En los discursos de este año se observan similitudes en el diagnóstico general, pero con diferencias muy marcadas en el tono y los objetivos políticos.
El 1º de marzo es una fecha institucional de gran relevancia tanto a nivel nacional como provincial. En la apertura de sesiones legislativas, los respectivos titulares de los poderes ejecutivos cumplen con una formalidad constitucional ante los demás poderes y la sociedad, al mismo tiempo en que presentan un balance de gestión, fijan prioridades y exhiben su interpretación sobre el presente y el rumbo que proponen. Para los catadores de política, es un momento muy interesante de rendición de cuentas, pero también de definición de sentido.
En los discursos de este año se observan similitudes en el diagnóstico general, pero con diferencias muy marcadas en el tono y los objetivos políticos.
Ambos mandatarios partieron de una descripción crítica de la situación heredada de gestiones anteriores y de la necesidad de ordenar el funcionamiento del Estado. La apelación a la austeridad, la eficiencia administrativa y la transparencia aparece como un gran punto en común, donde la cuestión moral - aunque por momentos pasa desapercibida en los discursos-es la columna vertebral de ambos gobiernos. En los dos casos, la idea de brindar “orden moral” funciona como base de legitimidad frente a una sociedad que desde el año 2023 demanda como nunca en la historia, el fin de la impunidad, de los privilegios de unos pocos sobre la mayoría y mayor responsabilidad en el manejo de los recursos públicos.
Sin embargo, la forma en que ambos conciben la dirección del Estado aparece como primer gran diferencia.
El discurso presidencial giró alrededor de una idea de transformación profunda que implica un cambio de paradigma absoluto: terminar con el intervencionismo estatal para dar lugar a un modelo extremo de liberalismo económico, como condición necesaria para cualquier otra política pública. El énfasis estuvo puesto en el equilibrio fiscal, la reducción del tamaño del Estado y la necesidad de modificar reglas estructurales del funcionamiento económico argentino.
Para el gobernador Figueroa, en cambio, el eje estuvo en la administración del Estado y no en su eliminación: ordenar cuentas provinciales, sostener obras, fortalecer servicios y mejorar la capacidad de las instituciones para dar respuestas directas. La lógica no es la de una refundación como la que propone Milei, sino la de una gestión que bajo su lema “ordenar para distribuir”, busca eficiencia sin resignar presencia estatal en áreas sensibles como infraestructura, salud, educación y acompañamiento social y productivo, siempre y cuando se sostenga la coherencia fiscal, a la cual Figueroa dedicó el inicio de su discurso, mostrando significativas mejoras respecto de sus antecesores.
El otro punto de mayor diferencia entre ambos mandatarios sin dudas fue la forma de usar la palabra.
En el discurso del presidente Javier Milei predominó un tono extremadamente confrontativo, incluso más de lo habitual para su propio estilo, por momentos cercano al comportamiento de un hincha en una grada del fútbol argentino. En esta ocasión eligió no hablar como un jefe de Estado, sino evocar el estilo original de “león furioso” que exhibía en los paneles televisivos de sus inicios políticos. El mensaje estuvo lleno de insultos y provocaciones dirigidas principalmente al kirchnerismo y a la izquierda, con apelativos como “zurdos, chorros, ignorantes, cavernícolas”, y derivó en intercambios de gritos con legisladores opositores que, algunos sospechan fueron calculados para generar impacto mediático. Un efecto que, en el corto plazo, le permite desviar la atención mientras avanza con un ajuste económico que, aunque pocos duden que es necesario, cada vez se percibe con mayor intensidad en el bolsillo del argentino promedio, poniendo en riesgo la gobernabilidad y la legitimidad.
El llamado de Rolando Figuera en cambio, se dirigió con calma, a una identidad neuquina más amplia, con énfasis en la cooperación, la integración y en la defensa de intereses locales por encima de alineamientos partidarios.
Una última distinción relevante aparece en la temporalidad que cada uno propone. El mensaje nacional apunta hacia una transformación a largo plazo que implica una lucha con presente para alcanzar un nuevo orden. El provincial, en cambio, se centra en la resolución gradual de problemas actuales y concretos, con metas acumulativas más que rupturistas, que se evidencian en porcentajes inmediatos de reducción de deuda, kilómetros de rutas, metros cuadrados de escuelas y hospitales y crecimiento de la producción y la economía.
En definitiva, los discursos no sólo han reflejado estilos personales muy distintos, sino también las responsabilidades que le corresponden a cada nivel de gobierno, que en al pasado estaban desdibujadas y que en el presente están más claras: La Nación debate modelos económicos y redefine marcos generales. La Provincia gestiona cercanía, servicios y desarrollo territorial, lo que desde la perspectiva de una provincia con valiosos recursos naturales como es Neuquén, que necesita de reglas claras al mismo tiempo que acompañamiento institucional, parece ser una buena combinación.
Por eso, más que contradictorios, los mensajes resultan complementarios donde uno intenta rediseñar las reglas del país y el otro se ocupa de que, en ese contexto cambiante, la provincia funcione, crezca y sostenga gobernabilidad no dejando a nadie afuera.
La apertura de sesiones del 2026 mostró que la política habla desde el lugar donde se ejerce un poder, que ya ha iniciado la carrera por la reelección. Tanto Javier Milei como Rolando Figueroa hablaron ya no sólo como mandatarios en ejercicio, sino como dirigentes que comienzan a validar gestión, resultados y liderazgo ante una sociedad que será nuevamente convocada a las urnas en breve.