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Las tarifas baratas para todos le quitaron costos a la economía de las empresas y las familias, a la vez que chupaban partidas presupuestarias públicas más o menos grandes según la coyuntura.
El poder adquisitivo de los salarios se definía con un combo de costos subsidiados.
Para los asalariados, si las tarifas avanzan junto a la inflación la vida será más difícil de ser costeada, quienes vivían justo sin ser pobres tendrán que reacomodarse a una situación nueva cuando se queden sin aportes del Estado para hacer frente a los servicios básicos.
Y no sólo será así para los asalariados.
Los cuentapropistas con oficios que hacen uso intensivo del gas o la luz tendrán que juntar más plata por trabajo para poder costear las nuevas tarifas.
La economía viene ajustada a servicios baratos desde hace muchos años, algunos con más y otros con menos subsidios, pero nunca libradas las tarifas al dictado del mercado.
Lo más sencillo es discutir lo obvio: ¿Por qué se subsidia al que puede pagar?
Porque con tarifas planchadas para todos la economía tiene costos menores (valga da redundancia, si me permite el lector). Desde la conservación en frío de los alimentos en los almacenes hasta los arreglos de los objetos de uso diario en los hogares cotizan en función de tarifas planchadas en su columna de costos.
Los tarifazos impactan en toda la economía, no sólo por el peso de la tarifa en sí misma. Encarecen la economía.
Los tarifazos presionan la inflación al alza. Más arriba de lo que ya está, porque llegó hasta adonde llegó el IPC a pesar de tener tarifas más baratas que las que impone el mercado.
Mientras tanto, el mundo del trabajo ya vio cómo aniquilaron su poder adquisitivo.