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Llegaron a Neuquén después de 11 días de viaje, se enamoraron de la ciudad y abrieron su propio foodtruck de comida venezolana

Aunque planeaban visitar la ciudad solo por tres meses, se quedaron y sacaron adelante un negocio desde cero.

En los últimos años, la gastronomía venezolana fue ganando un lugar en el paladar y en la mesa de los argentinos. Tequeños, arepas, empanadas y una infinidad de preparaciones que llegaron de la mano de miles de familias que cruzaron el continente cargando recetas, sabores y memorias. Dos culturas que, de a poco, fueron fusionando sus ingredientes y sus historias.

María de los Ángeles Madriz nació en Punto Fijo, Estado Falcón, Venezuela. Llegó a Neuquén en 2019 junto a su pareja Rosalba, después de once días de viaje por tierra. No conocían la ciudad, y el destino parecía tan austral como incierto.

Como para muchos extranjeros, Argentina era para ellas sinónimo de Buenos Aires: el Obelisco, el tango, Messi y Maradona. Pero eligieron Neuquén para visitar a la hermana de crianza de Ángeles, quien se había establecido en el sur hacía un tiempo.

Una visita que se volvió permanente

En un principio, habían planeado venir solo tres meses. Nada más. Pero Neuquén tiene una manera de hacer que la gente que la visita, ya no quiera irse. "Me dijeron cuando llegué que no tomara agua del río Limay, porque si lo hacía, me quedaba", recuerda Ángeles entre risas. No fue necesario. El cariño con el que las recibieron fue suficiente para que esos tres meses se convirtieran en siete años.

Viva la Arepa- Foodtrack venezolano (13)

Antes de que pasara mucho tiempo, la ciudad dejó de ser un destino y empezó a ser un hogar. Ángeles y Rosalba encontraron en Neuquén algo que no siempre se puede planificar: un lugar donde echar raíces y empezar de cero.

"Nuestro latir ya es neuquino", dice Ángeles, con una convicción que no necesita explicación. Para ella, Neuquén no es el lugar donde terminaron después de dejar Venezuela. Es el lugar que eligieron, aunque al principio no lo supieran.

La pandemia, el golpe que las impulsó

Cuando llegaron, encontraron trabajo rápidamente, de manera informal en carritos de comida. Pero en marzo de 2020, cuando el mundo se cerró de golpe, ese ingreso desapareció de un día para el otro. La pandemia las dejó en un momento de enorme fragilidad: recién instaladas, sin red de contención y una ciudad que había quedado en silencio.

Fue entonces cuando nació "Que viva la arepa". Primero desde la casa, como una alternativa para sumar algo de dinero. Los rellenos eran pocos, pero los sabores auténticos: carne, pollo, jamón y queso. Poco a poco, el boca a boca empezó a funcionar y el emprendimiento fue creciendo. Cuando la cuarentena llegó a su fin, se les abrió la oportunidad de sumarse al patio gastronómico de la Feria de Parque Central, los sábados al lado del gimnasio.

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Se instalaron con su gazebo y comenzaron a vender sus productos a un público cada vez más grande. "Ahí vimos el potencial que podíamos explotar", cuenta María de los Ángeles. "Y quisimos dar a conocer un poquito más de nuestra gastronomía." El menú creció hasta los 15 tipos de relleno: reina pepiada —pollo con palta—, bondiola, porotos, periquito —huevos revueltos con tomate y cebolla de verdeo—, salchichas en salsa golf, chorizo a la pomarola, ensalada rusa, guacamole, queso llanero y otras delicias.

A diferencia de otros emprendimientos, en "Que viva la arepa" tienen una regla de oro que las hizo populares desde el primer día: las arepas no tienen límite de relleno. El cliente las arma como quiere. "Nuestra recomendación siempre que es la primera vez es que no le coloquen tanto relleno, para que puedan degustar bien los sabores", cuenta Ángeles. "Pero hay algunos que ya conocen y se animan a combinaciones mucho más atrevidas”.

Los favoritos de los clientes

A pesar del nombre del emprendimiento, la propuesta de "Que viva la arepa" va mucho más allá. Pepitos —un sándwich tradicional venezolano relleno de carne y pollo cortados a cuchillo, con múltiples toppings—, hamburguesas y una variedad de preparaciones que fueron conquistando el paladar neuquino de a poco. Pero si hay un producto que se robó el corazón de los comensales patagónicos, es el tequeño.

