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Una receta que viajó desde Italia y une generaciones: la salsa de Centenario que apareció en un papel olvidado

La receta de salsa de tomate, un legado familiar, se transformó en un emprendimiento exitoso tras el hallazgo de anotaciones de 1981.

En una casa de Centenario había un domingo de verano que era especial, distinto al resto. Empezaba con el fuego encendido desde temprano, los cucharones hundidos en enormes ollas y manos expertas seleccionando uno por uno los tomates. El ritual se repetía cada año: hacer la salsa que iba a acompañar los platos de los meses siguientes.

Era una tradición de esas que se seguían al pie de la letra. Se aprendía mirando, escuchando y, sobre todo, estando ahí. Las mujeres de la familia se reunían a las 7 de la mañana, cada una sabía qué tenía que hacer. Mientras el aroma del tomate inundaba la casa, también se tejía algo mucho más grande: una costumbre que había llegado desde Italia, atravesado generaciones y quedando guardada en la memoria de toda la familia.

Durante años, nadie pensó que aquella receta pudiera convertirse en algo más, o que atravesaría el núcleo familiar. Era simplemente la salsa que conocían desde siempre, la que se hacía en casa después de la cosecha y alcanzaba para todo el año. Hasta que, tiempo después, entre cajas repletas de fotos y papeles viejos apareció un pequeño recibo de 1981. En el reverso, casi como un mensaje dejado a propósito por el pasado, había unas anotaciones que cambiarían la historia.

Una receta que cruzó el océano

Para entender como nació el emprendimiento, primero hay que viajar hasta la llegada de Argentina Martarelli y Pompeyo Pieroni, una pareja de inmigrantes italianos que vinieron desde Ancona y se instalaron primero en una colonia de General Roca. Más tarde llegaron a Centenario, donde se convirtieron en parte de los primeros pobladores de la localidad y echaron raíces que todavía siguen dando frutos.

No viajaron con mucho equipaje, pero entre las cosas que trajeron consigo hubo una que terminaría convirtiéndose en una de las grandes herencias de la familia: la tradición de hacer salsa casera de tomate. La receta pasó de generación en generación y se mantuvo viva a través de los años.

Los bisabuelos tuvieron cinco hijos, entre ellos la abuela Julia, y fueron quienes recibieron y continuaron con la costumbre. Cada familia hacía su propia producción y el verano tenía una fecha marcada en el calendario. Había que empezar temprano, porque llegar a las 7.15 cuando se había acordado comenzar a las 7 podía significar, entre risas y dramatismo familiar, tener que esperar hasta el domingo siguiente.

Julia recibió la tradición de sus padres y se la transmitió a Cristina, su hija. Así, sin que nadie lo planeara, la receta continuó avanzando. Mientras el tomate se transformaba en salsa, abuelas, tías, nietos y primos compartían una jornada que, más allá de la cocina, era un punto de encuentro y disfrute.

Juanma y Carolina, hijos de Cristina, crecieron en ese ambiente. Juanma, que es el menor, incluso recuerda haber participado desde muy chico, cuando apenas tenía unos siete años. Para él, la salsa formaba parte de la vida cotidiana al punto de que en su casa nunca fue necesario comprar una en el supermercado: la solución siempre estaba ahí, en esa preparación que volvía cada temporada.

Con el paso del tiempo, la familia se fue transformando. Los integrantes tomaron distintos caminos, los mayores fueron despidiéndose y aquella gran reunión alrededor de la salsa dejó de ser como antes. Pero la tradición no desapareció. Quedó en manos de Cris y sus hijos, como una costumbre familiar que esperaba, sin saberlo, el momento de volver a cobrar fuerza.

El tesoro escondido en una caja

La abuela Julia falleció en 2006 y su casa permaneció durante años como una cápsula del tiempo. Hace aproximadamente tres años, Juanma pudo volver a entrar. Recorrer esos ambientes fue, para él, como regresar de golpe a su infancia.

Entre las pertenencias de Julia había de todo: fotografías, estudios médicos y una cantidad enorme de papeles que ella había guardado durante años. En medio de aquellas cajas apareció algo que parecía destinado a terminar en la basura: un comprobante de pago de Gas del Estado de 1981, con un sello del Banco Provincia del Neuquén.

Parecía un recibo como tantos otros acumulados durante décadas. Pero el verdadero tesoro estaba del otro lado. En el reverso del papel, Julia había anotado detalles de una de aquellas jornadas de salsa: cantidades de tomates, cajones, botellas rotas, botellas limpias y botellas sanas. Era prácticamente el registro de la producción de aquel año.

“Fue como encontrar un tesoro”, recuerda Juanma. Ese pequeño papel terminó convirtiéndose en el disparador emocional para hacer algo con aquella historia. Hasta entonces, hacer salsa había sido simplemente una tradición familiar que se repetía todos los años. Nunca habían pensado en ella como algo comercial.

