Mientras una promesa de conectividad aérea agoniza, Neuquén apuesta por rutas al interior.
Cuando hizo su vuelo inaugural en 2018, Flybondi -la primera aerolínea lowcost del país- se anunciaba con el slogan "la libertad de volar". La frase contenía un anhelo de democratización del acceso a un medio de transporte que, para muchos, se consideraba inalcanzable. Durante años, lo consiguió: miles de personas vivieron su primer despegue gracias a las tarifas económicas de una empresa que hoy atraviesa una parálisis con sabor a despedida.
Abrir el juego a las aerolíneas de bajo costo generó una necesaria competencia con impacto concreto en el usuario, que tenía más alternativas para moverse dentro de un país en el que el mantenimiento de las rutas y la reactivación de los servicios ferroviarios siempre fueron materias pendientes. Pero la falta de regulación estatal permitió que la empresa siguiera vendiendo sus boletos incluso cuando su modelo de negocio basado en el alquiler de las aeronaves ya evidenciaba rasgos graves de insostenibilidad.
Mientras Flybondi agoniza y presenta un futuro incierto, la provincia de Neuquén celebró esta semana la inauguración de dos rutas áreas que conectan a la capital con Chos Malal y San Martín de los Andes, en una apuesta no ausente de desafíos. Desde el gobierno neuquino reconocieron que los costos para garantizar la operatividad del servicio son altos, y que no pueden sostenerse sólo con el empuje privado.
Hoy, el gobierno neuquino le ofrece a la empresa American Jet un subsidio variable para que la firma garantice un 80% de ocupación en sus rutas al interior. El impulso busca funcionar como una especie de muleta para sostener las tarifas a precios competitivos hasta que la ruta madure y sea autosustentable para el sector privado.
Con esta tutela estatal, el gobierno entiende que su rol también incluye conectar comunidades más aisladas y ampliar la oferta de conectividad para fomentar la actividad turística y el desarrollo de regiones emergentes. Pero su objetivo al largo plazo será consolidar las rutas de modo tal que pueda retirar los subsidios cuandos los aviones completen su capacidad en cada frecuencia.
Sostener la conectividad aérea es costoso y exige encontrar un justo equilibrio entre la intervención y la libre competencia. Sin aerolíneas públicas sobredimensionadas, sin subsidios eternos, pero con un Estado que vigile o empuje cada vez que el escenario lo requiera.