Cuando termine esta vuelta me convertiré en un efímero fundamentalista del ciclismo y de la vida sana. También aseveraré con vehemencia que hacer el Paseo Costero en bicicleta debiera ser una obligación moral para todo aquel que habite la ciudad de Neuquén. Pero antes que todo eso me toca inflar las cubiertas que están en llanta, pasarle WD40 a esta cadena oxidada, ponerme el casco, y volver a experimentar la tracción a sangre después de mucho tiempo.
Son las 19 horas del primer miércoles de enero y el termómetro todavía marca 35º. El asfalto quema. Pedalear en el centro de la ciudad es como andar descalzo en la arena seca de una playa. ¿Quién me mandó a hacer esto?, me pregunto, mientras de un trago termino la única botella de agua que traje.
En camino hacia el río, el color de la ciudad sigue siendo el celeste y blanco. Hace ya tres semanas que ganamos el campeonato del mundo, y sin embargo las banderas argentinas permanecen colgadas de balcones, ventanas, detrás de los vidrios y también en autos. Invento un juego sobre la marcha: contar cuánta gente me cruzo con alguna camiseta de la selección. En menos de diez cuadras ya tengo una estadística: una de cada ocho personas lleva puesta alguna casaca de Messi, Di María o Dibu Martínez.
Llego al río y de una vez por todas esto deja ser un martirio y pasa a ser un disfrute. Ya se siente la brisa del Limay. Los que están en cuero, en bikini, y bañándose en el río, operan en mí como una especie de aire acondicionado interno que me refresca con el sólo hecho de verlos. En realidad quisiera atar la bici y darme un buen chapuzón, pero hace un tiempo perdí la llave del candado. Aunque sienta que estoy en un lugar seguro, y pese a que me cruzo algún que otro policía en el camino, no quiero tentar a la suerte y tal vez tener que regresar a casa caminando. Así que el baño quedará para otra oportunidad. Sigo pedaleando.
De punta a punta, es decir desde el Balneario Brun de Duclot (en el límite con Plottier) hasta la Península Hiroki (confluencia de los ríos), la costa del Limay en Neuquén tiene una extensión de 14 kilómetros, y hoy puede recorrérsela de manera ininterrumpida. Parece mentira, pero hasta hace poco más de dos años existía sólo 1.5 kilómetros de paseo, y la mayoría de estos lugares eran inaccesibles y desconocidos por la mayoría.
Ahora lo aprovechan todos: este señor de más de 70 años que, con traje puesto, pesca con mosca desde adentro del río. También esta joven que posa en el agua y le pide al padre que le haga un book fotográfico; o esta pareja que viene caminando a toda marcha. El que no parece estar disfrutándolo del todo es este muchacho de tez bien blanca, que se olvidó de ponerse protector solar y ahora está más colorado que Messi el día de la caravana en colectivo por Buenos Aires.
Voy pedaleando por el balneario Brun de Duclot, donde el verano se huele. En apenas unos metros se siente olor a crema Hinds rosa, a OFF y a protector solar. Acá una manada de gansos caminan en fila por un césped recién cortado, y en el agua una fila de kayakistas completan un entrenamiento. Avanzó hacia San Julián, donde se está terminando el puente y el pavimento articulado que permitirá el paso vehicular, y donde hay tres miradores ideales para sacar alguna foto del majestuoso paisaje.
Son las 19.45 y sigo avanzando por Valentina Sur hacia la calle Solalique. Me cruzo con una familia que instaló una carpa y tiene bártulos como para pasarse una quincena. También me topo con dos jóvenes con atuendo gauchesco que andan a caballo por la bicisenda. Sigo, siempre en un cambio pesado. Durante todo el trayecto el camino es plano y perfecto. Así que señor, señora, no hay excusas ¿Cuándo piensa venir a hacerlo? No hace falta tener una súper mountain bike, se puede completar en una Aurorita, en una playera destartalada, o en las bicicletas públicas.
Yendo hacia la Isla Verde, ya pasé por varios sectores en donde un alambrado divide el espacio público de los barrios privadosde la zona. En todo el trayecto está lleno de álamos y sauces, yplantas de todo tipo y color. Hay un tramo de aproximadamente un kilómetro que es el único momento en el que no se ve el río; pero Inmediatamente después se llega a una especie de bosque donde reina la sombra. Al salir de esa selvita, al otro lado del Limay el paisaje nos convida una barda colorada, imponente. Sonará cursi y tal vez lo sea, pero no llevo auriculares porque acá no hay mejor música que el ruido de los pájaros, del viento ydel chapoteo en el agua.
Este lugar es nuestro y lo tenemos que cuidar. No como este grandulón que está prendiendo un fuego en un lugar no habilitado. Aprovecho la impunidad que me da el hecho de andar en la bici y a toda velocidad le grito: “A 500 metros tenés los fogones. Andá pa allá bobo”. No alcanzó a escuchar la puteada que me devuelve.
Pasó media hora desde que arranqué desde el Puente Balsa Las Perlas y ya estoy en el balneario Sandra Canale, que representa exactamente la mitad del Paseo Costero. A un ritmo normal, incluida alguna parada, la totalidad del paseo se completa en poco más de una hora.
En Gatica está empezando a caer la tarde y nadie quiere moverse de acá. Los vendedores de churros, rosquitas y helados siguen trabajando a full, la gente todavía no salió del agua y en esta parte del río que es bajita, niños y niñas juegan con inflables. Un poco más allá se armó torneo de Beach Vóley. El sector de fogones también está colmado.
Atravieso el trayecto de Leguizamón y el Río Grande, donde hay mucha más juventud que en el resto de los lugares. Acá abundan los parlantes, y el paisaje se va musicalizando con cumbias, trap y algún rock nacional. En la isla 132 dos gendarmes me avisan que aquí no se puede andar en bicicleta y me invitan a bajarme. En esto que se ha convertido una especie de duatlón, ahora camino 700 metros por la rambla, aunque también hubiese podido seguir en bici por los senderos internos de la isla.
En la rotonda de Linares empiezo a meterle ritmo. Para llegar a la Confluencia todavía me faltan recorrer 4 kilómetros, atravesar el sector de juegos infantiles, el club BPN, la Laguna Paimún, y hacer una parada estratégica en la hamacas del mirador de calle Obrero Argentino, que es un lugar espectacular y de visita obligada. Cerca de las 21 llego al portal de ingreso de la Península Hiroki, y me dicen que cerró a las 20. Mejor: será una excusa para volver pronto.
Ya de regreso a casa, voy pensando que esto no es sólo una vuelta en bicicleta: es un viaje a la infancia, una aventura, una experiencia sensorial, y una nueva confirmación de lo bien que hice en venirme a vivir a esta ciudad.