El comprobante, en cambio, les hizo mirar la receta de otra manera. Si durante generaciones había sido capaz de reunir a la familia, quizás también podía convertirse en algo para compartir con los demás.

De tradición a emprendimiento

Convertir aquella receta familiar en un producto para la venta implicó aprender nuevas formas de hacer lo que desde siempre se había hecho en casa. Primero, la familia tuvo que capacitarse en elaboración de conservas y seguridad alimentaria y realizó sus prácticas en la sala municipal La Celina, de Centenario.

Así llegó el primer lote de Mister Tomato, de apenas entre 30 y 50 botellas. La experiencia también les dejó sus primeras lecciones: se quedaron sin tomates y entendieron que producir para comercializar requería una organización muy distinta a la de preparar salsa para el consumo familiar.

El verano siguiente los encontró mucho más preparados. Organizaron cada paso del proceso para aprovechar al máximo los turnos en la sala municipal y lograron triturar más de 15.000 tomates para producir unas 1.500 botellas. El último lote, elaborado en mayo, ya fue vendido por completo.

Para mantener la conexión con sus raíces, no utilizan cualquier variedad: eligieron el San Marzano, un tomate proveniente de semillas italianas, más pulposo y con menos agua, que consiguen a través de productores de la zona. La elección también representa una forma de unir pasado y presente. Los bisabuelos italianos llevaron aquella tradición hasta Centenario y hoy sus descendientes elaboran la salsa en la misma localidad, con tomates cultivados por productores locales.

La receta, en tanto, mantiene la premisa de conservar lo artesanal: tomate triturado y albahaca, sin azúcar ni sal agregada, sin conservantes ni aditivos.

El impulso que cambió los planes

El crecimiento de Mister Tomato tuvo un empujón inesperado. El año pasado, Juanma recibió una invitación para participar de Impacta Neuquén, una propuesta que buscaba proyectos de triple impacto en la provincia. Se inscribió, atravesó distintas instancias de capacitación y comenzó a incorporar herramientas para fortalecer el proyecto y también su perfil como emprendedor.

De los más de 500 proyectos que participaron, Mister Tomato quedó seleccionado entre los 15 mejores y como premio recibieron un financiamiento económico. Para la familia, fue un impulso enorme y una confirmación para seguir apostando.

Con ese dinero comenzaron a pensar en grande y a construir su propia sala de elaboración. Ya compraron los materiales y están próximos a comenzar la obra en un espacio ubicado dentro de su propio terreno. El objetivo es dejar de depender exclusivamente de los turnos de la sala municipal y, al mismo tiempo, avanzar hacia una habilitación de alcance nacional que les permita comercializar sus productos fuera de la localidad.

Es que el interés ya llegó desde mucho más lejos. A través de las redes sociales reciben consultas de distintos puntos del país, además de pedidos de comercios y restaurantes que quieren comprar los productos. Por eso, para la familia, la próxima meta ya no es solo producir más, sino lograr que Mister Tomato pueda viajar mucho más allá de los límites de la ciudad.

El sabor del recuerdo

La primera validación realmente importante no llegó de amigos ni familiares. Necesitaban saber qué pasaba cuando alguien con quien no tenían un vínculo cercano probaba el producto.

La respuesta apareció en las ferias. Primero fue Peperina, en Córdoba, y después Tienda de Sabores, organizada por el Centro PyME, donde pudieron observar las reacciones de quienes se acercaban a probar la salsa. Y ahí hubo una escena que se repitió una y otra vez: quienes la probaron, la compraron. Para muchos, era como volver a la infancia, a un sabor conocido.

“Ahí nos dimos cuenta del producto que teníamos”, cuenta Juanma. Lo que para ellos era cotidiano, porque habían crecido comiéndolo, para otras personas significaba reencontrarse con algo que creían perdido.

Un mundo de productos alrededor del tomate

Hoy, además de Juanma, el emprendimiento reúne a Cristina, su mamá; su hermana Caro, su marido Luis y su hijo Santino, de 18 años. En él aparece la posibilidad de que aquella receta que llegó desde Italia y atravesó cuatro generaciones pueda continuar su recorrido y llegar a una quinta.

La salsa que empezó como una tradición familiar hoy abre la puerta a un proyecto mucho más amplio. La idea es que el tomate siga siendo siempre la materia prima y explorar todas las posibilidades que puede ofrecer. Ya trabajan en una nueva receta de ketchup y a futuro aparecen otras posibilidades: salsa picante, tomate deshidratado, dulce de tomate y nuevas preparaciones que permitan ampliar el emprendimiento sin alejarse de su esencia.

Porque lo que comenzó con una receta que cruzó el océano, sobrevivió al paso del tiempo y volvió a aparecer en el reverso de un papel de 1981, hoy se transformó en mucho más. Mister Tomato es la manera que encontró una familia de mantener vivo un sabor, honrar su historia y seguir escribiendo, botella a botella, el próximo capítulo de una tradición que todavía tiene mucho por contar.

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