Tiene 82 años, más de 60 en el oficio, y sigue en actividad. Es el más famoso y el más longevo entre los mecánicos de bicicletas. Su lado inventor, las reparaciones que hizo para motos del Dakar, su laboratorio donde no cabe un alfiler y su mejor aliada: la roseta.
A Osvaldo Remigio Scorolli casi nadie lo conoce por su nombre. Sin embargo, si acá en Neuquén alguien dice Pirincho, todos saben que están hablando del rey de los bicicleteros. A sus 82 años, y con más de seis décadas en el oficio, es el más grande en su rubro y no precisamente por la edad. Es que este señor es capaz de arreglarlo todo. Rodados viejos y nuevos; de carrera, mountain bike y de paseo; oxidados o eléctricos. También monopatines. Todo lo repara. Y no sabe de imposibles. Si le falta alguna herramienta para hacer un arreglo, entonces el hombre pone todo su ingenio al servicio y la inventa. “Siempre trato de solucionar el problema. La misma necesidad te obliga a usar el bocho, y eso es lo más lindo que tiene este trabajo”, dice Pirincho, el bicicletero neuquino que se convirtió en leyenda.
Tanto le gusta lo que hace que, a pesar de estar jubilado, no hay día en que Pirincho no vaya a trabajar. En su bicicleta recorre los cuatro kilómetros que separan a su casa del local, un trayecto que hace dos veces por día porque en la bicicletería hacen horario cortado: “No puedo dejar de venir”, jura Pirincho, quien suele trasladarse por la bicisenda de calle 12 de septiembre, al costado de la vía. “Tenía auto, pero lo vendí. Lo que me gusta es la bici”, dice Pirincho, quien fiel a su rubro y su pasión tiene cuatro: tres todoterreno y otra de ruta.
En su taller emblemático, a simple vista todo parece ser un caos: para entrar hay que esquivar triciclos, monociclos, monopatines, bicicletas de carrera, otras con dínamo y mountainbike. Hay de todo tipo y color. Los clientes retiran diez bicicletas y entran otras veinte que desbordan el espacio. También hay cámaras a medio inflar colgadas de los techos, fuentones de agua para revisar pinchaduras. Hay ruedas, grasa, piñones sueltos, coronas. Pero Pirincho sabe exactamente donde está cada cosa. De hecho no se le pierde ni un tornillo. Es un genio loco, con los pelos despeinados (de ahí que una tía le puso el apodo por la similitud con el pájaro) y este es su laboratorio donde inventa, hace soldaduras, cuadros de bicicletas, reparación integral, arma ruedas, las centra. “Todo lo que hago me encanta”, dice este nacido y criado en Neuquén, quien aprendió el oficio de su papá, Alfredo.
Aquellos primeros pasos en la reparación y venta de repuestos de bicicleta los hizo a principios de la década del 60, en un local que su papá alquilaba en la calle Mitre. Era una Neuquén muy distinta a la que conocemos ahora: muchas calles de tierra, pocos autos, muchas bicicletas, y sobre todo mucha menos gente. Cuando su padre murió, con sólo 20 años se hizo cargo del negocio familiar, y varias décadas más tarde pudo mudarse a un local propio, que es el que hoy sigue teniendo en la calle San Martín casi esquina Gatica. “Mi padre tenía mucha experiencia y me enseñó todo. Cuando murió tuve que hacerme cargo de mi madre y de mi hermana menor, que en ese entonces estaba estudiando”, recuerda.
Siguiendo la tradición y el legado familiar, así como su padre le enseñó a él, Pirincho también le transmitió todo su conocimiento a su hijo Claudio Alfredo quien, además de llevar en el documento el nombre de su abuelo, lleva la misma pasión por el ciclismo y por el oficio de bicicletero. Hoy que tiene 50 años, esta tercera generación de Scorolli es el encargado de mantener el negocio familiar, y hace más de treinta que trabaja codo a codo junto a su papá. “Es muy lindo compartir con mi viejo, estar con él. Inventamos muchas cosas juntos, herramientas que cuestan conseguirlas y las fabricamos nosotros”, dice Claudio, el segundo de los cuatro hijos varones que tiene Pirincho. El clan se completa con Leonardo, arquitecto que estudió en Córdoba; Nicolás, profesor de educación física y fanático de la bicicleta; y Gustavo, que heredó de su padre la pasión por la soldadura y tornería.
Pirincho le debe mucho a la Pachamama: los tomates que cultiva en el patio de su casa, la incontable cantidad de plantas que tiene, pero sobre todo le debe por la roseta, que apenas terminado el verano se desprende de la planta y vuela, el agua la arrastra, y generalmente va a parar a las cubiertas de los ciclistas: “Son épocas en las que vienen a parchar uno atrás de otro. Es mi gran aliada” dice Pirincho entre risas y agrega, “tenía ganas de hacerle un cuadro y ponerle San Roseta”.
Esta leyenda viva del ciclismo neuquino tiene un récord con el que tranquilamente podría competir en el Guinness. Si se tiene en cuenta las diez bicicletas que aproximadamente parcha por día, con más de sesenta años en el oficio tiene un promedio histórico de alrededor de unas 200 mil reparaciones de cámaras. Una verdadera locura, que este hombre humilde minimiza. “La reparación de una pinchadura es algo sencillo. Lleva unos minutos nomás”, dice el experimentado bicicletero.
A él lo que le gustan son los desafíos complicados. Los trabajos difíciles. Tal vez por esto es que tantos clientes lo elijen para que les repare llantas de motos BMW. De hecho le llegan de La Pampa, de Buenos Aires y de todo el país. “Es el mejor centrador de llantas de moto que jamás se haya visto”, dice su amigo Goyo, y Pirincho se ríe con timidez. Tan bueno es, que cuando el Dakar pasó por Neuquén le llevaron una rueda casi desarmada para que hiciera su magia. Unos mecánicos llegaron desesperados buscando una solución urgente y, como no podía ser de otra manera, Pirincho lo solucionó.
Este hombre sabio, que hace andar todo sobre ruedas y al que nunca se le sale la cadena, le agradece a la vida por todo lo que le dio y por todo lo que le sigue dando: un amor, Leonor, con la que lleva 53 años de casado a pesar de que a ella no le gusta andar en bicicleta. Una familia unida. Un oficio que le encanta, una salud privilegiada; un negocio con el que pudo darle estudio y trabajo a sus hijos; y grandes amigos que lo visitan a diario en la bicicletería, como Goyo y el Enano por mencionar a algunos, que mientras transcurre esta entrevista ceban mates en el negocio. “No tengo cuentas pendientes. Tal vez me hubiese gustado haber podido viajar un poco más, pero la verdad es que soy una persona muy feliz”, concluyó.