Pasó de sostener su taller “Flor del Lis” y criar a sus cuatro hijos a recibirse en Córdoba con nota máxima. Hoy ejerce y además piensa estudiar Escribanía para seguir creciendo.
Hay mujeres que cosen sueños con hilo y aguja. Otras los bordan con leyes y palabras. Malen “Male” Villagrán Marichalar hizo ambas cosas.
Nacida y criada en Centenario, pasó de medir telas en su taller “Flor del Lis” a estudiar códigos en la madrugada, con un bebé en brazos y apuntes sobre la mesa de la cocina.
Fue madre de cuatro hijos antes de los 34, costurera por oficio, y abogada por convicción a los 36 años. Terminó la carrera en tres años, cuando lo habitual son cinco. Y cerró con un 10 en su examen final el 13 de mayo de 2026 en Córdoba.
Su historia no es la de un talento precoz ni la de una vida sin obstáculos. Es la de una mujer que decidió que “tarde” no existe cuando hay propósito. Que transformó cada obstáculo en puntada firme. Que les mostró a sus hijos, a sus vecinos y a decenas de mujeres que la vieron en redes, que el límite está más en la mente que en la realidad.
Hoy, cuando le preguntan cómo definiría este capítulo, responde sin dudar: “Libros, maternidad y propósito”. Y agrega: “Mamá, abogada y soñadora sin límites. Porque los límites están solo en la mente”.
El primer mensaje que Male quiere dejar es claro: que nadie se crea que ya es tarde. “Ojalá mi historia pueda servir para motivar a otras personas, a otras madres, a otras mujeres, a perseguir sus sueños y sus metas. Muchas veces uno piensa que no puede, que ya es tarde”, afirmó. Luego agregó que “yo creo que gran parte de toda esta fortaleza está dentro de uno mismo. Y cuando hay pasión, perseverancia, disciplina, sobre todo, se puede. Sí, se puede lograr”.
Para ella, recibirse no fue solo un logro académico. Fue una forma de elegirse.
“Durante mucho tiempo las mujeres normalizamos postergarnos. Nos ocupamos de todo y de todos, y después de nosotras mismas”, reflexionó. “Esta carrera me enseñó que también merecemos elegirnos, crecer y construir nuestros propios proyectos. Siento que mis hijos no solo vieron a una mamá estudiar, sino a una mamá luchar. Y creo que esa es una de las enseñanzas más lindas que puedo dejarles”, añadió con mucho orgullo.
Por otra parte, agradeció a la Universidad Siglo 21, donde cursó en el CAU Neuquén, por permitirle sostener los roles de madre, trabajadora y estudiante. “Encontré una institución que me permitió estudiar, crecer y cumplir. Las herramientas que me brindaron hicieron posible que muchas personas como yo, con responsabilidades, accedan a una carrera universitaria que antes parecía lejana”, manifestó. Hoy sus hijas la llaman “Dra. Mamá”. Y esa frase resume todo lo que buscaba.
Antes de entrar a una sala de audiencias, Male ya sabía lo que era medir, cortar y coser un futuro a fuerza de trabajo. Nació y creció en Centenario. Hizo la primaria en la Escuela 277, donde su mamá Griselda Marichalar trabajó como auxiliar de servicio hasta jubilarse. La secundaria la cursó en el CPEM 50.
En 2013 se formó en el Centro de Formación Profesional de su localidad y lanzó su emprendimiento “Flor del Lis”. “Hacía ropa a medida, pijamas, camisolines, mochilas, guardapolvos, pecheras, trajes de murga y vestuarios de baile. Incluso había personas que me compraban para revender”, recordó con nostalgia. Con el tiempo se perfeccionó en ropa de niño, uniformes, lencería y marroquinería.
Esa etapa la marcó más que cualquier materia: “Fue una etapa muy importante de mi vida porque me enseñó muchísimo sobre el trabajo, la constancia y el esfuerzo”, señaló. Durante la pandemia usó ese saber para donar barbijos a taxistas y bomberos de Centenario.
El oficio le dejó algo más profundo que ingresos: le dejó carácter. Y le demostró que podía sostener un proyecto propio, aunque la vida fuera intensa.
Su papá, Carlos Villagrán, conocido por todos como “Charly”, es jubilado municipal. La vida los separó en su niñez, pero se reencontraron cuando Male tenía 14 años.
“Con mi papá, aunque la vida nos puso en caminos diferentes, siento que contribuyó mucho en la persona que soy hoy. De él heredé el interés por el derecho, por mirar la realidad con pensamiento crítico y objetivo. Son temas que compartimos mucho cuando nos vemos y que despertaron en mí una gran pasión”, detalló con profunda admiración. Llevar su apellido llegó recién en la adolescencia, y así lo refiere: “Lo tomé y lo llevo con mucho orgullo”.
Su mamá, Griselda, fue quien sostuvo la casa. “Ella me crió sola durante gran parte de mi vida. Y sinceramente creo que lo hizo muy bien. Me enseñó a ser fuerte, valiente, trabajadora y a nunca bajar los brazos frente a las dificultades”, reconoció. Griselda fue auxiliar en la misma escuela donde Male hizo la primaria. Hoy su hija es la primera profesional universitaria de la familia. Male tiene seis hermanos varones: uno mayor y cinco menores, el más chico aún en primaria. Todos trabajan.
