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La historia de Témpano: la locura de Lilo Ligato que trajo el hielo de Las Vegas a las bardas neuquinas

En los años 80, cuando el corredor Leloir era solo un rastro de tierra, un inmigrante calabrés y su socio, Emilio Fernández, cumplieron un sueño imposible. Entre golpes, patines afilados, y el misticismo de "Los Panteras", la historia de la única pista de hielo que tuvo la capital.

Era el "tío loco" de las ideas. Allí donde el resto veía imposibles, él veía una oportunidad. Con esa mezcla de observación aguda e imaginación desbordante, Pascual Lilo Ligato logró que miles de neuquinos atesoren hoy en su memoria un pedazo de Témpano, la primera y única pista de patinaje sobre hielo que tuvo la capital. Su socio y amigo de toda la vida, Emilio Fernández, lo acompañó en aquella odisea que hoy parece de película.

El predio se ubicó en la intersección de Leloir y Santa Fe durante la década del 80. Por entonces, el actual corredor Leloir-Dr. Ramón era apenas un hilo de tierra rodeado de bardas y desierto, con los históricos monoblocks como únicos testigos de una escenografía totalmente desértica, en donde los cardos rusos no tenían límite de velocidad cuando soplaba el viento.

Témpano abrió sus puertas en 1987 y se convirtió, de la noche a la mañana, en el epicentro social de la ciudad. Fue un punto de encuentro para familias, jóvenes y niños, pero sobre todo un "boom" exótico para una zona donde el hielo era algo que solo se veía en las rutas congeladas del sur de la provincia o el freezer. Casi nadie sabía controlar esos patines de cuchillas afiladas; fueron miles los que se golpearon contra el suelo y otros tantos los que descubrieron el placer de deslizarse. El furor fue tal que Neuquén llegó a tener su propio equipo de hockey: Los Panteras.

De Calabria a la Patagonia

Detrás del mito de la pista de hielo hay una historia de migración y esfuerzo. Vanina Forquera, sobrina de Lilo, reconstruye el árbol genealógico de esta aventura que comenzó en Calabria. Lilo llegó a la Argentina con apenas seis años, junto a sus padres —José “Pepe” Ligatto y Giuseppina— y sus hermanos.

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A mis abuelos les dieron como destino Villa Regina en 1956, porque en esa época la Ley de Migraciones te marcaba el rumbo. Estuvieron un año allá y después finalmente llegaron a Neuquén”, relata Vanina. En la capital los esperaba el calor de los paisanos: familias como los Maiolo, Mandalari o Gualtieri ya habían tendido sus redes. “Mi nono fue un verdadero aventurero al venir hasta acá después de haber sobrevivido a la Segunda Guerra Mundial”, añade.

Pioneros del comercio

Antes de la utopía del hielo, los Ligatto dejaron su marca en el comercio local. Instalaron el primer autoservicio sobre la calle Mitre, entre Tierra del Fuego y Santa Cruz. “Pasé el año pasado y la propiedad ya fue demolida. Era la cuadra donde hoy está el Tribunal de Faltas; yo viví de chiquita en esa casa. Ahí había un conocido restaurante que se llamaba La Familia”, recuerda Vanina con nostalgia.

En ese tiempo, entrando en la década del ’70, El Viejo Almacén era otro de los autoservicios que se convirtió en histórico marcando una época y a gran parte de la sociedad.

Las cámaras frigoríficas, protesta vecinal y el salto a lo increíble

Según la abogada, su tío era un “changarín”, que supo levantaba frutas y verduras. Con los años llegó a tener su propio galpón de hortalizas: “Empezó bien de abajo, cargando cajones. Y después puso su galpón que se llamó Los Andes”. El depósito se encontraba en Luis Beltrán 367, en donde luego funcionó PorqueNo Bailable.

