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Una palabra de tres letras, que puede extenderse hasta la infinitud. Una palabra de tres letras que se gritó con el alma porque ese zurdazo, potente y esquinado, a los 19 minutos del segundo tiempo, fue épico, nos colocó en el camino de una victoria, vital, necesaria, que nos devuelve la esperanza.
Cómo explicar la emoción que genera esa palabra de tres letras, gritada por el más grande de los jugadores del universo, frente a sus compatriotas y frente a aquellos extranjeros que visten la celeste y blanca en las tribunas y a quienes estábamos frente a la pantalla del televisor. Todos y todas querían que ese camino a la victoria lo abriera Messi.
Siempre tan preciso, el periodista Ariel Scher dijo que Messi es tan genial pero tan genial que pudo aliviar a millones de argentinidades. Un alivio que llegó hasta el mismo banco de suplentes donde Pablo Aimar no podía ocultar su emoción, su llanto. Messi es el que nos hace soñar cada vez que lleva la pelota “dentro del pie”, como alguna vez describió Eduardo Galeano.
No existe grito más sagrado que el grito de gol, una explosión máxima, suprema. Alguna vez leí a un psicólogo que explicó que gritar el gol afirma que se hizo realidad algo que se viene deseando mucho.
Desde el martes, cuando la Selección perdió con Arabia Saudita, estábamos deseando mucho gritar un gol en un partido tan clave como el de este sábado. Los gritos del golazo de Messi, del golazo de Enzo Fernández fueron como esa escalera al cielo de la felicidad más suprema para seguir gritándolos eternamente, y hasta que comience el próximo partido.
Los argentinos, este sábado, creíamos en él y en quienes juegan con él, porque en creer está la magia de la vida.