“Siento que este logro no es solamente mío, sino también de toda mi familia y de todo el esfuerzo que hubo detrás durante estos años. Tanto mi mamá como mi papá, cada uno desde su lugar, dejaron enseñanzas importantes y formaron parte del camino que me trajo hasta acá”, resaltó con beneplácito.
Si hay algo que Male repitió en cada tramo de la entrevista es que no lo hizo sola. “Mis hijos realmente fueron una parte fundamental de todo este proceso”. Su pareja, Nicolás Salgado, fue el pilar que sostuvo la casa. “Me tuvo muchísimo amor y paciencia durante este proceso donde muchas veces tuve que dividirme entre la maternidad, el trabajo y el estudio. Ellos siempre estuvieron acompañándome”.
Las gemelas Emily y Zahira de 16 años, más conocidas como “los gemes”, Alex de 9 y la pequeña Maiden de 2, crecieron viéndola estudiar en cualquier rincón disponible.
“Con mis hijas nos acordábamos hace poco que yo las llevaba a sus clases de violín y mientras las esperaba me quedaba estudiando con mis apuntes. También recuerdo cuando mi nena chiquita estaba en período de adaptación en el jardín: yo me sentaba afuera, en el piso, y aprovechaba ese tiempo para estudiar”, detalló algunos fragmentos del proceso del desarrollo de la carrera. Luego agregó: “Creo que ellos crecieron viendo todo ese esfuerzo y eso también me emociona mucho”.
El sostén también vino de afuera. Rocío, su amiga, mantuvo la amistad a la distancia y celebró cada logro. Tania, otra amiga, inició Abogacía inspirada por su historia. “Para mí tiene un significado enorme. Siento que de alguna manera mi historia pudo demostrarle que sí se puede”, admitió.
Terminar la carrera en tres años no estaba planeado. Se fue dando. “La carrera normalmente dura entre cuatro años y medio y cinco, y mientras el promedio suele ser de 12 materias anuales, yo llegué a cursar 18 materias por año más 3 materias de verano. Así fue como en enero de este año pude completar las 45 materias y rendir mi último examen final”, explicó. Y finalmente llegó el viaje para la “función” final. “El viaje a Córdoba fue con ansiedad, nervios y mucha felicidad. Ya era lo último de la carrera, había llegado el gran momento. Viajé con mi pareja Nicolás mientras mis hijos se quedaron acá, y justo coincidió con el cumpleaños de mis hijas gemelas, así que fue un viaje muy movilizante. Fui y volví enseguida”, repasó. Seguidamente recordó que “cuando terminé, sentí una mezcla de alivio, orgullo y emoción. Y más aún con la certeza de que mi nota del examen final había sido un 10”.
Hoy ya ejerce. “Actualmente estoy en el estudio jurídico donde realicé mi práctica profesional. Comencé la pasantía el año pasado y ahora continúo colaborando, adquiriendo experiencia y aprendiendo muchísimo en el ejercicio práctico de la profesión. Acompañada de colegas que son maravillosas y ya pudiendo ayudar y asesorar a personas desde mi rol como abogada”, manifestó.
El título lleva dedicatoria: a sus hijos, a Nicolás y especialmente a su mamá. Al respecto expresó: “Creo que detrás de este título también está gran parte de su esfuerzo y de todo lo que me transmitió como madre. También siento que es un logro muy personal. Porque detrás de este título hay muchísima disciplina, perseverancia y años de creer en un sueño incluso cuando parecía difícil”.
A quienes dudan en empezar, Male les habla sin vueltas. “A quienes quieran estudiar Abogacía les diría que, si realmente sienten vocación y pasión por la profesión, ¡que lo hagan! Porque el derecho no es solamente aprender leyes o estudiar códigos. También implica desarrollar sensibilidad humana, aprender a escuchar, comprender realidades distintas y muchas veces acompañar personas en algunos de los momentos más difíciles de sus vidas”, remarcó.
Su consejo principal es no esperar el momento perfecto. “No esperen tener la vida resuelta para empezar. Muchas veces creemos que primero tienen que acomodarse las circunstancias, tener tiempo, estabilidad o menos problemas, pero la realidad es que la vida sigue pasando mientras uno espera. Y a veces el verdadero cambio empieza justamente cuando uno decide avanzar aun con miedo”, dijo con mucho conocimiento de causa. Para ella, la carrera fue transformación personal. Así lo definió: “Me enseñó disciplina, carácter, paciencia y también a confiar más en mí misma. Creo que eso es lo más valioso del estudio: la persona en la que uno se convierte durante el camino”.
Y dejó una última idea: “Lo más importante es no compararse con los demás y entender que cada persona tiene su propio ritmo y su propia historia. El límite muchas veces está más en la mente que en la realidad”. Ahora espera su título físico y se prepara para estudiar Escribanía, sin dejar de ejercer como abogada.
Así es como Male Villagrán Marichalar pasó de coser guardapolvos a redactar escritos. De llevar a sus hijas a violín a estudiar en el piso de un jardín. De ser “la hija de Griselda” a ser “Dra. Mamá”. No fue un camino lineal ni planificado. Fue un camino de decisiones chicas tomadas todos los días: estudiar mientras los chicos dormían, cursar en verano, decir que sí cuando daba miedo. “Siento que toda mi historia, mi familia, mis trabajos y las distintas etapas de mi vida fueron formando la persona que soy hoy”, declaró con emoción.
Hoy, con 36 años, mira hacia atrás y entiende que cada etapa fue necesaria. Y mira hacia adelante con la misma frase que la sostuvo siempre: los límites están solo en la mente.