Marina Castañeda recién se enteró de que estaba haciendo historia cuando le propusieron dar una entrevista a LMNeuquén. Tomó su ascenso laboral con tanta naturalidad que no le dio demasiada importancia al detalle de que era la única mujer entre un grupo de 10 o 12 personas que trabajan a contrarreloj en la pista de aterrizaje del Aeropuerto de Neuquén para garantizar que cada avión despegue con todas las medidas que garantizan un vuelo seguro.
Aunque sus padres nunca se lo inculcaron, a la joven neuquina de 30 años siempre le fascinaron los aviones. Ahora que ella y su hermano trabajan en la pista de aterrizaje del Aeropuerto Presidente Perón, se anima a pensar que quizás haya algo en su torrente sanguíneo que le hace palpitar más fuerte el corazón cada vez que se enciende una turbina. Y puede que sea cierto: su abuelo había sido integrante del aeroclub local, pero falleció cuando ella tenía apenas un año, por lo que no llegó a transmitirle su amor por la aeronáutica.
Como siempre fue fanática de los idiomas, su primera vocación fue el profesorado de inglés. A Marina sí le gustaban los desafíos lingüísticos, pero entendió más adelante que la tiza y el pizarrón no iban a ser sus aliadas del mundo laboral, por lo que dio un volantazo para llegar más cerca de sus sueños, que estaban en el aire.
"Tuve la posibilidad de entrar al aeropuerto gracias a mi hermano. Yo tenía hecho el curso de tripulante y otros de ventas, pero por lo general los que entran al aeropuerto son los que ya tienen más experiencia en el tema", relató en una entrevista con LMN. Gracias a él, que trabaja en la pista para la empresa Flybondi, Marina se pudo interiorizar en el mundo de la aeronáutica a mayor velocidad, hasta estrenar el primer puesto de "rampera" de todo Neuquén.
"Empecé como agente de tráfico, en vínculo con los pasajeros, era la que chequeaba el equipaje, lo despachaba o controlaba la documentación", explicó la joven. Cuando la empresa que la contrató le ofreció la posibilidad de hacer un curso de supervisora de carga, no lo dudó, incluso a sabiendas de que se trataba de un trabajo estresante.
Marina trabaja para Swissport, una empresa que presta servicio a Jetsmart, y se dedica a garantizar que todos los aviones despeguen de la pista neuquina en las condiciones adecuadas. Para eso, llega tres horas antes del despegue y sigue una lista eterna de protocolos, que incluyen una comunicación precisa con el comandante que va a pilotar la nave.
En primer lugar, debe saber cuánto combustible trae el avión y cuánto hay que pedir a la petrolera YPF para reponer la carga. Después, se ocupa de verificar que la carga del equipaje siga la planificación que lleva impresa en una lista generosa de planillas. Cada carga debe ir a la bodega y el compartimento designado: tanto el equipaje de los pasajeros como las cargas particulares o de correo.
Una vez que el avión está cargado y que los pasajeros ya hicieron el embarque, tiene unos minutos escasos para iniciar el retroceso y poner en marcha los motores. Cuando comprueban junto al comandante que la seguridad del vuelo está garantizada, el trabajo de Marina se da por terminado.
La joven cumple jornadas de cuatro u ocho horas, según tenga que supervisar uno o dos vuelos. Aunque la cantidad de vuelos depende en parte de la planta de personal disponible en cada momento, la mayoría de los trabajadores están adaptados a cumplir horarios que parecen ir a contramano del mundo. Por eso, Marina agradeció el apoyo de su novia, sus amigos y su familia, que toleran sin chistar cada vez que se pierde un evento importante para estar presente en la plataforma del aeropuerto.
Aunque la empresa que la contrató le provee la indumentaria y los elementos de seguridad necesarios, Marina admitió que las temperaturas extremas se sienten con dureza en el asfalto de la pista neuquina. "No hay nada de reparo para el sol en verano, y el frío también es complicado", dijo y agregó que se resignan a mojarse en los días de lluvia, ya que los vuelos sólo se modifican cuando hay tormentas eléctricas.