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“En 1977 todos (la familia) nos vinimos a vivir a Alta Barda cuando recién se comenzaba hacer el barrio. Nos comunicábamos desde casa al galpón por radio. Eran las que usaban los radioaficionados”. En ese terreno se encontraban dos propiedades, en donde se concentraba toda la familia. La casa que daba a la calle era ocupada por Lilo y su esposa Vilma Erdozain, además de sus hijas: Giovanna y Gianella. En el segundo hogar vivían la nona Giuseppina a quien llamaban "Pina", Doménica "Mima" Ligato y sus hijas, Daniela y Vanina. Esta es la única que se quedó en el hogar familiar de Las Retamas 623.

Lilo en su rubro hizo la diferencia económica cuando trajo la banana Dole, reconocidas mundialmente por su alta calidad y sabor dulce. “Era el único (comerciante) que las traía . por las bananas- y también poseía una cámara frigorífica”, recordó.

Ese refrigerador industrial sería clave para que Lilo echara a volar su locura e ideas. “En la década del ’80 hizo un viaje a Las Vegas y ahí alucinó. Fue ahí que conoció las pistas de patinaje sobre hielo”, reveló.

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“Llegó acá (por Neuquén) con esa idea y todos le decían ‘Vos está re loco’. En un principio quiso hacer la pista sobre la calle Río Negro, pero todos los vecinos se opusieron. Salieron a protestar”, rememoró.

Ante esa reacción de los vecinalitas, el empresario calabrés recibió una propuesta de la Municipalidad. Instalar la pista de hielo sobre la calle Leloir. “Estaba la calle de tierra y lo último que había era Témpano. Era toda barda y tierra. Le dieron el terreno por diez años y tenía que hacer la devolución de la tierra con algo construido. Mientras tanto no le cobraban impuestos y demás cosas”, contó Forquera.

Apertura y cartel modo Las Vegas

Lilo no tardo en trasladar el conocimiento que tenía sobre el hielo por su cámara frigorífica, y así construyó la increíble pista. Todo un acontecimiento para la década del ’80. “Todo se lo ingenió él junto a otro hombre que era mucho mayor. No era muy grande la pista pero estaba bien para todos. Los patines los importó desde Estados Unidos y fue todo un evento esperar que llegaran”, contó Vanina.

Finalmente, en 1987, Témpano abrió sus puertas y la gente respondió ante la novedad. Pero ese furor de apertura tendría su baja. La calle Leloir se asfaltó en temporada de verano y Ligato entró en desesperación: “Quedó algo aislado y la poca gente no podía acceder con facilidad: “No iba casi nadie. Y llegó a pensar que iba a ser un fracaso. Después volvió con todo la gente. Témpano estaba abierto durante el invierno y verano. Era una fiesta los fines de semana”.

“Me perdí todos los cumpleaños de 15 porque mi tío nos decía ‘Quien viene conmigo’ y todos queríamos ir a trabajar la pista. Pasaba ocho, nueve horas en Témpano”, agregó.

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Eliana Felice posando en medio de la pista con  el palo de de hockey que utilizaban para jugar en esa época.

Eliana Felice posando en medio de la pista con el palo de de hockey que utilizaban para jugar en esa época.

Con el brillo de Las Vegas todavía encandilando sus ojos, Ligato decidió que Neuquén merecía un pedazo de ese desierto de luces. No escatimó: mandó a traer a un especialista y a su hijo desde Mar del Plata para levantar un cartel de dimensiones colosales, una estructura que parecía arrancada de Nevada para ser plantada en medio de la tierra y el viento patagónico. "Gastó una fortuna, era gigante", recuerda su sobrina, reconstruyendo una postal que hoy suena a leyenda.

Familias, grupos de amigos, de estudiantes o algunas personas que quería vivir la experiencia, se volcó a la calle Leloir. Así, más allá de entretenerse y aprender a los puros golpes en el hielo, comenzaron las competencias en zic, zac (evadiendo unos conos), el patinaje artístico y hasta se llegó a conformar un equipo de Hockey que recibió el nombre de Los Panteras.

