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Renacer: la muerte de su hijo la obligó a reencontrarse y ahora acompaña a otros a atravesar su dolor

La vida de Alejandra cambió radicalmente hace siete años, cuando su hijo murió en un accidente. Tras años de autodescubrimiento y formación, ofrece consejos para las familias en duelo.

Las agujas ya están por juntarse. Pronto, las dos se reunirán apuntando hacia arriba para marcar el cambio de día en el calendario. A las 12, las vísperas se convierten en Navidad, y mientras las copas se chocan en una señal abrumadora de alegría, el corazón de Alejandra vuelve a oprimirse en el recuerdo de su hijo Luifi, que abandonó este mundo demasiado pronto por un accidente que pocos pueden explicar. Y aunque la tristeza la embarga cada diciembre, ella logró hacer las paces con su dolor y se capacitó para acompañar a otras familias que también están en duelo.

Alejandra es docente jubilada y trabajó como secretaria de supervisión en la educación pública de Chos Malal. El 7 de diciembre de 2015, se enteró por la radio la noticia de un incendio en un edificio del centro de Neuquén capital. "Cuando escuché el nombre de la calle, presté un poco más de atención", recordó siete años más tarde. Lo que siguió fue una mezcla de confusión, negación y lagunas mentales que, ahora, dice que aparecieron para protegerla de un recuerdo demasiado cruel.

Un departamento del edificio sobre galerías Jardín, en pleno centro de la ciudad, comenzó a incendiarse en esa calurosa mañana de verano. Luifi, su hijo de 27 años, estaba de forma casual en otro departamento de esa construcción, uno que en realidad ocupaba Anabela, otra de sus hijas que ese día había salido de casa. Cuando el humo se hizo demasiado intenso, quiso escapar por la ventana para respirar, y se paró sobre uno de los zócalos externos, donde se ubicaba el aire acondicionado. Sin embargo, ese zócalo no resistió su peso y el joven cayó desde el décimo piso para encontrar la muerte en el suelo.

"No nos querían contar lo que había pasado, nos decían que no lo encontraban, y yo pensé que se había golpeado o quemado", dijo la mujer. Aunque ella no quería creer en un destino fatal, el papá de Luifi, Fernando, sintió algo, como una premonición, que le confirmaba una noticia que nadie quería oír.

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Los dos viajaron a Neuquén capital para encontrarse con Anabela, su hija, que entonces tenía 23 años. Sacaron de la cama al hermano más chiquito, Martín, de 12 años, que todavía tenía el pijama puesto, y se subieron al auto para afrontar el dolor en carne viva. "Yo estaba en shock, hay momentos que no me acuerdo, y no sé por ejemplo quién de la familia se hizo cargo de Martín, porque en un momento lo perdí", expresó la mujer.

Hay cosas que Alejandra todavía no puede explicarse. Pero quiere pensar que las cosas pasan por algo, que hubo alguna fuerza extraña que lo llevó a Luifi a estar en ese departamento de manera circunstancial. "Él hacía muy poquito que había vuelto de Alemania y ya se había alquilado algo en Neuquén, nunca tuvo planeado vivir ahí", explicó.

"Al principio, yo estaba desesperada porque todos estuvieran bien, quería que se les pasara rápido porque lo pensaba desde el desconocimiento", afirmó. Luego, entendió que cada uno debía hacerse cargo de su propio dolor, y empezó a leer y formarse para entender los duelos como procesos largos, quizás interminables, que son únicos e intransferibles de cada persona.

Así, se enfocó en su propio renacer. "Fue durísimo, realmente yo ese día me morí con él también, esa persona que era yo no existe más, y tuve que volver a nacer y reinventarme. Pensé que si mi hijo había puesto la vida era para que yo fuese mejor persona, que yo tenía otra misión, y esas cosas de tanto dolor no te pueden pasar en la vida para que sufras nada más, había algo más grande que tenía que aprender", señaló.