"Con la niebla, por ejemplo, el aeropuerto tiene que cerrar porque hay muy baja visibilidad", dijo y agregó: "Muchas veces la gente se enoja porque le cambian el vuelo, pero son decisiones que se toman porque siempre se prioriza la seguridad de los pasajeros". Parte de esa seguridad está pautada por el rol fundamental que cumple Marina en momentos de pura concentración.
Si bien Marina no tenía el prejuicio de ver a las plataformas de los aeropuertos como ambientes masculinos, descubrió con rapidez que era la única mujer en todo el equipo. Sin embargo, aseguró que nunca sintió un trato hostil o diferente por parte de sus compañeros varones. Por el contrario, muchos colaboran con ella para evitar que se pierda algún detalle en sus primeros meses de aprendizaje.
Uno de sus compañeros, Juan Osores, se convirtió incluso en su padrino para iniciarse en la actividad. "Él me dijo que tenía la personalidad para estar en la rampa y fue el primero en confiar en mí", dijo y agregó que su colega la motivó a capacitarse para ir más allá de su trabajo de atención a los pasajeros.
"Nunca me preocupé por ser la primera o ver de romper un estereotipo, me lo tomé como un trabajo nada más", dijo pero agregó que pronto empezó a notar que su presencia era llamativa. Así, vio cómo muchas personas le sacaban fotos al verla tan cerca de los aviones y con los chalecos fluorescentes que identifican a los ramperos.
"Siempre me trataron con mucho respeto", dijo sobre la convivencia con los 10 o 11 varones que, en muchos casos, deben seguir sus órdenes al pie de la letra para garantizar la seguridad de cada pasajero y la tripulación en los vuelos que operan.
"No se conoce mucho lo que hace una supervisora de cargas y cada vez que se enteran de lo que hago me felicitan", dijo Marina, que aclaró que sueña con trabajar toda su vida en un aeropuerto. "Es un trabajo hermoso, ojalá más mujeres lo conozcan y lo empiecen a hacer", dijo sobre su anhelo de lograr equidad en la plataforma.
Marina no se imagina un futuro sin aviones. Tanto ella como su hermano sintieron, desde muy chicos, la curiosidad por la aeronáutica. Por eso, dice que tiene "clarísimo" que quiere trabajar en un aeropuerto toda su vida, incluso cuando todavía le queda pendiente la posibilidad de cumplir algún rol arriba de las aeronaves.
"Soy muy nueva en el rubro y tengo mucho para aprender y crecer", dijo la joven, y agregó que trabajar en un aeropuerto más pequeño le permite fundar las bases para pasar luego a los aeropuertos más dinámicos del país, como los de Aeroparque o Ezeiza, donde se vive una adrenalina mayor por la cantidad de operaciones y el tamaño de los aviones.
Cuando se inició en la actividad, se sorprendió al aprender que el avión tenía más de una bodega y que no se trataba de espacios abiertos sino que estaban separados en compartimentos. Así, se introdujo en el detrás de escena de un mundo que le resultaba tan fascinante como desconocido.
Consideró que su trabajo es estresante y, con la experiencia conseguida hasta, logró comprobar que pequeñas fallas en la comunicación -que muchas veces es por señas- puede traer consecuencias que demoran los vuelos. Sin embargo, aseguró que esa adrenalina y ese contacto diario con los aviones compensa los momentos familiares sacrificados y el estrés por cumplir un protocolo estricto en pocos minutos.
Así, leyendo señales precisas con pura concentración, enfrentando la lluvia, el frío o el calor extremo y esquivando atenta cualquier factor de peligro que implica trabajar en la pista de un aeropuerto, Marina logró abrir surcos para otras mujeres, que encuentran en una plataforma de avión otra alternativa para tener su pista de despegue.