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Un triunfo compartido para hacer comunidad

Aunque la Selección Argentina consigue borrar las grietas cada cuatro años, también dibuja fronteras nuevas entre los que festejan con respeto y los que recurren a la violencia.

El triunfo de la Selección Argentina tras un partido agónico en la Copa Mundial de la FIFA se celebró este martes con una mezcla de alivio y una euforia explosiva que funcionó como una válvula de escape. Una llave para descomprimir un poco los nervios por un cruce deportivo que ya se saboreaba como una derrota, y otro poco por un contexto socioeconómico que, en muchos casos, también nos ahoga.

Enarbolarse con una bandera celeste y blanca sirve, así, para dejarse atravesar por el júbilo en una suerte de evasión de otras realidades más difíciles. Pero ese trasfondo de dolor parece salir a flote cuando las concentraciones de los festejos desnudan su lado más cruel, con el vandalismo y la violencia como indeseados protagonistas.

“Me quitaron las ganas de festejar, creeme que me sacaron la alegría”, dijo un vecino del barrio cipoleño de San Pablo, donde se registraron ataques a un grupo de adolescentes que festejaban en un bar.

En Neuquén, once colectivos del sistema COLE terminaron destrozados: los coches atacados a piedrazos y uno de sus choferes, a golpes de puño. En el medio, los pasajeros habituales que tratan de sostener su rutina en medio de un festejo mal entendido, una alegría -¿compartida?- que nadie supo interpretar.

El Mundial es ese fenómeno extraño que parece borrar las grietas y acercar las veredas más opuestas bajo una sola bandera, al menos por un rato. Pero dibuja una frontera nueva y muy visible: la de los que entienden la unión como lazos de solidaridad y respeto y los que confunden la celebración con actitudes dañinas que no benefician a nadie y que tuvieron su arista más grave con víctimas fatales en otras ciudades.

Y aunque opacan los festejos más luminosos, los que hacen daño son sólo una minoría. Y de todos los demás depende borrar también esa frontera para que el fútbol nos una de verdad, con una alegría cierta, una capaz de traducir el triunfo compartido en un nuevo sentido de comunidad.

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