahí, la llegada de camionetas y camiones fue constante”, remarca.
Más tarde se sumaron como clientes habituales las flotas de YPF, Gas Camuzzi y la extinta ENTel, empresa Nacional de telecomunicaciones que fue privatizada por Carlos Menen en 1989. “Llegaban a recibir entre seis y siete vehículos por día, y en el taller mi papá tenía solo tres empleados. Era un trabajo incesante”, acotó.
El abuelo de Mariela fue el mentor del famoso cartel. Se inspiró en el Toro de Osborne, una figura icónica creada en España en 1956 por el diseñador Manolo Prieto para la agencia Azor y el Grupo Osborne. En las carreteras españolas llegaron a instalarse más de 500 de estas siluetas.
“Mi abuelo viajaba seguido a España y en uno de esos viajes trajo la idea. Le pidió permiso a un integrante de la Asociación Española para instalar la estructura en un terreno sobre la Ruta 22. En esa época la colectividad era muy chica: estaban los López, los Lozano, los Jiménez, los Rodríguez...”, rememora Mariela.
La mole de chapa medía entre 10 y 12 metros de ancho por 4 metros de alto. En el cuerpo lucía la leyenda: Casa Almaraz, vidrios parabrisas, junto a la dirección. El toro era completamente negro y las letras estaban pintadas con pintura fluorescente para que resaltaran en la oscuridad de la noche.
Sin embargo, el diseño original del animal incluía sus atributos anatómicos completos, algo que desató una disparatada historia de censura en tiempos de la dictadura militar.
“Al toro le serrucharon los testículos. Le avisaron a mi papá y contrataron a un soldador para ponérselos de nuevo. Pasó un tiempo y lo volvieron a capar. Creo que ocurrió tres o cuatro veces”, recuerda entre risas Mariela. En una oportunidad, el animal apareció con sus testículos pintados de color rojo.
La insistencia terminó con una visita oficial: “La última vez que lo recompusieron, vinieron los militares directamente a la vidriería para que se terminara el tema. Así fue que, hacia 1975 o 1976, el toro quedó definitivamente capado”.
El cartel permaneció en su sitio -cerca del acceso a Valentina Sur, donde hoy opera una concesionaria de camiones- hasta 1995, cuando finalmente fue retirado.
Un trabajo artesanal y el fin de una era
Más allá de la anécdota, el impacto publicitario del Toro era innegable. “Hasta los domingos venía gente a buscar repuestos. Mi tía vivía al lado del negocio y nos avisaba. En esa época los parabrisas eran vítreos, no laminados como los de ahora, y cambiarlos era una tarea totalmente artesanal que llevaba más de una hora”, evoca Mariela, quien mientras cursaba la secundaria ayudaba a su padre a engomar y colocar vidrios. Mariela curso la primaria en la escuela 121 y el secundario en el colegio ECEN.
El negocio continuó creciendo durante los años 80, expandiéndose a lotes vecinos para albergar flotas de empresas como Pluspetrol. Sin embargo, tras la muerte del abuelo Antonio en 1985 y el posterior fallecimiento de Alberto a mediados de los 90, Casa Almaraz bajó sus persianas de forma definitiva en 1995.
“Se cerró y se perdió todo. No fui visionaria. Mi papá me decía que agarrara el negocio porque siempre me iba a dar. En 1989, 90 había comenzado la universidad. Y tenía esa utopía de cambiar la educación”, sostuvo.
Mariela, hoy docente jubilada, conserva en la casa familiar un valioso álbum de fotos que atesora las distintas etapas de la vidriería. En sus páginas vive el recuerdo de una epopeya familiar de trabajo y, por supuesto, la memoria de aquel mítico toro capado que acompañó el crecimiento de una capital neuquina cada día más cosmopolita.