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Apatía, desesperanza, bronca, descreimiento. Podría seguir el rosario de palabras para reflejar el sentimiento que se palpa entre los argentinos que viven y sufren las consecuencias de las malas políticas de gobierno a lo largo de la historia reciente.
Esta semana terminan las campañas de los candidatos para dirimir las internas de sus partidos en las PASO, lo que generará un gran alivio en la sociedad después de una avalancha de spots, entrevistas y cruces mediáticos que lejos parecen estar de lo que a la gente le interesa: que la Argentina crezca, que la gente tenga una mejor calidad de vida, que el país sea vivible.
El viernes se conocieron nuevos índices de pobreza. En un año se sumaron a esa franja dos millones más de personas. Es una cifra espantosa, pero que tampoco tuvo un mayor impacto entre la opinión pública. Si hubiese sido un millón, dos, cuatro o cinco todo hubiera seguido igual porque los argentinos parecemos anestesiados frente a una situación que no mejora ni parece que pueda mejorar frente a todas las promesas que se escuchan.
La gran pregunta que se hacen los analistas políticos por estos días es cuál será el nivel de participación que tendrá la ciudadanía el próximo domingo en unas elecciones devaluadas, escandalosamente costosas para la realidad que se vive y que no le interesan a nadie más que a los dirigentes.
Decía el reconocido psiquiatra José Abadi que uno de los mayores riesgos para cualquier democracia es que los habitantes de una Nación dejen de ser protagonistas para convertirse en espectadores.
¿Acaso los argentinos ya nos resignamos a ese protagonismo? ¿Acaso estamos a las puertas de una sumisión interminable?