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¿Cómo suena un partido de fútbol? ¿Será como un redoblante latoso o como esa afinación casi perfecta de cientos de voces amalgamadas en un sólo canto desde un estadio qatarí? ¿Será como un aplauso sostenido, como un grito de gol o como el molesto ruido de una vuvuzela? En Neuquén, el fútbol también suena como el silencio nervioso de un clima repleto de gargantas apretadas o como el relato mudo de la pantalla del Palacio Municipal, donde nadie habla para tratar de entender, desde las baldosas de un bulevar, cómo el seleccionado argentino ataca el área rival para llevarse la victoria que le dará el pase a la final de la Copa del Mundo.
El ruido y el silencio aparecen y desaparecen en distintos puntos de Neuquén. Y así, con sus apariciones esporádicas, marcan el pulso de un partido que empezó con un aire tenso y terminó por dejar paso a la alegría, cuando los once de Scaloni ya saboreaban la victoria y daban muestras de buen fútbol ante una hinchada llena de fuego que los alentaba desde la capital de la provincia.
Antes del partido reina el silencio. El termómetro marca 31 grados y algunos se arriesgan a refrescarse en las orillas del Limay. El sol los lastima y ellos buscan un poco de clemencia bajo la sombra de unos árboles jóvenes. Quedan pocos minutos para que comiencen las transmisiones deportivas, y aunque muchas familias ya encendieron sus televisores, ellos estiran el regreso a casa para engancharse con el partido: se quedan sobre el pasto tupido de Río Grande, en medio de un silencio tan intenso que las indicaciones alejadas de los guardavidas retumban en el aire limpio del balneario.
Un taxi se detiene sobre la Avenida Olascoaga y un familia de turistas chilenos se sube para abandonar la tarde de veraneo, aunque sin demasiado apuro. Están en Neuquén desde hace unas semanas y acompañan a sus familiares argentinos, que viven a pura ansiedad cada partido del Mundial. Y así, se alegran con las sonrisas amplias de los suyos cada vez que suena el pitido final y la victoria es celeste y blanca.
La isla 132 nunca estuvo tan desierta. Dos perros callejeros se mojan el pelaje negro para refugiarse del calor abrasante. Se escurren en una fuerte sacudida que retumba en medio del silencio sepulcral. Los trinos de los pájaros y el latoso relato de una radio portátil a metros y metros de distancia les dan una sola certeza: están solos y, por primera vez, tienen todo el río para ellos.
A pocos pasos del agua, las mozas del restaurante De La Ribera intercambian bromas entusiasmadas. Parece que sospecharan que los resultados van a ser positivos para el conjunto nacional. Al menos así lo afirma Jaz, que confía a ciegas en su cábala. "Miramos cada partido acá entre los compañeros de trabajo, todos en la misma mesa, pero recorriendo el salón a cada rato para atender los pedidos", explica.
El comedor parece un refugio coqueto para el calor violento de diciembre. Unas gruesas cortinas de tela color manteca cubren los amplios ventanales, con apenas unas rendijas delgadas que filtran la luz del exterior. "Durante el partido pasado, un guardavidas que no quería dejar su puesto se asomaba del otro lado de la ventana para no perderse el resultado", señala Jaz con una sonrisa elocuente.
A las cuatro de la tarde, el partido suena con el himno nacional. En las mesas ocupadas del restaurante reina el silencio. Piden licuados de frutas y cervezas que los mozos sirven en vasos aflautados. Bajo las luces cálidas atrapadas en canastos de mimbre, fijan la vista en la pantalla y sólo intercambian murmullos suaves, que se tapan siempre con la voz del relator.
Si bien el local dispuso de un sistema de altoparlantes para que los comensales del deck también pudieran disfrutar del partido, las mesas del exterior se quedaron desiertas ni bien comenzó la transmisión. Ahora, todo sucede puertas adentro: el olor a ajo caliente de las pizzas napolitanas y las tablas de papas fritas que llegan ante los pedidos de los clientes, que siguen el cruce entre Argentina y Croacia sin hablar.
El relato ya se asemeja a un sonido monocorde. Los dientes de una mujer atacan sin piedad una manicura perfecta de tonos celestes, que hacen honor a la camiseta argentina. Los croatas dominan el balón y los comensales sólo dominan el nerviosismo, untando un pancito casero que sacan de una coqueta canasta de arpillera.
