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La felicidad plena llegó para todos los que somos futboleros. A este año no le queda más nada, ver a la Selección campeona y Messi consagrado en la cima del mundo es el todo en su máxima expresión. Ahora, solo resta alistarse para las fiestas de fin de año.
El tema de conversación inevitable, indiscutible, obligado y reiterado será la narración en primera persona de la experiencia que vivió cada uno durante la tanda de penales que llevó a la Argentina a su tercera y tan anhelada copa.
La tranquilidad en el primer tiempo de los goles de Messi y Di Maria, dos pibes ligados por la gloria y las críticas nefastas. Luego, el silencio absoluto del 2 a 2 y los ojos inyectados en sangre frente a la imagen de Mbappé.
El alargue fue drama, pasión, alegría e infartó. Esa pierna del Dibu fue una pesadilla para los franceses y la continuidad de ilusión para nosotros.
En los penales, dicen que la suerte está echada, pero la confianza que había en la celeste y blanca era indoblegable.
Francia se sumergió en tinieblas y horror a la hora de poner la pelota en el punto penal. El final y la gloria era una deuda pendiente del Fútbol para con Messi. No se trataba de que Argentina fuera campeona, sino de que Messi lo fuera. Fue justicia poética.
Ahora, insisto con la misma idea de siempre: la tan mentada grandeza Argentina es algo que se lo da el deporte pese a todo, esta vez fue el fútbol, pero otras disciplinas no tan populares también han llevado a la gloria a este país.
La deuda pendiente la siguen teniendo los políticos. Ellos jamás podrían convocar lo que convocó la Selección el martes tras su arribo al país. ¡Feliz Navidad!