Después de tratamientos de fertilidad llegó Thiago. La historia de un nene neuquino que a los 3 años eligió la cocina para jugar, aprender y compartir en familia.
Hay historias que no se cuentan, se huelen. Huelen a harina, a vainilla, a pastel recién salido del horno . Es la historia de Thiago Santino Battagini, el más chiquito de la casa y el más esperado. Después de cinco años de tratamientos de fertilidad, de esperas largas y de fe, Daniela y Jorge lo trajeron al mundo. Hoy corre a abrir la puerta cuando suena el timbre, abraza a sus perritos Frida y Samuel, y encontró su universo en un rincón inesperado: la cocina.
Se ata el delantal, se calza el gorro del jardín Mundo de Colores y con manos pequeñas hace “pastel” para compartir. Su mamá relata un milagro cotidiano: el de criar con paciencia, sin pantallas, celebrando cada logro como si fuera el primero.
Thiago no llegó por casualidad. Llegó después de una espera que duró años. Él es un hijo buscado, muy buscado por sus padres. Su deseo de tenerlo fue tan grande que recurrieron a alternativas de reproducción asistida.
Cinco años de consultas, de esperanza sostenida. “Viene a ser el más chiquito entre muchos grandes y para tenerlo fue una lucha de muchos años con tratamientos de fertilidad y demás para poder traerlo al mundo”, recordó Daniela con emoción.
Por eso hoy, en esa casa, nada es pequeño. Cada paso, cada palabra nueva, cada huevito que rompe solo, se celebra como un triunfo. “Cada cosa que hace o cada habilidad que demuestra, nosotros la festejamos como un campeonato”, admitió con clima mundialista.
Thiago tiene 3 años y la curiosidad no le entra en el pecho. “Él es un niño muy activo y curioso. Le gusta mucho que llegue gente a casa, tal que siempre que escucha el timbre sale corriendo a abrir la puerta”, destacó la orgullosa mamá.
No construye castillos solo. Los comparte. Al respecto, Daniela señaló: “Posee muchos juguetes, pelotas, rompecabezas, muñecos, trenes y autitos, siendo estos últimos sus preferidos. Siempre prefiere jugar con mamá, papá o con quien esté de visita, más que hacerlo solo”.
Su familia se estira hasta el patio. En casa comparte con dos perritos, Frida, una rescatadita de la calle, y Samuel, un Labrador de 15 años. Con ellos aprendió que cuidar también es jugar.
Y su mapa afectivo no tiene límites: “Ama visitar a sus abuelos y tíos, así como a sus padrinos y a parejas amigas de la familia, a quienes llama a todos tíos”, aseguró. Cuando un hijo es tan deseado, todos terminan siendo familia.
La pasión por la cocina nació en el jardín Mundo de Colores, cerca del trabajo de su mamá. Allí la directora Lorena propone algo simple y profundo: rotar el rol de “El Cocinerito”.
“La dinámica implica que un niño lleve al día siguiente algún alimento saludable para compartir con sus compañeritos. La directora alienta esta tarea en pos de una alimentación más saludable y con menos alimentos procesados. Paralelamente, ayuda a integrar a la familia y a reducir la pantalla en Thiago”, relató Daniela.
El pequeño neuquino conectó desde el primer día. “Desde los 2 años siempre sintió curiosidad por la cocina, muchas veces imitando lo que hacían los mayores, e inmediatamente sintió afinidad para cocinar”, puntualizó la mamá.
El ritual es sagrado y él lo dirige: “A la hora de preparar un pastel, así le dice él, quiere hacer todo solo: romper los huevos y batirlos, agregar la harina y demás ingredientes, cargar el molde. Mamá realiza la parte de cocción y luego él retoma decorando la torta”, detalló.
Esa entrega lo llevó a pedir su propio uniforme. “Cada vez que le toca hacer cocinerito pide su gorro de jardín. La verdad que tuvimos que salir a comprarle un traje porque estaba insoportable”, contó con una sonrisa cómplice la ayudante de cocina.
Y lo vive con una intensidad que conmueve: “Es muy gracioso porque le pone tanta pasión y tanto amor a lo que hace, tanta tensión también que se esfuerza un montón en aprender. Para nosotros es muy especial”, reconoció “Dani”.
Y es que Thiago no juega a cocinar. Cocina. Porque ahí encontró su forma de decir “te quiero”.
El amor de Thiago por la pastelería tuvo su momento más alto con un encargo especial: “Cuando se enteró del cumpleaños de su tío Rolo, él quiso encargarse del pastel y, como premio a sus ganas, como padres decidimos comprarle el traje de cocinero. De allí surgieron los dos videos dedicados a su tío que se hicieron virales en las redes”, contó la madre.
Detrás de cada receta hay una decisión consciente. Daniela lo explicó sin vueltas: como papás, tratamos de que las cosas sean sanas. Hoy lo que cuesta es sostener a los chicos con actividades sin que estén con mucha pantalla”, reflexionó.
Al mismo tiempo, comentó que no se trata de prohibir, sino de elegir otro camino. “No quiere decir que no, pero tratamos que se encuentre alejado de los dispositivos el tiempo que más se pueda. Y cuesta un montón en un mundo que hoy la tecnología es todo”, apuntó.
Por eso la cocina ganó la pulseada. Por eso cada “pastel” es media hora sin tele, sin celu. Media hora de harina en la cara y de risa compartida.
Thiago Santino Battagini tiene 3 años. Es el “Benjamín” de la casa y el más celebrado. Llegó después de cinco años de lucha. Por eso en su casa no existen los logros menores.
“Cada habilidad que nos demuestra no solo la festejamos, sino que la hacemos nuestra”, insistió Daniela. Y es verdad. Cuando un hijo es tan esperado, romper un huevo y batirlo vale lo mismo que cualquier meta.
Hoy Thiago corre al timbre, abraza a Frida y a Samuel, juega con sus autitos, visita a sus “tíos” y cada tanto se pone serio, se ata el delantal y decide que hoy toca pastel.
Porque a veces los milagros no llegan con fanfarrias. A veces llegan en silencio, con olor a vainilla, con un nene de delantal que descubrió que su lugar en el mundo está entre ollas, harina y abrazos.