“Lo que sucedió fue lo que pasaba en el mejor momento de los bowling. Sacabas números y tenías que esperar como dos horas para que te toquen los patines. Era todo muy casero porque después andabas a los gritos para que salga de la pista. Imagina, que la llave del local estaba siempre puesta. Un día un amigo se la llevo y no podíamos cerrar el local”, contó.

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Quienes iba al reducto podían pagaban tarifas por patinar media hora, una hora o libre. Precisamente, había grupo de adolescentes que escogían está última opción y se pasaban todo el día en la pista.

“Estaba siempre lleno y la confitería era una cosa tremenda. A mi nona siempre le guardábamos una mesa cuando había partidos de hockey. Se ponía una bincha y era hincha de Los Panteras. Era todo una locura”, aseguró.

Eternos rivales

Gabriel Dipp fue, en sus inicios, una pieza clave de Los Panteras. Sin embargo, el destino lo llevaría a las filas de Quimey, donde se consolidó como un arquero inamovible, tanto en la categoría juvenil como en la mayor.

“Témpano era el epicentro donde confluía toda la juventud. El refugio sagrado de las rateadas y las horas libres. Como el Centro 12, el Colegio San Martín y la ENET N°2 estaban cerca, todos terminábamos ahí. Yo iba al Centro 12 y caí en la pista por mis amigos de curso, que ya eran habitués”, recuerda Gabriel con nostalgia.

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Sebastián López Dieguez, Gustavo Molina, Fernando de la Cal (fallecido) Sergio Linares, Leopoldo Rio Iñiguez, “Loco” Duzan (fallecido), Pablo Carranza (entrenador), Memo Filiponi (fallecido), Enrique Godoy, Gustavo Moscatello (fallecido), entre otros fueron algunos de los integrantes del equipo de hockey.

Sebastián López Dieguez, Gustavo Molina, Fernando de la Cal (fallecido) Sergio Linares, Leopoldo Rio Iñiguez, “Loco” Duzan (fallecido), Pablo Carranza (entrenador), Memo Filiponi (fallecido), Enrique Godoy, Gustavo Moscatello (fallecido), entre otros fueron algunos de los integrantes del equipo de hockey.

Lo que empezó como una escapada se convirtió en el escenario de una vida: “Siempre había alguna rateada en la semana, y los fines de semana pasábamos el día entero. Sin darnos cuenta, Témpano fue el lugar donde desarrollamos nuestra adolescencia. De hecho, mi novia de aquel entonces, María Fernanda Valls, es hoy mi esposa”, revela.

En aquel Neuquén de baja población, donde las caras se repetían y todos se conocían, el hockey nació casi por decantación: “Al principio era solo un grupo sin nombre, un horario para juntarse a aprender. Pablo Carranza, que venía de Rosario, fue el mentor que trajo el deporte a la zona”, aseguró Dipp.

Pero el crecimiento fue tal que la estructura original quedó chica. Para alimentar el fuego de la competencia, Los Panteras decidieron dividirse. Así nació Quimey, el eterno rival.

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Hace 39 años atrás Lilo Ligato y su socio, Emilio Fernández, hacían la apertura de Témpano, que se ubicó en Leloir y Santa Fe. Actualmente, la estructura fue demolida para construir dos edificios.

Hace 39 años atrás Lilo Ligato y su socio, Emilio Fernández, hacían la apertura de Témpano, que se ubicó en Leloir y Santa Fe. Actualmente, la estructura fue demolida para construir dos edificios.

“Me pasé a Quimey y se armó una rivalidad tremenda. De todas formas, la amistad seguía: me invitaban como refuerzo para jugar en Mar del Plata, Tucumán o Rosario. Llegamos a competir en un Nacional en ‘La Feliz’ contra 20 equipos. Éramos pocos, pero estábamos en todos lados”, cuenta. En Témpano también se formó un equipo conformado por mujeres que se llamo Bajo Cero.