De a poco, Alejandra buscó saberlo todo sobre el dolor. Ya hacía terapia y se estaba formando en coaching, pero también aprendió programación neurolingüística y se está capacitando sobre la prevención del suicidio. "Yo quiero inspirar desde mi experiencia pero quiero ofrecer una ayuda sólida, confiable, con formación", dijo sobre la necesidad de estudiar para ayudar a otras familias que están atravesando un duelo.

Los primeros años fueron los más difíciles. Así lo piensa Alejandra, que atravesó el primer año llorando por primera vez. El primer cumpleaños sin que su hijo apagara las velas, el primer día de la madre con un abrazo menos, el primer 7 de diciembre que le recordaba 365 días de ausencia y sobre todo, la primera Navidad, cuando todo era fiesta y alegría, y ella sólo quería llorar en medio de una mesa enorme con 30 familiares que viajaron a Chos Malal para hacerle compañía.

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Alejandra se separó del papá de sus hijos y transitó un camino nuevo, donde se enfocó en hacer las pases con su propio dolor y no asustarse con la angustia intensa que la atravesaba. De a poco, los días de llanto se espaciaban cada vez más, y pudo contar su historia sin que el llanto se adueñara de su garganta. Así, entendió que podía acompañar a otros en sus procesos de duelo. "Sin recetas, porque las recetas no existen, cada uno atraviesa su propio duelo como le sale", dijo.

Aunque las fiestas todavía le duelen, trata de enfocarse en otros pensamientos positivos. En sus dos hijos que siguen vivos, en los recuerdos alegres de esos 27 años que Luifi le regaló y en cada momento de alegría que todavía existe. Así, busca volver a lo simple, a los abrazos, a los vínculos y a esas señales imperceptibles que le dicen que su hijo sigue ahí, presente a su manera.

"Hace algunos años, mis amigas me regalaron una bicicleta para mi cumpleaños. Casi que tuve que aprender a andar de nuevo, porque desde los 17 años que no me subía a una", relató. "Al principio hacía 3 kilómetros, y después 5, 10, y cada vez más hasta que llegué a andar 50. Pero desde la primera vez, en cada salida veo que me siguen mariposas blancas, y desde el principio sentí que era el alma de Luifi que me estaba acompañando", señaló.

Ese aleteo fugaz, que muchos consideraron como una mera casualidad, le dio a Alejandra la señal de que debía seguir adelante y probar nuevos desafíos. Se propuso un renacer que le dio una vida nueva, y así creó "Mariposas blancas", un grupo de apoyo que oficia reuniones para acompañar a padres, hijos o hermanos que hayan perdido a un familiar cercano.

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"En las primeras reuniones venían 20 personas, pero es muy difícil sostener la presencia porque es un lugar donde la gente conecta con su dolor, y hay momentos en que no pueden afrontarlo", dijo y agregó que, por eso, trata de hacer reuniones esporádicas para brindar un mensaje. Ofició un taller para el día de la madre y otro evento específico para hermanos. Ahora, se propuso producir un podcast con consejos para aquellos que afrontan las fiestas de fin de año en medio del dolor.

Aunque ya lleva años de formación y aprendizaje, Alejandra no deja de absorber nuevas experiencias que le sirven para procesar su propio duelo. "Cuando hice el taller de hermanos, me sorprendió el mensaje que dio mi hijo Martín; él no vivió la cotidianeidad con su hermano porque Luifi se había ido a estudiar cuando él tenía solo un año, pero dijo que atravesó su duelo al ver el dolor de su papá", aclaró. Con tan pocos años, Martín afrontó la pérdida con naturalidad, y logró desempeñarse en el colegio e incluso mudarse al antiguo departamento de Luifi cuando empezó una carrera universitaria en Buenos Aires.

Ella sabe que el dolor no va a desaparecer nunca. Pero se esfuerza por convivir con esa ausencia y entender que hay un propósito detrás de tanto sufrimiento. Y está segura de que esta prueba sólo busca convertirla en una mejor versión de sí misma, por lo que se esfuerza, día a día, por ser el hombro en el que otros neuquinos lloran a sus hijos, a sus padres, a sus hermanos muertos. Nunca nada va a devolvérselos, es cierto, pero sí hay un alivio que llega más tarde o más temprano. Y ella acompaña a otros a encontrarlo.

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