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Los bastones de masa de maíz rellenos de queso que en Venezuela aparecen en cada cumpleaños, cada baby shower y cada bautismo son hoy protagonistas también en los eventos neuquinos.

"Fiesta sin tequeños no es fiesta", repite María de los Ángeles con la convicción de quien lo ha comprobado muchas veces. Y tiene razón: la tradición venezolana se trasplantó naturalmente al sur argentino. "Ahora hay gente que te dice: '¿Me podés preparar unos tequeños para el baby shower?', cuenta con una sonrisa que mezcla orgullo y ternura.

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Ver esa costumbre arraigarse en una cultura distinta es uno de los momentos que más la llenan de satisfacción. Un pequeño gesto que dice mucho: esta gastronomía ya no es ajena acá, ya tiene su lugar en la mesa.

La difícil decisión de dejar Venezuela

Antes de cruzar el continente, María de los Ángeles trabajaba en PDVSA, una de las empresas petroleras más grandes del mundo. Rosalba, por su parte, es técnica en administración de aduana y se desempeñaba en una fábrica. Llevaban años juntas, tenían trabajo y raíces profundas. Pero la realidad que atravesaba su país las hizo emigrar.

"Yo decía que no sabía quién era más valiente: la que se va o la que se queda", reflexiona Ángeles sobre el destino de sus miles de compatriotas venezolanos. "Porque la que se queda tiene sus costumbres, sus añoranzas. Pero la que se va tiene que meter en una maleta de 23 kilos sus sueños, sus anhelos, sus recuerdos, su familia", agrega.

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Uno de los golpes más duros llegó durante la pandemia, cuando su madre falleció de un infarto en Venezuela. Sin posibilidades de viajar, con el mundo encerrado y las fronteras cerradas, Ángeles no pudo despedirla. "Sentir que esos amores ya no están y que no hubo manera de nada", dice en voz baja. Es la herida que no cierra del todo, el precio silencioso de construir una vida lejos de casa.

Todo lo que Neuquén les dio

A pesar del dolor de dejar mucho atrás, si algo caracteriza a esta historia, es que Neuquén no solo las recibió, sino que les cambió la vida. Con el tiempo, la ciudad fue devolviéndoles lo que Venezuela les había quitado, de maneras que ninguna de las dos hubiera podido anticipar cuando iniciaron aquel viaje de once días.

Acá pudieron casarse, algo que su país hubiera sido imposible ya que el matrimonio igualitario todavía no está legalizado. En la ciudad también nació su hija, lograda a través de un tratamiento de fertilidad que les permitió cumplir el sueño de ser madres. "Neuquén nos dio bendiciones", dice Ángeles.

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Para María de los Ángeles, esta ciudad es "un diamante en bruto". Una provincia que recién empieza a mostrar todo lo que puede llegar a ser, en infraestructura, en gastronomía, en oportunidades. Y en ese crecimiento, ellas encontraron su lugar. No como visitantes de paso, sino como parte de lo que se está construyendo. "Aprendimos a amar esta ciudad", dice. "Y eso hizo todo muchísimo más llevadero”.

El sueño que sigue creciendo

El food truck es un escalón hacia lo que vendrá, cuenta con habilitación bromatológica, licencia comercial, y trabaja en eventos: han representado a Venezuela tres años consecutivos en las Fiestas de las Colectividades, participaron en tres ediciones de la Fiesta de la Confluencia y son parte habitual de Confluencia de Sabores, en el Jaime Nevares. Cada evento fue una puerta que ellas fueron abriendo una por una.

Pero la mirada de ambas apunta más lejos. Esta semana retomaron el servicio a domicilio, de miércoles a domingo desde las 19:30 hasta las 23:30, con un menú ampliado y para cuando llegue el frío, sopas tradicionales. La idea es seguir creciendo, seguir sumando y seguir apostando.

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"La idea es que más adelante podamos abrir las puertas de un local", dice con calma y determinación. "Tratamos con el corazón de hacer lo mejor posible", dice Ángeles, "para que cada persona que pruebe lo que hacemos sienta que la estamos invitando a nuestra casa”.

Y ese deseo se traslada en cada sabor, porque en cada arepa, no solo hay relleno: hay sueños, esfuerzo, cultura y familia.

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