Messi se mueve y abre el juego. Los argentinos se activan y en De La Ribera se abalanzan sobre las mesas, como si así pudieran hacerle un favor al seleccionado nacional. Parece que hubiera algo en la zona del área rival que los saca del letargo, y se sientan más al borde de la silla para seguir la jugada, que termina con un manotazo desesperado del arquero y un pitido de penal para la Argentina. En el restaurante aplauden la decisión del referí, y esperan casi seguros la patada del capitán.
Cuando el 10 convierte, el restaurante ribereño suena con un aplauso correcto, que poco a poco se disuelve para darle lugar al susurro inaudible y a los abrazos de alegría, los besos enamorados y unas manos que vuelven a entrelazarse para afrontar todo ese cúmulo de minutos que quedan por jugar, donde nada está dicho frente a un rival que se presume fuerte.
Con el marcador abierto, los albicelestes se entusiasman. Atacan con más soltura y el público grita un "uuuh" cuando un tiro de esquina le da lugar a un patadón que roza el segundo palo. Y cuando sucede, cuando Julián Álvarez inicia la carrera de su vida por el césped qatarí, nadie puede decir una palabra. Se quedan mudos, como pasmados, y sólo explotan cuando, por fin, el jugador define con soberbia para dejar dos a cero al equipo de Scaloni.
El final del primer tiempo parece dejar a todos tranquilos. Salen del refugio de las cortinas color manteca y afrontan el sol violento de la tarde. Algunos van a casa, y otros sólo quieren respirar una bocanada de aire antes de volver a tensarse con un resultado que por ahora disfrutan, pero que nunca es definitivo.
En el centro de Neuquén, la vida se mueve a cámara lenta. Un hombre camina despacio en el acceso a un hipermercado, un taxista espera aburrido algún pasaje y un par de adolescentes juegan con el manubrio de sus bicicletas. Los pocos autos que circulan son los de aquellos que aprovecharon el entretiempo para cambiar la sede de su pasión por el Mundial, y manejan apurados para no perderse los primeros minutos del segundo período.
En la esquina de Roca y Brown, el sol calienta el asfalto desierto hasta un punto casi intolerable. Puertas adentro de Reymon, en un ambiente lleno de frescura, los jóvenes doblan el cuello en posiciones incómodas para ver las pantallas que quedaron demasiado altas. Y aunque este partido pueda causarles una contractura, eligen el bar porque allí se respira un clima de alegría.
La cervecería es una fiesta para los oídos. El motor esforzado de una licuadora trata de tapar los relatos frenéticos del relator, mientras que el público responde con aplausos y gritos, que van desde los insultos hasta las muestras de apoyo que cosecha, sobre todo, cada atajada del Dibu Martínez. Reymon suena con la alegría del dos a cero y con la bronca de un gol que saboreó en la punta de la lengua pero que dejó a todos con un sinsabor en la garganta.
Un ataque claro de Messi se vive primero con un rumor avasallante, casi frenético, y se transforma luego en un lamento compartido. Y después, cuando Croacia domina y desteje su estrategia, las mesas altas del bar son un templo de silencio nervioso, donde no hay ni insultos, ni gritos, ni licuadoras.
Tampoco hay nadie que hable en el Monumento a San Martín. Decenas de familias se sentaron sobre los canteros y las baldosas del bulevar para ver la transmisión desde la pantalla gigante del Palacio Municipal. Si bien el gobierno local había dispuesto distintos puntos para vivir las semifinales desde polideportivos y gimnasios, los más ansiosos quisieron mirarlo a metros del Monumento, que se convierte luego en el epicentro de los festejos neuquinos.
La desventaja de ese lugar privilegiado es que las pantallas no tienen sistema de sonido. Así, las familias presentes se quedan mudas para enfocar más la vista en la imagen y seguir el juego concentrados. Cuando el dominio croata o las pases tímidos de los argentinos adormecían al público, alguna vuvuzela aislada se encarga de despertarlos.