Sebastián López Dieguez, Gustavo Molina, Fernando de la Cal (fallecido) Sergio Linares, Leopoldo Rio Iñiguez, “Loco” Duzan (fallecido), Pablo Carranza (entrenador), Memo Filiponi (fallecido), Enrique Godoy, Gustavo Moscatello (fallecido), entre otros fueron algunos de los integrantes del equipo.

El loco Duzan y el Speedway de trasnoche en la Leloir

Cada ciudad alimenta sus propios mitos urbanos; relatos que, de tanto circular, crecen hasta volverse leyendas. Témpano fue el escenario de una de las más insólitas: las carreras de Speedway en la madrugada neuquina.

“Se corría de noche cerrada”, cuenta Dipp entre risas. “Hubo una época en la que el ‘Loco’ Duzan tomó la concesión de la pista. En ese tiempo también jugábamos al fútbol con zapatos sobre el hielo; era una locura divertida donde nos matábamos a golpes. Más de uno salió lesionado de esos partidos”.

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El "Loco" Duzan (campera azul con vivos blanco) fue todo un personaje en esos tiempos. Fue uno de los ideólogos de la carreras de moto en la pista de hielo, según reveló Gabriel Dipp, quien fue arquero de Las Panteras y Quimey.

El "Loco" Duzan (campera azul con vivos blanco) fue todo un personaje en esos tiempos. Fue uno de los ideólogos de la carreras de moto en la pista de hielo, según reveló Gabriel Dipp, quien fue arquero de Las Panteras y Quimey.

Pero el verdadero delirio ocurría sobre dos ruedas. Entre desafío y desafío, surgió la idea de meter las motos a la pista de hielo:“Había tres o cuatro chicos que tenían las famosas Zanellitas. El desafío era constante y las apuestas no tardaban en aparecer. Puedo decir, con orgullo, que fui el máximo ganador de ese 'campeonato' de motos sobre hielo. Imaginate la cantidad de porrazos que nos dimos... fue una época irrepetible”, concluye Dipp con una sonrisa que atraviesa el tiempo.

Otro acierto: el legado de La Colonia

La concesión de las tierras que el municipio le había otorgado a Ligato tenía fecha de vencimiento: diez años. Pero para ganarle tiempo al destino, el "tío loco" de las ideas disruptivas ya proyectaba en su mente La Colonia, un ambicioso complejo recreativo que desafiaba la aridez de la zona con tres piscinas y un sector de alojamientos.

El predio se levantó sobre la Ruta Provincial 7, en Centenario, transformándose en un hito que recientemente cambió de manos: tras salir a la venta en 2022, fue adquirido un año después por el gremio UPCN.

“Otra vez le decían que estaba loco. Yo lo vi cavando los pozos para las piletas. Decíamos: ‘Ahora sí que está completamente pirucho’, porque no existía nada parecido en la región. Era otra de esas visiones que se había traído de sus viajes”.

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La Colonia no solo fue agua y sol; también albergó su propia pista de hielo, incluso más imponente que la de Témpano. Fue un éxito rotundo, aunque el concepto debió mutar con el tiempo hacia los eventos sociales y las fiestas privadas. De hecho, esa pista de hielo es la que hoy todavía mantiene el pulso encendido.

Sin embargo, nada pudo igualar jamás la mística de Témpano. Sus historias, anécdotas y locuras quedaron selladas en la memoria de la calle Leloir. Allí, donde antes solo había un hilo de tierra custodiado por los legendarios monoblocks de los 80, hoy se proyectan las torres más altas de la capital neuquina, sepultando el ruido de las cuchillas rajando el hielo y el recuerdo de un hombre calabrés que, en medio del desierto, se animó a fabricar un invierno eterno.

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