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Lo volvieron a hacer. Una vez más, como tantas veces. No es la primera vez que los Bomberos Voluntarios de Centenario le salvan la vida a un menor con maniobras de primeros auxilios.
No es la primera vez que después de combatir un incendio en una vivienda o afrontar alguna emergencia mientras se recuperan irrumpen en el cuartel los gritos de desesperación y de auxilio de unos padres con su hijo o hija en brazos con un cuadro de convulsiones, o con falta de respiración u ahogamiento.
No es la primera vez que quienes conforman el cuartel de la calle Estados Unidos al 800 en Centenario se ponen el traje de héroes y salvan una vida, y, claro, la de una familia.
El viernes por la noche el rápido y preciso accionar de los bomberos de Centenario salvaron a Manuela de 3 años; como antes fue Mirko, de la misma edad que se atragantó con un pan y no podía respirar; Ramiro un bebé de un año que de pronto dejó de respirar, y Mara, de un año que se había golpeado la cabeza que la dejó sin respiración, y una infinidad de nombres de niños.
Esos hombres y mujeres del cuartel saben que tienen que estar muy bien preparados mentalmente para infinidad de situaciones que deben afrontar a diario. Llevan adelante esa vocación de salvar vidas sin hacer preguntas. Nadie se los pidió, nadie los obliga, lo eligieron, algunos porque lo vieron desde chicos. Guardan sus frustraciones, sus llantos y su impotencia cuando no pueden lograr su objetivo que es el de salvar vidas.
Vocación, valor y, sobre todo, sentido de solidaridad hacen que esos hombres y mujeres, que desarrollan su tarea sin nada a cambio y casi sin recursos, lleven adelante una labor humanitaria que les surge del corazón.