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Pasó cuatro días preso por un crimen que no cometió. Durmió encadenado a una pared, en un colchón que no tenía lugar para sus largas piernas que completaban sus casi dos metros de altura. Hoy, cinco meses después y con la Justicia a su favor, Pablo Ventura no entiende qué es lo que llevó al grupo de rugbiers que asesinaron a Fernando Baéz en Villa Gesell a culparlo de esa manera. “Nunca me llamaron para pedirme disculpas. Pero no los odio. Todo se paga en la vida. Y si es con perpetua, que sea con perpetua”, se vengó el hombre en una entrevista con Clarín.
Para los distraídos, antes de la llegada del coronavirus, en Argentina se hablaba del crimen de Fernando Báez Sosa. El joven que asesinaron a piñas y patadas en la madrugada del 18 de enero en Villa Gesell. El ataque fue perpetrado a la salida del boliche Le Brique, por un grupo de Rugbiers del Club Náutico Arsenal de Zárate que se encontraban de vacaciones en el lugar.
Diez de ellos fueron detenidos. Ocho permanecen en esa condición en la cárcel de Melchor Romero, mientras que los otros dos, “partícipes necesarios”, quedaron en libertad.
Pero claro, en un intento desesperado por lavarse las manos, el grupo de rugbiers violentos inculpó a Pablo Ventura, que se encontraba en Zárate al momento del asesinato.
Pablo solo había cruzado algunas miradas con estos jovenes asesinos en el club Náutico, donde él practicaba remo, es por eso que no logra entender cómo fue que decidieron incriminarlo en el asesinato de Baez. “Yo a esos rugbiers ni los conocía. Luego recordé que con uno de ellos había mantenido un cruce de miradas en un boliche, hacía mucho tiempo. ¿Eso alcanzaba para semejante maldad?”, se cuestionó.
"El día que me llevaron detenido vinieron a despedirme: todos me dieron aliento y, lo más importante, dijeron que confiaban en mi inocencia", aclaró.
El día de su detención era sábado y Pablo dormía la siesta, como era habitual en él. La policía apareció en su casa y le mostraron el video donde los rugbiers mataron a Báez. Sin embargo, sus palabras no bastaron para evitar el infierno. Aunque Pablo aseguraba y juraba que “no había estado ahí”, lo trasladaron en un patrullero hasta la localidad costera de Gessell.
Allí fue escoltado hasta la celda donde permanecería encerrado mientras duraran las pericias. “Hacía tanto calor que no tenía hambre. Los días eran eternos y yo ahí, tirado en el colchón, atado a la pared, mirando al techo. No podía usar el celular, ni escuchar la radio, ni recibir la visita de mi papá. Nada. Parecieron cuatro años en el infierno", aseguró el jóven.
Lo más gracioso de la situación, es que incluso sin desearlo, Pablo tenía la coartada perfecta. La noche del asesinato de Baez había estado cenando con sus padres en un restaurante de Zárate y había sido filmado por las cámaras de seguridad. Sin embargo, para la Justicia, no fue un hecho que permitiera la libertad del joven.
Ahora, lejos de la soledad de la celda y del ruido que peregrina su mente como el recuerdo de aquellos rugbiers, Pablo es lo que podría considerarse la segunda víctima de aquella fatídica noche Geselina. Aunque, algunos aseguran que hay mucho más atrás de ello, y que el hecho no es por ser Pablo en sí, sino por lo que Pablo representaba: un pibe tranquilo, amiguero y familiero. Lejos de la moda impuesta por los rugbiers y su lema de, si no me gustas te cago a palos.
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