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Morir para enseñar: la "Locomotora" Oliveras y una lección sobre la finitud de la vida

Con su propia muerte, la boxeadora confirmó lo que siempre pregonaba: la importancia de vivir a pura intensidad.

Alejandra “Locomotora” Oliveras murió este lunes, 14 días después de haber sufrido un ACV isquémico. Desde que se conoció su grave estado de salud, la opinión pública abandonó las miradas prejuiciosas sobre su imagen y se olvidó de sus declaraciones polémicas y su posicionamiento político para volver a conmoverse con su dura historia de superación.

Su vida ocupaba todos los titulares: a los 11 años manejaba un tractor para ayudar a su familia en el cultivo de maní y, de adolescente, aprendió a dar golpes para defenderse de una pareja que la violentaba durante su embarazo.

Sus músculos, a veces cuestionados por darle un aspecto de masculinidad, le salvaron la vida más de una vez: para escaparse de una pareja violenta, para ganarse el pan como madre sola y para llegar a los títulos mundiales a través del boxeo, que la apasionaba desde la niñez.

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La exboxeadora había sufrido un ACV isquémico hace dos semanas y permanecía en terapia intensiva.

Aunque competía en un deporte de riesgo, la Locomotora hizo un templo de su cuerpo y entendió que tener salud es el equivalente a ser multimillonaria. Pero incluso así, apostando a la vida sana, la muerte la encontró más temprano que tarde, como confirmando la lección que ella quería darle al mundo.

Y es que la boxeadora era, quizás, la figura pública más consciente de su propia finitud. “Me voy a morir”, decía en sus charlas motivacionales: no como un presagio sombrío, sino como una certeza del privilegio que tenía por cada minuto despierta, cada bocanada de oxígeno, cada experiencia vital.

“Nos creemos inmortales y mañana nos morimos. Y cinco minutos antes nos arrepentimos de todo lo que no hicimos”, dijo ella, que en sus 47 años nunca se quedó con las ganas de nada.

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Más allá de sus títulos mundiales y su carrera como oradora, Oliveras soñaba con abrir gimnasios en barrios carenciados para cambiar otras vidas como la suya, con tener su propio programa de televisión o transformar la realidad a través de la política.

Y pese a su repentino final, sus sueños no quedaron inconclusos. Porque consiguió, con su propia muerte, transformar el mundo con una lección más importante: la de ver al tiempo como un privilegio que se mide por instantes valiosísimos y la vida no como un derecho garantizado, sino como un recurso escaso, inexorablemente caduco, que debe vivirse con la más absoluta intensidad.

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