El gobernador dio en el blanco con el plan para cobrarles peaje a los camiones que van y vienen a los yacimientos, dejando intransitables las rutas para los neuquinos.
Rolando Figueroa ganó las elecciones provinciales en abril del año pasado. No se imaginaba el escenario que le esperaba. Ocho meses después, cuando le llegó la hora de asumir, se encontró con un gobierno nacional que desconoce el funcionamiento de las provincias.
Mostrar como virtud el dejar de asumir las cuentas corrientes de los estados es posible solo en un estado de confusión que derivará en costos carísimos para la sociedad, que podrá culpar a quien decida cuando sea el momento, pero no hay ninguna posibilidad de que funcione un programa basado en no ocuparse de lo que debe ocuparse el Estado.
En ese contexto, Figueroa debió reconducir su plan, sus objetivos y metas. En el medio quedó en las cartulinas del escrache libertario como uno de los traidores a la sociedad, según los parámetros de lealtad libertarios.
Después, el gobierno nacional tuvo que pedirle disculpas al gobernador porque en definitiva no había traicionado a nadie y menos a su postura política, que priorizó la amplitud ideológica para un armado que le diera prestancia electoral y debate dentro del propio gobierno.
Perón cuando lo alababan por haber vuelto del exilio para ganar otra vez la Presidencia dijo “no es que nosotros seamos buenos, los otros son muy malos”. Se adapta al caso.
En su discurso ante los legisladores, Figueroa anunció que avanzará en un plan para cobrarles peaje a los camiones que transitan las rutas hacia los yacimientos. Era hora. Encima, el gobernador dijo que las petroleras están de acuerdo. No será fácil la implementación del sistema, pero si funciona el mandatario habrá ganado una pelea de las difíciles por la mala prensa de los peajes.
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