Desde las mesas de plástico de la heladería Grido, las parejas comparten una bebida fresca mientras observan el despliegue de los jugadores. Otros usan el asiento de su bicicleta para descansar las piernas antes del festejo que anticipan, en donde los saltos iban a ser omnipresentes. Y mientras Argentina aguanta los embates del rival, dos chiquitas de trenza corretean en círculos, como ajenas a la causa de ese silencio extraño en pleno microcentro de Neuquén.
Unos metros más allá, del otro lado de una puerta de madera, cientos de fanáticos ven la transmisión en Mood Live. Un semicírculo de globos blancos, celestes y dorados funcionaba como el portal que transportaba al público a un universo de camisetas albicelestes que observaban estáticas en medio de la oscuridad.
Todo está quieto y dormido. Nada suena. Pero el relato monótono del comentarista deportivo se interrumpe cuando Messi toma el balón e inicia una carrera imposible. No hay demasiado tiempo para espabilarse. El público se abalanza sobre las mesas y la jugada ya está lista. Gol. Otra vez flashes y luces. Y las manos que golpean las mesas con una pasión enorme.
"Oooh, te vinimos a alentar", corean y el ritmo sostenido se vuelve una explosión de vuvuzelas cuando Dibu ataja un pelotazo violento. De Paul se despide y Mood se llena de aplausos. En la barra, el ritmo frenético no tiene sonido: una moza carga dos packs enormes de gaseosas y se detiene apenas un segundo para recuperar el aliento, antes de cargar un vaso de hielo para preparar un fernet.
Aunque gira la cerveza y las luces bajas asemejan a las noches más bailables, en el bar también hay espacio para el grupo familiar. Un hombre se cubre el pelo canoso con un gorro piluso celeste y blanco y observa a su nieta menor, que se alimenta del pecho de su mamá con una banderita celeste y blanca pintada en la frente, mientras que los adolescentes, ataviados con la casaca de Messi, no despegan la vista de la pantalla.
Parece que en Mood ya nadie tiene miedo. Quedan 10 minutos de partido y el tres a cero los invita a hacer ruido. Ruido, ruido, cada vez más ruido. El relato deportivo se vuelve poco importante. Ahora sólo hay cantos, vuvuzelas y redoblantes. Hay gritos y aplausos, y un murmullo que trasluce la alegría. ¿Cómo suena un partido de fútbol? Hay veces en que suena como esta fiesta.
Croacia se deja abatir por la angustia y Argentina se luce. Ataca sin piedad y se relame con los tiros al arco que no llegan a tocar la red. En el bar, mientras tanto, dos adolescentes caminan hacia la barra dejando una estela intensa de perfume. Se acercan a un mozo que tiene el disfraz de Messi y, aunque tienen la cámara ya abierta en el celular, la timidez las hace dar rodeos para pedirle una selfie. El Messi falso lee la jugada y se acerca a las chicas, que sonríen con todos los dientes en una instantánea para subir a sus redes.
Quedan apenas dos minutos. Los relatores ya anuncian una final para la Argentina, pero Croacia hace un embate final que termina en una de esas atajadas acrobáticas de Dibu. El estadio qatarí corea su nombre como si se tratara de un héroe de guerra, mientras que los neuquinos estallan en aplausos para el arquero, que se vuele la estrella tras una sucesión de defensas riesgosas en el arco argentino.
Croacia ataca con esa torpeza que sólo tienen los desesperados. Ya es demasiado tarde para cambiar la historia, pero sí quiere lastimar el ego de su rival, que ya se pone imbatible y con el corazón lleno de triunfo. Otro ataque frustrado de los croatas y queda un solo minuto. Todavía no termina pero Mood ya explota con aires de fiesta: los redoblantes golpean cada vez más fuerte, y hay aplausos y mesas que se vuelven tambores. Hay gritos y cantos y vuvuzelas insoportables. Todo el salón ruge y tiembla. Hasta que suena un pitido. Un silbatazo que es también un pasaporte a la final de la Copa del Mundo.
Y en el final, cuando todo es victoria, también suena el silencio de un abrazo cariñoso, el suspiro suave de un pecho apretado que otra vez respira y el llanto inaudible de los que viven una alegría en medio del dolor. ¿A qué suena el fútbol? A esa mezcla perfecta de un ruido mudo, a un silencio ensordecedor.